Habla un padre que estuvo en el hallazgo del ARA San Juan: “Se cumplió lo que fuimos a buscar”

ARA SAN JUAN Por
Lo dice Luis Tagliapietra, uno de los veedores de la búsqueda.
LUIS TAGLIAPIETRA

Conseguir un chip para tener teléfono. Necesita enlazarse de nuevo con la vida. Los hijos. Los amigos. El trabajo postergado. Una cerveza. La tarjeta de crédito. Saber si en Buenos Aires la pagaron y ya no está bloqueada. Ahora, un paso detrás de otro, la posibilidad del llano. El mar a sus espaldas. La Argentina lejos. Un puerto. Una ciudad. Las montañas. Como un fluir de conciencia irrefrenable, todo eso atraviesa en este momento la cabeza de Luis Tagliapietra, abogado penalista, defensor de causas complejas. Acaba de bajar del buque Seabed Constructor después de 84 días en alta mar y puede percibir, de otro modo, la frescura del mundo. Ciudad del Cabo. Los turistas. Las tentaciones del consumo. Una música tribal sudafricana. Todo eso, dice, le permite descansar de lo anterior: el largo viaje que hizo desde Comodoro Rivadavia para encontrar a su hijo. "Se cumplió lo que fuimos a buscar", asegura.

Alejandro, teniente de corbeta del submarino ARA San Juan, amaba el mar y está en el mar. Su padre lo supo el 17 de noviembre pasado, al final de la jornada 72 de navegación. Estaba al borde de la desesperanza cuando le comunicaron desde la capitanía del buque que fuera a la sala de observación. Se trata de un cuarto de situación desde donde se operan a control remoto los vehículos sumergibles que exploran el fondo marino. Una sucesión de pantallas planas son los ojos de los ROV a bordo y las imágenes vuelven nítidas desde la profundidad. “Se ve todo, el fondo del mar es un lugar difícil. Pero se ve todo. Y esta vez era la última. La expedición había terminado. Pero no queríamos volvernos con ninguna duda. Eso me decía la gente del barco. Entonces fueron por ese último indicio”, repasa Tagliapietra. A sus espaldas, el paisaje está repleto de lugares comunes de puerto: gaviotas, barcos anclados, la bocina de un buque que se mueve, un ferry con turistas volviendo de una isla simbólica. “El chequeo es muy rápido. Había una área muy plana, que tenía una especie de formación geológica de 60 metros, sobre una pequeña canaleta. No era un lugar inaccesible, como se dijo. Estábamos en silencio. El ROV va iluminando la oscuridad. Es HD, pareciera que estás ahí, buceando. Primero vimos un mástil, después la torpedera, más allá la vela. Le pregunté si era el submarino al capitán. Es muy probable, me dijo. Después no quedaron dudas. Estaba la hélice, que es muy específica. Era el ARA San Juan”.

El protocolo establece que debe haber tres elementos para considerar la identificación positiva: estaba todo. “Nos abrazamos. Lloramos. Fue un momento de desahogo, de tantos días. Ahora teníamos la certeza que estábamos buscando, en representación de las 44 familias”, dice Tagliapietra, después de una ducha que lo devolvió a la normalidad.

La última noche de navegación, 24 horas antes de amarrar en Sudáfrica, le pidió al equipo de Ocean Infinity volver a ver todo el material, la información que se prepara en discos rígidos para ser enviada al país. Lo consultó con los otros observadores que viajaron con él, dos más por parte de los familiares y tres capitanes aportados por la Armada. Estuvieron de acuerdo y se pusieron a repasar dato por dato. “Lo sentimos como algo necesario: volver a ver todo el material, menos atravesados por la emoción del momento del hallazgo. Con más frialdad, como si fuera un peritaje. Me puse en mi rol de abogado. Se hizo tarde, el barco se acercaba al puerto. Estaba por amanecer. Y no dormimos”.

Un bar. Tomar algo, conversar cerveza mediante, propone. Un escenario diferente a los días de rutina de a bordo: el tiempo en el comedor de la nave, mirar el océano, muchas veces bravo, tantas veces lento, la soledad del camarote, los diálogos de pasillo con los miembros de la tripulación. “Es muy notorio: varias veces, cuando pasaban los días y el submarino no aparecía, la gente de Ocean Infinity me miraba como con culpa. Como diciendo, te juro que hacemos todo lo que podemos y no puede ser que no aparezca. Yo no les pedía que me den explicaciones, pero ellos estaban muy comprometidos con esta misión. Me explicaban cada cosa que iban a hacer. Y me insistían con la zona donde tenía que estar. No hubo momentos que fueran de relajación. En el barco se trabaja 24 x 24 en turnos de 12 horas. Recién después de hallar al submarino, en estos últimos días, algunos tocaron la guitarra y se notó la distensión”.

Hay dos fracciones de tiempo que lo cambiaron para siempre a Tagliapietra, separado, padre de otros dos hijos. Esta última de 84 días en alta mar y los 52 días que acampó en Plaza de Mayo, junto a otros padres, presionando al Gobierno para que no abandone la búsqueda del submarino. “Hay cuestiones que deberán ser revisadas: el desempeño del Ejecutivo, de la Justicia y de los legisladores. Si no hubiera sido por la presión que hicimos, si el periodismo no nos hubiera ayudado a difundir nuestro reclamo, nada de esto hubiera pasado. No estaríamos acá ahora, con la certeza del hallazgo, sabiendo dónde están nuestros hijos y pensado cómo seguir”.

No estuvo pero estuvo. A la cubierta del Seabed llegaron los ecos potentes del debate desatado en el país inmediatamente después de la confirmación de la Armada sobre el hallazgo de la nave. ¿Reflotarlo o no? Tagliapietra escucha la pregunta en la última caminata. Cae la tarde y un clima marplatense se adueña de Ciudad del Cabo. Gente joven vestida de fiesta se arrima a un galpón portuario donde una marca de moda celebra una fiesta de verano. Hombres negros acomodan los autos. Hombres blancos que parecen rugbiers armados con ametralladoras custodian el evento. Un perro olfatea que nadie traiga drogas. El mundo en movimiento ante los ojos de un hombre que viene de mirar el mar. “No es un país que hubiera imaginado visitar”. El bullicio queda detrás y Clarín insiste: ¿Reflotarlo o no? “Esto es algo muy personal: mi hijo amaba el mar y está en el lugar que amaba. Pero más allá de mi posición respeto el reclamo de los que piden reflotarlo. Pedir el cuerpo es algo lamentablemente imposible. No hay nada que buscar ahí. Y después está la cuestión técnica, lo que es posible y lo que no. Los expertos no ven viable una operación de este tipo. Quizás se puede rescatar algo, la vela, por ejemplo, para que haya un homenaje simbólico. Pero te repito, respeto todas las posiciones y eso es algo que deberemos discutir. Ahora, con todo la información que traemos, esperamos que se puede saber qué fue lo que pasó”, cierra el abogado. Se despide de Clarín delante de un cartel que dice “Área restringida”. Cruza una barrera y camina rumbo al barco que lo trajo hasta acá. Será su “hotel” hasta el lunes, cuando llegue la hora de emprender el regreso a la Argentina.

 

 

Con información de www.clarin.com sobre una nota de Gonzalo Sánchez

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