CARLOS ROSENKRANTZ, EL HOMBRE QUE "RENUNCIÓ" A LORENZETTI

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Rosenkrantz, propuso que se discutiera la “renovación de autoridades”. “¿Qué querés decir?”, le preguntó confundido Lorenzetti. La respuesta de Rosenkrantz fue: quiere decir renovación de autoridades.
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El primer sorprendido, como correspondía, fue el jefe. Ricardo Lorenzetti presidía una reunión más de la Corte. Eran las 10 del martes. Una rutina que se repetía desde hacía más de una década. Pero esta vez algo cambió. La reunión habitual de una hora y media se prolongó hasta cerca de las 3 de la tarde.

Ya se habían ido los secretarios generales con sus carpetas de expedientes firmados y quedaron los cinco jueces para hablar en privado y sin temario fijo. Uno de ellos, Rosenkrantz, propuso que se discutiera la “renovación de autoridades”. “¿Qué querés decir?”, le preguntó confundido Lorenzetti. La respuesta de Rosenkrantz fue: quiere decir renovación de autoridades.

En realidad quería decir renovación de una autoridad: la del presidente de la Corte. O, lo que era lo mismo, el fin del mandato de Lorenzetti. Lorenzetti miró perdido a Maqueda, su aliado histórico y todo lo que se le ocurrió decir fue que no correspondía tratar el tema. La réplica fue otra vez de Rosenkrantz y seca: “Este es un órgano de cinco miembros y la mayoría decide de qué hay que hablar”.

Quedó claro ahí que Rosenkrantz, Rosatti y Highton eran la mayoría. Un dato: Highton tiene edad para jubilarse y el Gobierno no se opuso a que siga en el cargo. Rosatti pidió a Maqueda y Lorenzetti sumarse. Maqueda justificó su negativa. Y si hay que reducir su largo discurso a un concepto es que la situación política exigía a la Corte que no se dividiera.

Una semana atrás, confiado en que tenía los votos para la reelección, Lorenzetti había lanzado la idea de votar ya. Su mandato vencía en diciembre pero en octubre tenía previsto inaugurar acá el capítulo judicial del G20 con representantes de las cortes de todos los países. Por eso había sondeado a los otros miembros y pedido el día anterior el apoyo a Rosatti, quien le dijo que no.

En esos contactos cruzados, Rosatti, Highton y Maqueda anunciaron que no irían por la la presidencia. Quedaron Rosenkrantz y Lorenzetti, que llegado el martes y con el escenario cambiado, habló de golpe institucional.

Al final y derrotado se plegó a la mayoría. Maqueda criticó el cambio de actitud de su aliado y permaneció en sus trece: así la votación terminó 4 a 1. Uno de esos cuatro fue Rosenkrantz que votó por sí mismo.

Rosenkrantz por Lorenzetti le da a la Corte una cara más jurídica que política, lo que es mucho para un poder que no tiene el prestigio que debiera tener. Es un cambio en uno de los poderes del Estado y no es un cambio con continuidad. Lorenzetti fue la voz sin discusión de los jueces de la Corte. Y un presidente del que muchos desconfiaban. Astuto y sinuoso, muchas veces prometía una cosa y hacía otra. Lo más claro: decía que no quería quedarse pero hizo todo para quedarse.

Fue un incansable y eficaz lobbysta de sí mismo. La caída retumbará en Comodoro Py. Lorenzetti descubrió el poder de fuego de los jueces federales con los que armó una alianza mutuamente beneficiosa: les daba contratos y recursos con el presupuesto de la Corte.

Lorenzetti mandó por más de una década y no perdió el tiempo. Manejaba la plata y manejaba otro resorte clave: las escuchas telefónicas que el macrismo le entregó para no dejárselas a la ultrakirchnerista Gils Carbó.

Y armó una red de relaciones políticas con varios peronismos, sobre todo con el de Pichetto, y varios radicalismos, especialmente el de Coti Nosiglia. Rosenkrantz tiene un perfil totalmente diferente. Y también una herencia que le costará desarticular.

Con información de Clarín sobre una nota de Ricardo Roa

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