El costo de la corrupción

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Hoy la desconfianza ha generado un quiebre en la generalidad de los argentinos que no saben muy bien en quién confiar y quizá esto sea un punto de partida para que ningún gobernante sea el salvador de la Patria.
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Desde el momento en que se activó el tema de los cuadernos, la reacción hizo detonar con fuerza inusitada la repercusión pública que contribuyó a desestabilizar el tablero político que en el sensible tercer año del mandato de Cambiemos, produjo desequilibrios notables en la economía mezclando denuncias por corrupción con impactantes movimientos devaluatorios de la moneda argentina. Nada de esto es nuevo para los argentinos, tanto para los memoriosos o para quienes estudian los comportamientos de las últimas décadas, pues ningún gobierno, ajeno al estilo neoperonista, pudo terminar su mandato normalmente.

Por eso es que no deja de asombrar la reiteración de estos hechos que aturden con estrépito y giran el eje del interés de la población hacia espacios conflictivos en lugar de avanzar para que la alternancia en el gobierno sea la característica habitual. La única explicación posible es que esta condición típica de la montonera, sorprenda y ahuyente a los inversores que miran desde afuera, y a veces desde dentro, un escenario en el que debieran poder desarrollar sus negocios con normalidad planificada. Cuando la corrupción deja al descubierto manejos que castiga a casi toda la sociedad, se hace inviable la llegada de capitales que hagan base en el país y el atraso se hace recurrente castigando a los asalariados por la inestabilidad y falta de oportunidades.

El temido ajuste se hace inevitable para tratar de ordenar las cuentas públicas y en general, lo pagan quienes han votado al gobierno que debe intentar enderezar la situación. Es paradójico, pues es una situación en la que el revulsivo se enfoca en la clase media y su alcance extrema los límites de la propia capacidad económica de soportarla.

La inflación hace estragos en los ingresos que van detrás de los hechos, y las finanzas públicas, igual que las privadas, se convulsionan de manera que ambas se endeudan intentando salir del atolladero. Las unas involucrando el futuro con entes financieros y las otras tratando de hacer en cuotas lo que no pueden resolver satisfactoriamente, pero las dos, comprometiendo el porvenir nacional y personal.
 
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Mientras, el Poder Judicial, retrasado, procura recuperar el terreno amesetado durante años. Sorpresivamente en Argentina, parecería que hay un salvese quien pueda y el gobierno encabezado por Mauricio Macri, entre la comisión de errores y algunos aciertos, se debate en procura de lograr algún equilibrio que le permita mantener la paz social y al mismo tiempo logar el espacio necesario para, por lo menos, estabilizar las condiciones económicas.

Claro que en esta ardua y difícil tarea, se encuentra con los escollos que a cada momento exacerban hasta límites extremos, la capacidad política del Mandatario obligándolo a negociar todo el tiempo.

De comprobarse todo lo que se dice, el país ha sido saqueado impúdicamente y los responsables de todo ello necesariamente requirieron de dos partes. Al mismo tiempo, y azorados, los ciudadanos asisten a un espectáculo espeluznante pero no pueden dejar de atender sus necesidades básicas pues el tiempo no perdona. Simultáneamente con cifras inimaginables por su magnitud, pues el PBI argentino está estimado en alrededor de 626 mil millones de dólares, se choca con la realidad diaria que obliga a poner la vista en el corto plazo dejando para el Gobierno, el trazado de un plan que no lo doblegue esperando que el año próximo sea menos dramático en la economía doméstica. La contrapartida y justificación de este sacrificio social, es la expectativa de comprobar que los que han delinquido, sean juzgados y castigados por lo menos por esta vez. En caso de comprobarse la veracidad de los hechos que se investigan, el premio será un país mejor con funcionarios y estructuras que cumplan su rol con eficiencia sabiendo que la Justicia los controla.

Hoy la desconfianza ha generado un quiebre en la generalidad de los argentinos que no saben muy bien en quién confiar y quizá esto sea un punto de partida para que ningún gobernante sea el salvador de la Patria. Argentina merece y debe madurar y a partir de ello controlar a sus funcionarios para que no se repita este dramático sainete que muestra a unos y otros enfrentados por el poder económico utilizando a la política como instrumento. Con la moneda degradada y la inflación sin techo, es imposible trazar un escenario de crecimiento y mucho menos ser parte de la comunidad internacional seria.

* Consultor estratégico de AM Consulting.

FUENTE: La Prensa

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