COMO MOISÉS EN EL DESIERTO

Casi 35 años de democracia y la mentalidad del pueblo argentino no cambió
MOISES MACRI

El General Manuel Belgrano, ya viejo, enfermo y cansado por el fragor de tantas luchas, supo decir: “quisimos cambiar al mundo para que el pueblo viviera mejor y no nos dimos cuenta que lo que tenía que cambiar era el pueblo”.


Esto, que dicho fuera de todo contexto, parece solamente una frase de las tantas que se acuñaron a lo largo de la historia universal, encierra una verdad y una sabiduría aplicable a momentos tan distantes en el tiempo como lo son el de las luchas intestinas que se desataron una vez proclamada nuestra independencia como Nación o el de los gobiernos democráticos que fracasaron en el país desde hace más de medio siglo.


Y es que, por más que los hombres se afanen en mejorar la vida de sus semejantes, por mucho que los líderes y la instituciones de la sociedad se empeñen en llevar a cabo proyectos que representen verdaderas revoluciones para los hombres, por más avances que la tecnología ponga a disposición de los seres humanos, y por los cientos de miles de nuevos descubrimientos que la ciencia ha traído a la vida cotidiana, si la mentalidad del pueblo no cambia, nada de lo anterior tiene el más mínimo sentido.


Jocosamente, y hasta con una cierta dosis de ironía, las nuevas generaciones se niegan a tomar las enseñanzas de la historia. Para muestra, sólo hay que mirar internet y detenerse en “memes” que ridiculizan pasajes de la Biblia, como el que cuenta que Moisés, como líder y profeta de un pueblo al que sacó de la esclavitud del faraón egipcio, hizo deambular por el desierto, durante cuarenta años, para finalmente llegar a la Tierra Prometida”.


Esos “memes” dicen que si Moisés hubiera contado con un GPS, prodigio de la tecnología moderna, esos cuarenta años se hubieran reducido a la insignificante cifra de catorce día de caminata.


Pero, es que si, haciendo una ficción histórica, pudiéramos hacerle llegar a Moisés un GPS, seguramente el profeta lo rechazaría, ya que no se trataba de una cuestión de orientación, de saber en qué dirección caminar para llegar a destino. No, nada que ver. Se trataba de hacer que la mentalidad de todo un pueblo, nacido y criado en la esclavitud, pudiera acostumbrarse a la idea de la libertad.


Una libertad declamada y buscado por millones de personas a lo largo de la historia del hombre sobre la tierra. Una libertad que no solamente abarca el no tener cepos que lo mantengan atado a un muro o bajo el yugo de amos a los que obedecer sin ningún cuestionamiento. Sino, una libertad que esté presente desde el mismo momento de su nacimiento; que lo acompañe a lo largo de toda su vida y de las más variadas actividades que realice.


Este tipo de libertad Moisés consiguió impregnarla en su pueblo, con el sacrificio de la pérdida de toda una generación, para que los que finalmente entraran a la tierra dónde “manaba la leche y la miel” fueran hombres nacidos libres, con una mentalidad totalmente diferente a sus progenitores, que habiendo sido esclavos toda su vida, no iban a poder cambiar sus hábitos y costumbres.


Por eso, haciendo uso de cierta analogía, hoy en día les exigimos a nuestros gobernantes que, de la noche a la mañana, nos proporcionen un país próspero, con igualdad de oportunidades, con crecimiento económico y social, con respeto y apego a las normas jurídicas, con un futuro mejor que el que tuvieron nuestros padres. Pero no vemos que conformamos una generación viciada por demasiados años de políticas erróneas, de “timberos” que jugaron a ser líderes políticos y sociales, por nuestras propias mañas y costumbres reñidas con las más elementales normas de convivencia.


Es nuestra mente la que tiene que cambiar. Es la mente del pueblo la que tiene que adaptarse a los proyectos nuevos, a las tecnologías de avanzada, a los descubrimientos científicos, a todo eso que, en definitiva, es lo que nos diferencia del resto de los seres vivos que habitan sobre la tierra.


Sin ese cambio, todo intento de vivir en un país mejor va a ser otro fracaso más en la enorme lista de fracasos que llevamos como carga sobre nuestro hombros.


Quizá, y sólo quizá, si existe conciencia y empeño, tardemos un poco menos de cuarenta años en recorrer los pocos pasos que nos separa de el tan añorado éxito que creemos merecer como nación. Pero, con absoluta certeza, ese éxito jamás llegará si mantenemos nuestras mentes cerradas a la posibilidad de cambio y, por sobre todo, si pretendemos que el éxito nos caiga como “mana del cielo”, sin hacer esfuerzo alguno ni producir hechos concretos que nos hagan realmente merecedores de vivir en un país mejor.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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