MAL DIAGNÓSTICO, PEOR PRONÓSTICO

EDITORIAL Por
Casi todos, menos el gobierno, se dan cuenta que el problema no es el déficit primario sino la falta de dólares
macri medico

Isaias Abrutzky Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N 

Todos los días desfilan por los canales de TV decenas de economistas de los más diversos signos. Muchos de ellos, tal vez la mayoría, hablan de lo que está en la palestra hoy por hoy. Y desmenuzan las diferentes variables propias de su profesión: tasas de intrés, tipo de cambio, encajes bancarios, inflación, recesión, etc. etc.

Y aunque no quieran usar un lenguaje demasiado técnico, e intenten explicar el sigificado de esas variables en la actividad económica cotidiana, el ciudadano comun tiende a encogerse de hombros frente a sus brillantes argumentaciones.

Por el contrario, los industriales y algunos políticos -sobre todo los de izquierda- describen con mucha mayor claridad lo que sucede. No es de extrañar, porque ellos no trabajan en un gabinete, con números obtenidos por otros a partir de los cuales extraen sus conclusiones, sino que están en el centro de la escena económica y palpan la realidad con la piel.

Quienes parecen estar mas encorsetados en su concepción ideológica son los liberales, clásicos o neo. Estos economistas se han ocupado pacientemente de separar por completo lo que puede ser la economia de un hogar de la que se da en el marco de un país entero. Les conviene hacerlo, porque, si asimilan una economia a la otra, la gente va a entender y posiblemente les retire el crédito académico.

Así, eligen el estado de una variable como su enemigo, y contra ella se lanzan. Hasta que, en el mejor de los casos, el equipo económico la derrota. Pero su victoria no siempre se traduce en una mejora real para alguien. Sobre todo alguien que pertenece al estrato más débil de la sociedad.

En el momento actual se presenta uno de los mejores ejemplos. El enemigo es el déficit fiscal, producido por lo que desde el inicio del gobierno de Macri es la idea de que los argentinos consumimos demasiado. Se deduce entonces que consumir menos es virtuoso, y, aunque implique un sacrificio, no hay más remedio que aceptarlo.

Sin embargo, cuando el ciudadano reduce su consumo, la actividad económica también se hace menor, y eso genera recesión; la riqueza producida en un período de recesión es menor que antes. Y por supuesto también es menor la recaudación impositiva. Entonces, el Estado termina con menos recursos y por lo tanto el déficit crece: el remedio resulta contraproducente: los números siguen sin cerrar, pero el sufrimiento del pueblo se torna cada vez más intenso.

Imaginemos una familia muy cuidadosa en el uso de sus recursos. Todo lo que se puede hacer sin gastar dinero se lleva a cabo en la casa. El corte del cabello, la confección de prendas, la mayor parte de los arreglos de la vivienda, la pintura, el corte del pasto, etc., Por supuesto, también la comida y el lavado y planchado de ropa. ¿Qué pasa si el jefe del hogar decide que esos esfuerzos son inconducentes, y que lo mejor es que no se haga nada? Sin duda, la situación de esa familia va a empeorar.

Eso es precisamente lo que ocurre en el país cuando, por un lado, se alienta la importación en detrimento de lo que el país produce, y por el otro se hacen ajustes fiscales que dejan sin poder de compra a la ciudadanía, obligando a las empresas a reducir su producción, y por tanto despedir trabajadores.

Qué absurdo que un país que ha caído en la pobreza y tenga una masa enorme de desocupados, siga desprendiéndose de mano de obra! Si la riqueza que se produce es escasa, la lógica más elemental indica que la forma de resolver esa situación es aumentando el empleo y la producción y no reduciéndolos.

El plan de Macri ha mostrado el más contundente de los fracasos. Y este fracaso se evidencia tanto por la caída de todos los indicadores de la economía como por la necesidad del gobierno de volver -aunque sea de mala gana- al ordenamiento kirchnerista de retenciones y -tal vez- restricciones al turismo al exterior.

Pero esta vuelta a las retenciones -bastante tramposa aunque igualmente resistida por los exportadores- de nada sirve si no se da marcha atrás con la falta de obligación de liquidar las ventas al exterior, ni traer lo obtenido al país.

En definitiva, queda claro que las políticas de la era K no eran tan malas como el oficialismo pretende mostrar. Y, ya que Macri habló del tema, ninguna de las calamidades que sufre la Argentina puede achacarse al presunto robo ejecutado por los expresidentes kirchneristas y sus funcionarios. Si existieron o no, esos robos ya habían sido cometidos cuando Cambiemos entró al gobierno. La situación -se la considere buena o mala- ya estaba dada, y a partir de ese momento, si el plan hubiera sido el adecuado, la economía debió mejorar.

Las palabras de Guillermo Moreno “Esto se arregla sólo de dos formas: institucionalmente o en la calle” repican otra vez, por un hecho trágico: un muchachito de 13 años -miembro de la comunidad aborigen quom- resultó muerto en un episodio relacionado con un intento de saqueo; y se habla de una segunda muerte en el mismo suceso. Una golondrina no hace verano, pero es una señal preocupante. Macri, a pesar del patetismo de sus discursos de hace un par de días, parece empecinado en seguir el derrotero (palabra significativa en este contexto) que eligió.

El hombre o la mujer de la calle no deben tener mucha idea acerca de las funciones que desempeñaban Lopetegui y Quintana, si es que los oyó nombrar siquiera. La salida de estos dos vicejefes de gabinete no restituye ningún crédito. El presidente debe reconocer que la ciudadanía toda le retiró la confianza. De eso no se retorna, y bueno sería que Macri termine por darse cuenta.

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