Los peores 5 meses de su vida, los peores 2 años y 8 meses de la mía

EDITORIAL Por
¡Qué calor! pensó la rana. Me está chiflando la panza dijo el burro. El país cada vez más parecido a la rana hervida y al burro hambriento
rana isaias

Isaias Abrutzky Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N 

Alguien -días atrás- hacía referencia a una fábula que pone como protagonista a una rana. En su blog, Pablo Tovar, un experto en desarrollo de liderazgo, la explica.

“Si echamos una rana en una olla con agua hirviendo... ésta salta inmediatamente hacia fuera y consigue escapar. En cambio si ponemos una olla con agua fría... y echamos una rana, ésta se queda tan tranquila. Y si a continuación empezamos a calentar el agua poco a poco, la rana no reacciona sino que se va acomodando a la temperatura hasta que pierde el sentido y, finalmente, morirá achicharrada”.

Esto podría aplicarse a la situación del pueblo argentino, que viene sufriendo ajustes paulatinos, y pareciera que se aguanta sin pensar que la proyección de la marcha hacia el futuro lo lleva a directamente a la extinción. Tal vez lo hace porque piensa que de otra forma saldría de la sartén para caer al fuego.

Hay otra historia que podemos citar para sopesar la coyuntura. Es el conocido chascarrillo que relata el fracaso del amo del burro al que estaba acostumbrando a vivir sin comer, dándole cada vez menor ración- y, justo cuando parecía haber logrado su propósito, el animal muere.

Analizando estos dos casos vemos que en ambos la responsabilidad es del humano. La rana muere porque el hombre es un perverso. El burro muere porque su amo es ignorante e inútil.

Los dramas de los que hablamos se desenvuelven en distintos sectores de un estadio al que asisten los habitantes del pueblo. Y los espectadores están divididos: una mitad mira hacia el desalmado y la otra al incompetente. Y en cada uno de esos grupos las opiniones se dividen también en partes iguales. Unos se conduelen con las víctimas y otros justifican a los verdugos.

Visto desde el lado de las víctimas -cualquiera de ellas- la pregunta que surge es hasta cuando vale la pena aguantar con la esperanza de que las cosas mejoren. “Dios aprieta, pero no ahorca” suelen decir los cristianos.

A Macri le salió mal todo. Para el liberalismo las intervenciones del Estado son nocivas; hay que tratar de suprimirlas. Y ese fue el camino que emprendió: en el movimiento económico, lo mejor es no tener reglas, sostiene.

Lo más criticable del gobierno anterior en este aspecto, según la opinión de los ganadores de la elección de 2015 fueron el llamado cepo, las trabas a las importaciones y las que afectaban al movimiento irrestricto de los capitales financieros. Y por ello, tales medidas obstaculizadoras fueron barridas de un plumazo. La idea era que abriendo de par en par las puertas a esos flujos comenzarían a ingresar, en torrente, los dólares. Esto se explica con una palabra que ocupó todos los titulares desde el 10 de diciembre de 2015 hasta el día de hoy: confianza. Lo que pasó en este lapso lo conocemos todos.

Con un expresidente reciente de la Sociedad Rural al frente del Ministerio de Agroindustria (¿se transformará en Secretaría?) no es extraño que los rumores ciertos de una vuelta a las retenciones se hubieran filtrado hacia los productores de granos. Con el registro abierto (¿un olvido o una acción deliberada?), los empresarios del agro liquidaron en un solo día alrededor de diez millones de toneladas, una cantidad absolutamente inusual. Con ello se evitaron pagar una enorme suma, que habrá que tomarla de otras partidas, muy sensibles para la sociedad. Se esta hablando de nada menos que de 18 mil millones de pesos!

Ahora, el Presidente, plañidero, anunció -apretándose la nariz y hablando de lo destable que es una medida de corte kirchnerista- que vuelven las retenciones. Su ministro de hacienda, con un pie en el avión para ir a arrodillarse frente a la señora Lagarde, no explicó los números, así que hay que esperar los decretos respectivos (si es que Dujovne no decide permanecer en USA, para disfrutar de su dinero y las oportunidades que se le presentan por la cercanía de su padre con el mandatario estadounidense) para conocer de qué se trata.

Macri es un hombre derrotado, que según sus propias palabras vive los peores cinco meses de su vida. Y acaba de hacer lo que puede convertirse en su última jugada.. Un cara pálida que descargó todas las municiones de su Reminton y enfrenta a quinientos nativos que atacan con afiladas lanzas.

Solamente pudo dar malas noticias y peores cifras relativas a su gestión: el paso de un presupuesto de crecimiento del 3% a una caída del 2,5%. De una inflación del 10% a otra del 42%, de una pobreza del 25% a una de 32%. Todas culpas ajenas: (Turquía, Brasil, China, las tasas de la Reserva federal...), ninguna propia. Y habló de los cuadernos. Esas anotaciones que presuntamente revelan que a los argentinos les robaron tanto que apenas podían tener un autito, aire acondicionado y tomarse vacaciones. Esos argentinos que no alcanzan a entender como es que -luego de estos casi tres años de gobierno macrista, cuando ya nadie le roba- se quedaron de a pie y a la intemperie.

La rana y el burro están solos, y poco pueden hacer individualmente. Pero a lo mejor ellos llegaron al whatsapp y alcanzan a enviarse un mensaje: “hermano, tenemos que hacer algo o vamos al muere”. Y hacérselo llegar a la tribuna: “Ahora somos nosotros, pero después irán por ustedes”.

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