EL SUEÑO DE MACRI

EDITORIAL Por
Macri, una vez, quizás como Martin Luther King o Néstor Kirchner, tuvo un sueño. Y se lanzó a realizarlo. Esta es -abreviada- la historia
MACRI

Isaias Abrutzky Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N 

Soñó que las personas más encumbradas del mundo se encandilaban con su presencia, lo colmaban de agasajos y venían en tropel a poner su dinero en brillantes negocios, que traerían riqueza y felicidad a todo el pueblo argentino.

No era algo fácil de realizar, pero eso no lo arredró. Gracias a las prósperas empresas fundadas por su padre, a un secuestro que sufrió de jovencito y que lo lanzó a los titulares de los diarios, a su matrimonio con una exitosa modelo, hija de uno de los mejores polistas del país, entre otras circunstancias, pudo llegar a conducir emprendimientos relacionados con la obra pública y presidir el club Boca Juniors. De allí saltó a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y, finalmente, como sabemos, a la Presidencia de la Nación.

Una carrera brillante, por cierto, apenas opacada por causas judiciales que finalmente, y no sin antes llegar a las máximas instancias, lo libraron de toda responsabilidad.

Como fuere, el hijo de quien llegó como inmigrante a la Argentina, a los 18 años, proveniente de una familia acaudalada, y que desposó a una dama patricia de estirpe terrateniente, pudo alcanzar la cúspide de sus ambiciones.

El muchacho que cuenta que una vez viajó a Chile con un grupo de compañeros y patinó todo el dinero que llevaba en el casino, para pasar luego algunas necesidades hasta que le llegó el giro salvador, volvió a jugarse el todo por el todo, esta vez no con los pesitos ahorrados para una escapada trasandina sino con todo el patrimonio de los argentinos.

Y entonces el sueño comenzó a convertirse en una pesadilla, de la cual parece que todavía no puede despertar. A él no le preocupa tanto como debiera, por lo visto, porque se la transfirió a toda la ciudadanía. De paso, pudo resolver el problema de los dineros negros que él, y sus familiares y amigos, tenían en refugios fiscales, jaqueados por un contexto internacional que desde hace tiempo viene advirtiendo la nefasta influencia que tienen en la economía mundial.

Terminados los brindis, ocurrió que aquellos que levantaban la copa con el soñador en los salones del mundo y le sonreían palmeándole la espalda, no corrieron a abrir sus bóvedas, ni a llenar bolsos para traerlos a la Argentina luego de retornar a sus oficinas.

Confiado en el aguacero de inversiones que estaba seguro se produciría, el presidente no había vacilado en descuidar las cuentas públicas, dejando de lado que no eran patrimonio de un grupo selecto de parientes y amigos sino de todos sus connacionales.

En verdad, cuando candidato, se le había ido demasiado la lengua: prometió reducir la pobreza a cero, terminar con la inflación, sacarles el impuesto a las ganancias a los asalariados, continuar con la gratuidad de las transmisiones televisivas del fútbol y, en general, desatar una revolución de la alegría, con los argentinos unidos y felices.

Pero las inversiones -que tardan un tiempo en rendir sus frutos por más que se apresuraran a producirse- ni siquiera arribaron a estas playas. Tal vez era esperable, porque siempre hay quien a los dueños del dinero los llama a la prudencia: “Veamos primero qué hacen los otros”, “¿Y si vuelve el populismo?”, “No es mejor, aunque se gane menos, ir a países más seguros y confiables?”

La realidad es que la plata no llegaba. ¿Cómo solucionar el problema, mientras tanto? Y... una posibilidad era pedir prestado. Las tasas de interés estaban muy bajas en el mundo, y sobraba el dinero. Había una gran oportunidad allí. Pero claro, aunque los intereses ofrecidos eran muy tentadores, había un obstáculo. Los capitales financieros que entraban debían dejar parte inmovilizada, y, una vez invertidos, no podían retirarse hasta transcurrido un año.

Resolverlo fue fácil: se eliminaron esas restricciones, y la plata podía entrar al país, invertirse en cualquiera de los instrumentos financieros disponibles, esperar un momento en que los vaivenes de las variables fueran favorables, meter violín en bolsa y regresar a su lugar de origen.

Entonces comenzaron a entrar esos dólares, no para levantar fábricas que exportaran y produjeran más dólares, sino para hacer una diferencia y sacar más de lo que había entrado.

Un día, habiendo hecha su ganancia, esos capitales, como golondrinas, decidieron retirarse. Eso requería vender los títulos de deuda argentina y recomprar sus dólares. Y como la demanda era muy grande, la divisa estadounidense comenzó a subir de precio. Algunos pudieron salir, a tiempo, antes que eso ocurriera, entre ellos el ministro dueño de un fondo de inversión. Otros, los más lentos, vieron evaporarse sus ganancias, y hasta perdieron plata.

No te prestamos más, gritaron desde sus reductos al presidente, para que sus enviados -los funcionarios del área económica- le llevaran su mensaje.


¿Qué hacer? Apelar al postrer recurso: el prestamista de última instancia, llamado Fondo Monetario Internacional. Les doy, dijo la señora que tiene la batuta allí. Pero ustedes me aseguran que van a pagar, para lo cual tienen que hacer lo que yo les digo. Y le tuvieron que presentar un plan que revivía las palabras del prócer Nicolás Avellaneda. “Vamos a pagar sobre el hambre y la sed de los argentinos”.


La señora aceptó y abrió su billetera. Se comenzó a aplicar el programa, pero en par de meses las promesas se tornaron incumplibles. Entonces ahora va, el señor Dujovne, Ministro de Hacienda, con un plan de más hambre y sed que el anterior, y la gorra en mano para recibir un nuevo préstamo.

La historia no quedó cerrada: lo que se cierra son las puertas de los camiones que transportan las mercaderías. Nadie puede vender cuando no hay precios válidos. La gente se lanza sobre los supermercados. Algunos a comprar lo que se pueda antes que la mercadería se acabe; otros a saquear lo que no pueden pagar.

La pesadilla ahora incluye a aquel relajado durmiente de hace apenas dos años y medio. Y el capitán de un barco que, en malas condiciones, condujo, enfrentando un oleaje infernal y una tormenta apocalíptica (por él inventada, dicho sea de paso) se da cuenta que el naufragio se presenta como difícilmente evitable. Y no podrá dejar de pensar qué sucede con los capitanes de naves que se hunden: o se quedan a bordo y van al fondo del mar o son rescatados en helicóptero.

Te puede interesar