LA NAUSEA AL PALO

EDITORIAL Por
La grieta ya está llegando a abismos sin fondo, las palabras no se oyen desde un lado hasta el otro. El aborto sigue siendo punible, la justicia operada, la economía en caída libre. Pero los hay quienes levantan la cabeza y advierten que no pueden quedarse en la inopia
LEYENDO CLARIN

Isaias Abrutzky Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N

La gente se levanta, se asea y se alista para tomar su desayuno. La pava hierve en el fuego de gas. Es agua de la canilla, porque la del bidón se reserva para tragar el comprimido. Demasiado cara para todos los usos.

 

Hay que correr a apagar la hornalla. La factura del gas es una espada de Damocles que pende de una crin de caballo no sobre su cabeza sino sobre el flaco bolsillo del ciudadano. Además el agua no tiene que hervir demasiado: se evapora, y el arsénico y los metales pesados se concentran.

 

En la pantalla de TV se suceden noticias que pretenden ser urgentes con comentarios banales sobre un actor que formó pareja o una actriz a punto de dar a luz. El chofer Centeno y sus cuadernos, el juez Bonadío, el primo presidencial Calcaterra, el fiscal Stornelli, Cristina, Boudou, Macri, Vidal y otros muchos personajes de actualidad son mostrados según el ángulo de enfoque de cada periodista y canal. Un violador filmado cuando caza a su víctima, tremendo choque con el saldo de un guardabarros abollado, un niño que cuelga del balcón rescatado milagrosamente por los vecinos, exequias de un pibe que no se sabe si fue asaltante o asaltado.

 

El aborto sigue siendo punible, aunque nunca se condene a nadie, salvo la pena de muerte autoinfligida por la muchacha que -frente a una sociedad ciega y sorda, también cómplice- decide afrontar los riesgos de su propia intervención quirúrgica, la de la curandera del barrio o la de un médico que opera en las sombras, con poca o ninguna asepsia.  

 

Nada nuevo, hasta ahí. La Biblia y el calefón. Pero la grieta ya está llegando a abismos sin fondo, más allá de donde empieza el fuego del núcleo de la tierra, o las llamas del infierno. Sus bordes se alejaron tanto que las palabras no se oyen desde un lado hasta el otro: apenas se adivinan, mitad por alguna similitud en el sonido, mitad por que ya conocemos lo que se puede decir desde enfrente.  Y casi no vale la pena responder. Basta con dejar que sea simplemente el eco el que lleve nuestra voz:

 

Chorros! CHORROS! Ustedes operaron en la justicia! USTEDES operaron en la justicia!

 

No puede sino producirse la náusea. “No veo más tele, ni escucho más la radio, y me salgo de Facebook”, dice alguien asqueado. Pero si lo hace pronto ve que no sirve de nada. Porque vuelve a lo suyo: la plata no le alcanza, la cuota del crédito UVA que sacó pese a que alguien le había contado la historia de la 1050, se le hace impagable. Y el capital que adeuda crece inconteniblemente en términos reales. En no mucho tiempo su deuda será mayor que el valor de la propiedad. Ya cambió las galletitas por tostadas, para ahorrar unas monedas que se hacen pesitos en el mes. Pero no sabe si lo que gasta en energía para hacerlas no es mayor que la diferencia. En su familia hay mal humor, nada parece salir bien. Se pregunta entonces por el sentido de la vida.

 

Allí se le aparece la figura de Antoine Roquentin, el protagonista de la novela de Jean Paul Sartre a la que esta nota le roba el título. Roquentin termina subiéndose a un tren hacia ninguna parte. El argentino responde a su náusea según su formación y circunstancias. Algunos postergan gastos y se sostienen; otros, como dice el tango “vuelven vencidos a la casita de los viejos”, aunque ya no hay allí criados que los reciban. Muchos, que se cansaron de esperar ver la luz al final del túnel, lo estiran hasta que el otro extremo quede fuera de las fronteras de la patria. Unos pocos, pero no tanto, cometen femicidio.  Y no falta quien se suicide.

 

Pero no son todos. Los hay quienes levantan la cabeza y advierten que no pueden quedarse en la inopia. Y luchan, con pañuelos de color, con convocatorias en la calle, ayudando en comedores populares,  negándose a aceptar el fin de la política, como le sugieren aquellos que muestran imparciales simplemente porque han conseguido naturalizar sus intereses hasta que aún los que sean perjudicados los apoyen.

 

La núsea es  terrible pero, como todo, tiene que pasar. Si ha de volver la luz no será en forma de antorcha portada por un atleta olímpico ni un presunto salvador apoyado por fortunas offshore e ingeniería social. Será porque millones encendarán su propio, pequeño, fósforo.

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