Gobernar sin escuchar el griterío

OPINIÓN Por
Los erráticos movimientos de la economía alientan un debate que ya se parece más a un griterío, en el que liberales e intervencionistas apuran a un gobierno que todavía desconoce el rumbo.
hoy

Gobernar es difícil. No es un paseo por el campo rodeado de flores y pajaritos, sino más bien una visita al zoológico cuando abrieron todas las jaulas. No sobran las salidas, aunque abundan las amenazas.
El gobierno nacional está dándose de bruces con la realidad de la gestión política, una profesión de la que muchas veces se requiere más estómago que cabeza. La cantidad de demandas que recaen sobre el aparato público dificultan el establecimiento de prioridades, especialmente cuando esas demandas parten desde la sensatez y no del oportunismo.
La inflación, uno de los grandes problemas heredados de la gestión anterior, sigue marcando la cancha de un gobierno que todavía no puede tomarle el tiempo. De aquella fe inicial de que todo se resolvía con meditación y energías positivas pasamos al vértigo actual en el que ninguno parece encontrar cuáles son los cables que hay que cortar para desactivar la bomba.
En medio de todo eso, abundan las presiones de los distintos actores que pretenden hacer primar los intereses de su sector, cuando la complejidad de la situación indica que es muy poco lo que se puede ir moviendo cada pieza, tal como en el juego del jenga. Un movimiento brusco puede hacer que se desplome toda la torre.
Los erráticos movimientos del dólar generan preocupación en gente que -aunque no pueda ahorrar en moneda extranjera- entiende a la economía como aquello que anda bien cuando no se escuchan novedades. El bombardeo mediático con economistas en el prime-time preocupa a aquellos que efectivamente perciben cómo el dólar arrastra los precios en su camino hacia arriba.
Es por eso que este último tiempo comenzó a circular el rumor de que volvían las retenciones, aquel infame instrumento implementado en el gobierno de Duhalde y exprimido al máximo durante el kirchnerato.
Parte de los economistas (aunque también desde otras ramas de las ciencias sociales) sostiene que es un instrumento efectivo para contener los precios. Además agregan que si no se les pone un freno, vamos rumbo a una hiper, agravada porque los productores recibirían más pesos que volverían a poner en circulación (porque si hay inflación, ¿quién guarda la plata?).
Desde la vereda de enfrente les responden que las retenciones desalientan la inversión, algo que hoy es fundamental si se piensa en la catastrófica sequía que sufrió el país el último verano. Si no aumenta la producción, se enfría la economía y el gobierno no puede recaudar más para sostener su funcionamiento.
Ese es un pequeño recorte de todos los frentes abiertos que el gobierno tiene en este momento. Desde la oposición más liberal, insistiendo en la presión tributaria exagerada, con esas cuentas que se viralizan rápidamente y nos deprimen haciéndonos saber que trabajamos siete meses del año para pagar impuestos.
Desde la oposición intervencionista, que si no se controla el comercio de granos hay especulación en el comercio que impacta de lleno en el bolsillo de los trabajadores, haciéndonos cálculos de todo lo que gana un productor de trigo en base al precio del kilo de pan.
El gobierno se metió solo en medio de un debate que ya se parece más a un griterío. La falta de consistencia en el manejo de la economía, producto de la subestimación de las variables que definen el sano funcionamiento de un sistema productivo, lo ha dejado expuesto a numerosos mercenarios mediáticos.
Todos esperan que esta calma que se siente en la última semana sea el respaldo de los mercados para que el gobierno se ponga a trabajar -de una vez y por todas- para sanear verdaderamente la economía, algo que todavía no parece tan claro.

Fuente: Diario Alfil 

Te puede interesar