El debate por el aborto y los alcances de la libertad

OPINIÓN Por
Entre los diversos oradores que se expresaron sobre el tema, la libertad sobrevoló permanentemente, aunque algunos sectores hayan tenido actitudes reñidas con la misma.
hoy

Sorpresivamente, de manera inesperada, el tema del aborto engulló al resto de los debates políticos en Argentina. Desde que el presidente Macri habilitó la discusión se presentaron diversas opiniones, la mayoría de las veces ampliamente contradictorias. Pero el debate en comisión tuvo, en las manos de los responsables, un tratamiento digno de destacar.
Cuando Daniel Filmus decidió agradecer a Daniel Lipovetzky por haber facilitado la expresión respetuosa de numerosos especialistas, demostró que lentamente la democracia se va consolidando como el vehículo para canalizar las demandas de la sociedad. Sin ataques, gritos ni imposiciones, pero fundamentalmente sin violencia.
Alrededor del debate se expresaron distintos sectores de la sociedad, con diversos argumentos que recorrieron un amplio abanico de creencias y valores, algunos fundamentados en la religión y otros en la ciencia, pero todos desde un lugar sincero, lejos de la especulación sobre quién debería pagar el costo político.
Entre los diversos expositores se habló mucho de la libertad. La libertad de decidir, la libertad de expresarse, la libertad de conciencia, la de planificar su futuro o la de cuestionar a los que no comparten sus ideas. Pese a eso, también hubo quienes atentaron contra la misma.
En el camino hacia una democracia madura, la labor de los diputados en el debate en comisión fue muy diferente a lo que dejaron mostrar algunos grupos que por diversos motivos fueron perdiendo la noción de la importancia de la tolerancia y la diversidad.
Las tomas de escuelas secundarias para hacer la vigilia por el debate es un golpe a lo que se debería aprender sobre civismo. La imposición de un grupo sobre el resto por medio de la fuerza es totalmente contraria a la convivencia que se necesita en los espacios en los que inician la vida como ciudadanos, donde se aprenden los valores de un sistema representativo en el que los diputados y senadores llevan nuestras opiniones a un recinto en el que se sanciona -o no- una ley.
Pero esa actitud fascista, totalizadora, también se pudo ver en la presión que recibieron los legisladores. Apelar a cuestiones familiares, a historias personales, al temor de las consecuencias que les harían sufrir por su voto no fue potestad exclusiva de un sector, aunque se mostró con más fuerza en un determinado bando.
La tensión ante la inminencia de la votación fue crispando los ánimos, predisponiendo al conflicto, a la falta de respeto, a la negación del otro, lo que no se debería aceptar en democracia.
Eso fue lo que terminó resultando en los gritos que recibió el diputado Massot, que merecieron una pobrísima respuesta de su parte, al sostener que una posible ley aprobada por el poder legislativo en sintonía con la legislación más avanzada a nivel mundial era algo a lo que no nos habíamos atrevido nunca, ni en democracia ni en otros momentos.
Los escraches, las tomas o las presiones exceden la simple petición a los representantes, son una actitud hostil ante las personas que desempeñan funciones en un sistema que no puede garantizar un vínculo real entre los políticos y los ciudadanos.
Uno de los mayores legados que nos dejó la Argentina de las generaciones del ‘37 y del ‘80 es el liberalismo, que golpeado, parchado o negado, se sigue manteniendo en pie.
La postura conservadora de oponerse a una ley simplemente porque alteraría el status quo o la tradición, en detrimento de los derechos de las mujeres, va en contra de aquella doctrina política que sirvió de base fundante de la nación.
La legalización del aborto, aún generando polémica, es el único camino para ampliar derechos y garantizar que aquel liberalismo originario crezca y se consolide, por ser la única posición que no pretende imponer una visión monolítica del mundo.
Aunque con dificultades y resistencias, la libertad declamada por unos y denostada por otros debería ser la vara con la cual medir el progreso que nuestro país está dispuesto a alcanzar, o al menos debería serlo si queremos sentir que vivimos en una democracia que se hace cada vez más fuerte.

Fuente: Diario Alfil

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