Macri apuesta: paritarias light y multimillonario salvataje del FMI

OPINIÓN Por
El gobierno de Cambiemos muestra una insospechada conducta intervencionista, por no decir algo más antipático.
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El gobierno de Cambiemos muestra una insospechada conducta intervencionista, por no decir algo más antipático. Mediante un decreto, el presidente Mauricio Macri “autorizó” ayer a los gremios a negociar con sus patronales incrementos de hasta un 5% por sobre las paritarias cerradas a principios de año. La motivación es cristalina: pretende compensar a los sindicatos que aceptaron incrementos de hasta un 15% interanual, de acuerdo con las metas de inflación establecidas por el Ministerio de Economía y el Banco Central allá lejos y hace tiempo.

Aunque el propósito pudiera resultar loable, cuesta entender el porqué una Administración razonable y cercana al liberalismo debe autorizar algo que, en rigor, es un derecho tanto de los gremios como de las empresas. ¿O acaso en la Argentina rige alguna clase de socialismo contrario a las libertades sindicales? Es curioso porque, cuando se quiere denostar al presidente, los opositores recurren al mote de “neoliberal”. Deberían repensar el verdadero alcance de este agravio.

Las explicaciones de esta insólita disposición deben buscarse en el mundo de los símbolos. El gobierno está desbordado por una situación que no supo anticipar. Las recientes turbulencias financieras dejaron al desnudo que la política antiinflacionaria no está funcionando, y que las previsiones sobre las que había construido sus recomendaciones paritarias forman parte de los recuerdos argentinos. Le resulta imprescindible, por lo tanto, aparentar que está liderando el proceso de crisis con energía. Autorizar algo que no hace falta hacerlo forma parte de esta estrategia. Todo muy Pro.

Los gremios reciben esta autorización como una suerte de tomada de pelo, pero igual disimulan la perplejidad con buena dosis de pericia, simplemente porque están dispuestos a jugar el juego que propone la Casa Rosada. Saben que el anuncio se encuentra emparentado con la amenaza de huelga general que promueve la CGT, y que tampoco ellos están del todo convencidos que sea el camino correcto.

No es que, de repente, los líderes sindicales se hayan vuelto piadosos u oficialistas, sino que, en los trabajosos años transcurridos desde 1983, hay ciertas certezas económicas que, a la fuerza, han llegado a hacerse carne, excepto para el trotskismo marginal, inmune a cualquier razonamiento que involucre la oferta y la demanda.

Una de estas certezas es cómo se combate a la inflación. Si el paro que se anuncia es contra las políticas económicas del gobierno, entonces es contra las que producen los aumentos de precios. Es la inflación la que pulveriza los salarios y ninguno de los cegetistas ignora -aunque pretendan hacerse los distraídos- cuál es el verdadero origen del fenómeno: el gasto público que fuerza al endeudamiento y la emisión de dinero.

Un paro no soluciona el problema; todos lo saben. El único remedio en condiciones de hacerlo es un ajuste macroeconómico que, para más datos, no sólo podría terminar con la inflación sino también con el paciente. Este es el riesgo. Los sindicalistas, como buenos peronistas, eluden la cuestión apelando a un “gran acuerdo nacional” y ese tipo de monsergas que, en rigor, nunca han funcionado, pero son conscientes de la gravedad del momento. Si el hueso de la autorización que tira el gobierno les evita la movilización y el paro general, tanto mejor será para todos. Es la paxtáctica que necesita con urgencia la Casa Rosada.

Los sindicalistas también saben otra cosa, aunque no lo reconocerían ni aun bajo tortura: que la mejor chance de evitar un ajuste ortodoxo es que el FMI ponga la plata para porfiar en el gradualismo. No hay otra, a menos que se pretenda retroceder al 2002 o emular a la Venezuela de Nicolás Maduro. En este contexto, protestar contra el Fondo es dispararse a los pies. Folclore sindical mata ciencia económica, ma non troppo.

El gobierno aspira a que el FMI financie la transición hacia el final de mandato presidencial. Una aspiración módica, bien distinta a las expectativas surgidas de octubre pasado, pero con la ventaja del realismo político. Macri, al fin de cuentas un institucionalista, está convencido que su mayor aporte a la Argentina es que un mandatario no peronista termine su periodo en regla y entregue la banda a un sucesor elegido democráticamente. No es poca cosa, considerando los antecedentes en la materia.

No obstante, nadie que conozca un ápice la personalidad de Macri puede aceptar que aquella sea su única aspiración. Es ambicioso como el que más y toma los desafíos como asuntos personales, verdaderas pruebas de resistencia. Aunque hoy no pueda decirlo abiertamente, apuesta a que el blindaje del Fondo -no obstante que, prudentemente, nadie utilice esta palabra- permita aplacar la economía para que las medidas de reduccióndel gasto que ha dispuesto comiencen a dar sus frutos.

¿Es esto posible? Hay chances de que así sea. A despecho de los últimos sucesos, la economía argentina no parece estar peor que durante el kirchnerismo. Por el contrario, los últimos meses han sido de expansión, al punto tal de que,en abril, si bien que antes de la crisis cambiaria, el Indec registró un crecimiento interanual de 3,4% en el Estimador Mensual Industrial (EMI) y del 14% en el Indicador Sintético de la Actividad en la Construcción (ISAC). La creación de empleo ha vuelto a cobrar vida, básicamente en el sector privado, y la pobreza mostraba señales de retroceso, aunque es probable que haya vuelto a aumentar con el repunte de la inflación.

Aquellas buenas noticias, hoy un tanto difuminadas, pueden recuperar su brillo con los 50.000 millones de dólares comprometidos por el FMI. La cifra supera por mucho a los treinta mil millones con los que aspiraba a contar Nicolás Dujovne. La magnitud del monto es tal que casi equiparan a las reservas del Banco Central, lo cual habla a las claras de la apuesta del gobierno y del propio Fondo Monetario, aparentemente dispuesto a recuperar algo de la imagen perdida por estas latitudes y frente al mundo en general.

La fórmula es sencilla: paritarias light del 5% y 50.000 millones de dólares como seguro para continuar en la vía gradualista. En el medio, una reducción del déficit (acordada también con el FMI) del 1,3% del PBI para 2019. Es la ecuación sobre la que descansa Macri para enfriar los ánimos laborales y recuperar la iniciativa macroeconómica. Resta ver si la zanahoria es suficiente como para desalentar las protestas y alejar los fantasmas del paro. Por ahora, la CGT se muestra prudente y, dentro de su propia agenda, ha pedido que el gobierno cumpla con ciertos pedidos rituales para evitar la huelga general, que, dicho sea de paso, tampoco necesita de la autorización de un decreto presidencial.

Fuente: Diario Alfil

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