El Gobierno debe saber que con "la platita" de la gente no se juega

Si el 2001 tuvo algo de particular, fue que la gente salió a la calle a defender su dinero. Al Argentino le podes tocar cualquier cosa, menos sus ahorros, no hay que subestimar al ciudadano
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Se suele decir que el órgano más sensible y delicado del ser humano es el “bolsillo”. Esto, que obviamente es una afirmación sarcástica, conlleva un mensaje bien claro y contundente, sobre todo si nos referimos a los argentinos, que a la postre somos seres humanos iguales a todos los que habitamos este planeta pero con características y condicionamientos bastante particulares.


A lo largo de la historia, y sin remontarnos a épocas ancestrales ni demasiado lejanas en el tiempo, los habitantes de casi toda Europa, Asia y África tuvieron que soportar cruentas guerras que dejaron sus naciones devastadas. Se puede decir que hubo países en los que no quedó ni una sola piedra en pie. Sus economías estaban decididamente deshechas, sin industrias, sin producción de ninguna naturaleza. Más allá de los enormes padecimientos de estas confrontaciones bélicas, con su saldo de millones de muertos y secuelas imborrables en aquellos que lograron salvar sus vidas de milagro, hubo que comenzar a hacer todo desde cero. Esto supuso un esfuerzo compartido por igual por la gran mayoría de la población, sin distinción de ninguna naturaleza, que, además, requirió de imaginación, responsabilidad, compromiso y una meta bien delineada.


Así, la prosperidad que puede observarse en casi todos los países europeos, y en países asiáticos como Japón, China, Corea del Sur, entre otros, no fue un proceso que se desencadenó de la noche a la mañana. Muy por el contrario, debieron soportar grandes padecimientos para disfrutar de el bienestar socio económico y político que hoy tienen. En el ínterin, pasaron hambrunas, epidemias, racionamientos de todo tipo y una larga lista de brutales consecuencias para llegar a ser lo que son hoy en día. Claro, sumados todos estos problemas y comparados con los horrores de las guerras, no significaban casi nada. Lo peor ya lo habían pasado. Habían caído en el más profundo de los pozos y sólo les quedaba salir de él a como diera lugar. Vale decir, desde la roca en la que estaban parados, no tenían más alternativa que subir por la escalera del progreso, sin cejar en su escalada, por más obstáculos que se le presentaran, para llegar a cumplir con la meta que se habían propuesto.


En América, de verdad que la realidad de la mayoría de los países que conforman este enorme y riquísimo continente fue bien distinta. Algunos, como los Estados Unidos y Canadá, participaron activamente de las dos últimas conflagraciones mundiales y de otras guerras que se desataron en remotos lugares del planeta, pero, aunque sufrieron muchas bajas, entre muertos y heridos, éstos fueron soldados que se alistaron, voluntariamente, en sus ejércitos. Las consecuencias para la población civil de estas naciones, más allá de algunas restricciones y racionamientos económicos, no significaron padecimientos comparables a aquellos en donde se desarrollaron los campos de las batallas.


No menos ciertos es, que en el resto de las naciones americanas se produjeron conflictos sociales, políticos y económicos, algunos de enorme gravedad, que, sin embargo, jamás van a llegar a compararse, ni en número de muertos y heridos, ni en la devastación de las ciudades y pueblos, ni en la destrucción total y absoluta de la industria, la producción y todo el aparato económico en su conjunto con lo que fueron las atrocidades de las guerras para los países del otro lado del océano.


Y si centramos nuestra mirada, de manera particular y precisa, en la República Argentina, debemos decir que hemos sido privilegiados espectadores de las barbaridades que sucedieron en tierras muy lejanas, con consecuencias de un mínimo calibre, máxime si se tiene en cuenta que ocurrieron en un mundo donde la globalización todavía no existía como concepto ni como método económico, por lo que, lo que acá se pudo sentir de esos conflictos y guerras, estuvo bastante amortiguado y diluido por el paso del tiempo. Quizá, otros fueron los males que nos aquejaron en nuestra corta historia como nación libre y soberana. Pero, vuelvo a repetir, nunca comparables a las devastadoras Primera y Segunda Guerra Mundial, ni a las matanzas en al África o en el cercano oriente asiático.


Sin embargo, hay que admitir que “no hay muela que duela más que la propia”, y en mérito a ello, puede que los argentinos nos veamos a nosotros mismos como los seres más desdichados del planeta.


Por ello, y volviendo a la referencia que hacía al comienzo, sobre la sensibilidad de nuestro órgano llamado “bolsillo”, las actuales autoridades nacionales de “Cambiemos”, que administran, hoy por hoy, los destinos de más de cuarenta millones de argentinos, tienen que tener bien en claro este tipo de idiosincrasia tan distintiva, que hace que el grueso de la población no tenga en cuenta los procesos a largo plazo, ni ponga, a la hora de hacer balance, situaciones e historias de otros territorios del mundo, para decidir, con la “flacura” de su bolsillo, el acierto o el error de haber confiado en un determinado grupo de hombres y mujeres para que le hicieran realidad, sin casi sobresalto alguno, el fin de bienestar que es lógico que deseen.


Hay que decirlo y sostenerlo a los cuatro vientos y en todas las situaciones posibles: no somos habitantes de un territorio que haya tenido que sufrir y, ni siquiera, presenciar las más horrendas consecuencias de las crisis humanitarias que existieron en gran parte de nuestro planeta. Por ende, nuestros dirigentes no deben esperar que la población en general tenga la comprensión y la paciencia que se requiere para lograr cambios sustanciales en nuestro acostumbrado y muy cómodo modo de vida.


El “bolsillo” de los argentinos debe ser tratado con enorme delicadeza, casi con una suavidad rayana con lo “amoroso”, para que no sea el disparador de nuevas crisis institucionales, azuzadas por los oportunistas y agitadores que lamentablemente tenemos en demasía, que, sin voltearnos completamente ni arrojarnos al fondo del pozo, nos han hecho retroceder en muchas oportunidades a momentos indeseados de nuestra historia.


A finales de 2015 la mayoría de la población argentina optó por un “cambio”, y, en virtud de él, le dio la oportunidad a otra clase dirigencial y política para que maneje sus destinos. Pero esa opción no fue realizada con la emisión de un “cheque en blanco”. Y aunque nadie lo haya dicho con las palabras exactas, nunca se hizo una representación del enorme sacrificio que ese “cambio” llevaba implícito. Lamentablemente, por más que nos esforcemos en nuestro empeño para llegar a disfrutar de las condiciones existentes en los países que conforman el denominado “primer mundo”, la mayoría de la población no está dispuesta a sufrimientos extremos, porque no le tocó, a Dios gracias, pasar por lo que esos países sí pasaron. La cuota de paciencia del argentino medio no es ilimitada, ni se le acerca a esa posición. Y nada puede llevar a hacerle creer al equipo de Mauricio Macri que puede “tirar” demasiado de esa delgada cuerda, aunque las intenciones sean las mejores.


Si se quiere tener un continuismo, con políticas de Estado a mediano y largo plazo, primero, antes que nada, habrá que usar el ingenio y la inteligencia que poseen las actuales autoridades, para cuidar del “bolsillo” de los argentinos, para que los seguros efectos adversos y colaterales que todo proyecto tiene, puntualmente un proyecto como el que se necesita para hacerle frente a las endémicas enfermedades que sufre la economía nacional desde hace mucho tiempo, no lo afecten de manera tal que los habitantes comiencen a penar con él y dejen de hacerlo a través de la razón.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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