El crecimiento y los cambios también duelen

Creer que los problemas que nos aquejaban como sociedad se podían arreglar con un simple cambio de gobierno, nos llevo, en más ocasiones de las que desearíamos admitir a cometer grandes errores
hoy

Los números son siempre fríos, no representan sentimientos, pasiones, estados de ánimo, confianza, anhelos ni ilusiones. Los números son la manera en que los humanos han encontrado, de algún modo, la forma de representar una parte incontrastable de la realidad, de medir ciertos factores de la vida con una vara adecuada a convenciones diseñadas a ese fin. Pero, pese a la frialdad de los mismo, a su falta total de empatía sentimental, los números son precisos, siempre y cuando se ajusten, de manera fidedigna, al estándar para el que se los pretende utilizar.


De esta manera, los índices elaborados por los diferentes organismos no gubernamental, así como los que emanan de organismos del Estado, serán el verdadero espejo de la realidad a la que se los pretenda utilizar, aún en momentos en que quien los elabora utilice una discrecionalidad falaz, puesto que ese, y no otro, es el destino que se les asignó.


Así pues, la experiencia de un Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, intervenido por el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, que todos los meses producía “dibujos” de una realidad completamente diferente a la que se palpaba en la calle, era el reflejo de esa Argentina inexistente, de esa gran mentira que significó el proyecto populista y totalitario del kirchnerismo, pero, también, fue el reflejo en el que una inmensa mayoría de los ciudadanos de este país necesitaban creer.


El argentino medio, el hombre de la calle, el de “a pie”, ha pecado, inconscientemente, en muchas oportunidades, de esa faceta tan propia de nuestra idiosincrasia nacional, que nos hace suponer mejores, más aptos, más valiosos e inteligentes que otras sociedades del planeta. Y es esa misma idiosincrasia la que nos ha jugado en contra en numerosos tramos de nuestra historia.


Creer que los problemas que nos aquejaban como sociedad se podían arreglar con un simple cambio de gobierno, nos llevo, en más ocasiones de las que desearíamos admitir, a golpear las puertas de los cuarteles. Sabemos de sobra, y con largas listas de muertos y desaparecidos, lo que esto significó, como también la censura, el autoritarismo, el avasallamiento institucional y el atraso que supuso para el país cada vez que los tanques salían a la calle y se proclamaban dueños del poder y del destino de las personas.


De igual manera, haber creído, ciegamente, en que la “dádiva” estatal era la solución definitiva y permanente a la pobreza, a la falta de trabajo, al desarrollo industrial, al atraso económico, a la desigualdad social, y a muchos más etcéteras, nos condujo, recientemente, al desperdicio de la década más floreciente y próspera de los últimos 100 años.


Pero el argentino necesitaba creer, quería creer, no podía darse el lujo de admitir que, nuevamente, se había equivocado en su elección. Y esa necesidad fue la principal causa del sinfín de padecimientos que tuvimos que soportar.


A partir de diciembre de 2015, las nuevas autoridades constituidas, vinieron a cumplir, por un lado, un rol bastante odioso: demostrar que el modelo “Nac & Pop” había sido una mentira, sino desde su misma génesis, al menos durante gran parte de su desarrollo. Y digo que el rol era “odioso”, por que supuso hacer bajar a muchos de la “nube” en que vivían y pisar tierra firma, posicionarlos en una realidad que les era imposible de digerir, pero, al fin y al cabo, la única certeza sobre la cual poder comenzar a pensar e implementar un plan de gobierno responsable, confiable, eficaz y con perspectivas positivas y promisorias. Y, por otro lado, a formular un nuevo paradigma para la sociedad argentina, en el cual el gradualismo impuesto por las circunstancias cuyunturales, dentro de los necesarios ajustes que se debían realizar, representó un desafió singular, teniendo en cuenta la manera en que el grueso de la población se había recostado sobre una economía cerrada al mundo y un Estado protector y demasiado paternalista, obstaculizando con ello cualquier intento por producir un cambio que pudiera significar, no sin los sacrificios lógicos y necesarios, la reincersión primero de la argentina dentro del contexto de las naciones más avanzadas del mundo; y después la instrumentación de un desarrollismo adaptado a las circunstancias que este milenio impone, para lograr un despegue definitivo del país, tanto en el plano económico, como dentro de otros ámbitos de vital importancia representados por lo político y lo social.


Esta fue la propuesta a la que adhirió, mayoritariamente, la ciudadanía cuando decidió confiar en “Cambiemos” y en lo que sus hombres y mujeres prometían realizar como acción de gobierno.


Decir que las simples promesas no bastan para cubrir las expectativas de una población castigada y agobiada por circunstancias puntuales, sería una “verdad de perogrullo”, y es por ello que la administración de Mauricio Macri debe poner todo su empeño en el día a día, en la prolijidad con que realice cada una de sus obras y en la responsabilidad con que afronte la tarea gubernativa, ya que, si bien es un avance muy grande con respecto a administraciones anteriores, de nada le sirve al votante la admisión de errores, por parte del Ejecutivo Nacional, en lo que hace a hechos y actos de gobierno, puesto que, aún hoy, el habitante de la Argentina se configura como uno de los más afectos a un triunfalismo desmedido, calificativo y condición que lejos está de cambiar, y que condiciona cualquier tipo de proceso a realizar a mediano y largo plazo.


Argentina necesita políticas que se piensen para las décadas venideras, pero al hombre de la calle le preocupa lo actual, su situación diaria. Es por ello que el desafió de las actuales autoridades es doble, puesto que tienen que tener puesta la visión en la Argentina que desean de acá a 20 años, pero no deben descuidar lo cotidiano, como condición indispensable para obtener esa continuidad tan necesaria que, en muchas oportunidades, al no poderse conseguir, ha abortado grandes proyectos y ha significado el fin de la carrera política de hombres con una inmensa capacidad y con las mejores intenciones y, lo que se posiciona como el peor de los males, ha dado por tierra la esperanza que todos tenemos de vivir en un país de oportunidades y desarrollo continuo y sostenido.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

Te puede interesar