El pueblo exige de las autoridades actuales una prontitud casi imposible de implementar

Desde Menem, pasando por el fracaso de la “Alianza”, hasta la experiencia de los 12 años del kirchnerismo en el poder, todo fue una gran promesa, un rotundo fracaso, una gran mentira
hoy

Que la sociedad argentina necesita y quiere un cambio no cabe ningún tipo de duda. Desde cualquiera de los más diversos sectores políticos, empresariales e institucionales se está de acuerdo en que de la manera en que veníamos hasta hace dos años muy poco se había hecho, y lo que se había podido modificar, en realidad no era el resultado de un fin directo, sino los efectos colaterales de cierto tipo de política que debía “dejar caer”, de cuando en cuando, algún tipo de beneficio para seguir obrando de espaldas a un pueblo que confió en en el modelo “Nac & Pop”, viendo en él algo nuevo, diferente y superador. Lamentablemente, para el grueso de esa masa, ávida de volver a creer en un proyecto que los incluyera como miembros activos del mismo, hoy se constituye en el sector que más desilusión ha acumulado.


Quizá, sea por esa misma desilusión, que también se configura en estafa a sueños postergados, la conducta ante otro gobierno que viene de la mano de un eslogan marketinero muy fuerte, que desde su mismo nombre define el espacio que ocupa y hacia dónde quiere ir, la premura que se le exige, en lo relacionado al cumplimiento inmediato de cada una de las promesas que realizó en campaña, sea de tamaña magnitud que da la impresión que nada se ha hecho en el transcurso de los dos años que lleva de gestión.


Por un lado, es dable entender a un pueblo que está cansado, que viene de años de gobiernos que prometieron y nunca cumplieron. Gobiernos que accedieron al poder con un afán diametralmente opuesto a los discursos que producían.


Desde Menem, pasando por el fracaso de la “Alianza”, hasta la experiencia de los 12 años del kirchnerismo en el poder, todo fue una gran promesa, un rotundo fracaso, una gran mentira y, en el más benévolo de los casos, una inutilidad manifiesta y una absoluta incapacidad para manejar los destinos de millones de argentinos.


Alguna vez, Juan Carlos Pugliese, hombre que supo ocupar diversos cargos políticos dentro de los gobiernos de Arturo Illía y Raúl Alfonsín, justamente siendo parte del gabinete de este último, como Ministro de Economía y Ministro del Interior, produjo una frase memorable. Dijo Pugliese en ocasión a la grave crisis económica desatada por la hiperinflación de 1989: “Les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo”. Y traigo a colación esta cita, puesto que estoy convencido que, muy a pesar y en desmedro de la calidad institucional del país, la economía rige el sentir de muchos millones de ciudadanos argentinos, que a la hora de sopesar o juzgar una administración, lo hacen teniendo en cuenta el sólo ítem de lo económico, como si ese fuera únicamente el parámetro, la vara más válida para medir a un gobierno.


No voy a pecar de necio o de ciego tratando de negar la indudable y estrecha relación que existe entre los económico y lo que la gran mayoría del pueblo entiende como una gestión exitosa. De igual manera, tampoco es ajeno a mi realidad cierto tipo de comodidad que nos caracteriza como sociedad, comodidad que se ve reflejada en las bondades que puede otorgar pretender vivir con los estándares económicos de países del primer mundo pero contando con los magros recursos que supone pertenecer a un país que aún no se ha desarrollado. Ejemplos de esto último tenemos y de sobra: la convertibilidad del menemato, en la que el dólar, la divisa que regía y hoy sigue rigiendo a las economías mundiales, podía ser adquirida a una paridad de uno a uno, con lo que cualquier argentino podía acceder a la compra de elementos de gran confort y lujo, con el sueldo de un empleado. Verdaderamente, un espejismo que duró poco y que trajo aparejado una de las más graves crisis que se puedan contabilizar en la historia de la Nación. Otro tanto se puede decir de la denominada “década ganada”, un período económico, a nivel mundial, que favoreció como pocos a la Argentina, pero que, sin embargo, el empujón que supuso el viento que soplaba a nuestro favor, fue utilizado de una manera tan demagógica sólo comparable a la primera presidencia de Juan Perón, que poco y nada quedó de él en el haber de la una ciudadanía que se conformó con el asistencialismo estatal y con los planes sociales que dilapidaron todas las divisas que entraban al Tesoro Nacional, para dejarnos, nuevamente, con una importante cifra en rojo y vuelta a comenzar la historia para otro gobierno que, hoy por hoy, debe lidiar con los heredado, sin gozar del “beneficio de inventario”, amén de intentar poner en práctica el proyecto que le propuso a la sociedad y que, en definitiva, lo llevó a imponerse en las urnas por encima del continuismo y la segura debacle que es continuismo representaba.


Aún así, el pueblo, en su mayoría, habiendo sido consciente hace dos años, y siéndolo aún más hoy, de ese cambio que expuse al principio de esta nota, exige de las autoridades actuales una prontitud casi imposible de implementar. Puede que este tipo de conducta esté implícita dentro del “gen” de nuestra orgullosa argentinidad, y que por él debamos seguir sufriendo de enormes padecimientos.


En relación a ese “gen” apurado, cómodo, oportunista y triunfalista, se opera uno de los más importantes frenos que, inevitablemente, encuentran gobiernos con mirada y visión de futuro, que deben posponer esos planes para atender a coyunturas puntuales, pero, a su vez, también a coyunturas elaboradas para constituirse en “palos en la rueda” del progreso puestos por sectores a los que les va muy bien el fracaso de las gestiones, sin importar las consecuencias que ello acarrea para los habitantes, si con eso pueden vislumbrar algún tipo de posibilidad de volver a manejar, a su antojo y en su propio beneficio, los hilos del poder y el futuro del país.


Ojalá que la contundencia con que la población ratificó a la administración de Mauricio Macri en las pasadas elecciones de medio término, no se empañe con los avatares erráticos de nuestra siempre débil economía, y pueda hacerle frente con la responsabilidad y el compromiso que son necesarios para cumplir con ese “cambio” que nos es tan imperioso. Y no para gloria de los hombres y mujeres de “Cambiemos”, sino como punto de partida, como plataforma firme y estable desde donde puedan, las futuras gestiones, sean del signo político que fueren, “plantarse” para lograr la tan ansiada Argentina que todos queremos.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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