Dujovne en el país de las maravillas

OPINIÓN Por
Semana económica. El dólar se disparó y el Banco Central vendió de a miles de millones de dólares para contenerlo, hasta que decidió, de una vez por todas, tirar con munición gruesa y subió la tasa de interés hasta el 40%. Un par de puntos por encima del 38% con el cual debutó la gestión Cambiemos.
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Lejos de ser creativos, los economistas argentinos han desempolvado la frase Tormenta perfecta para describir la corrida bancaria que hizo escalar al dólar hasta $ 23,30. Producto, explican, del condicionante externo que significa la atractiva suba de la tasa en los Estados Unidos, y por el impacto interno de la entrada en vigencia del impuesto a la renta financiera para tenedores de Lebacs en el exterior.

La historia, a esta altura, ya es conocida. El dólar se disparó y el Banco Central vendió de a miles de millones de dólares para contenerlo, hasta que decidió, de una vez por todas, tirar con munición gruesa y subió la tasa de interés hasta el 40%. Un par de puntos por encima del 38% con el cual debutó la gestión Cambiemos.

Las medidas, al menos en la última rueda de la semana, parecieron calmar los bríos de la divisa. La cereza del postre fue la conferencia de prensa brindada por el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, y el titular de Finanzas, Luis Caputo. Aquí, explicaciones mediante, quedó claro que al gobierno le sobra candor y le falta autocrítica.

Hay un puñado de motivos internos por los cuales esta corrida hizo zozobrar no sólo al mercado cambiario, sino a todo el plan económico. Razones por las cuales la inflación será mucho más alta de lo proyectado, la economía crecerá menos, se recortará la obra pública y el financiamiento será más caro. Pero Cambiemos ha decidido no hacerse cargo. Veamos.

Primero: avaló la incorporación dentro del paquete de la reforma impositiva del proyecto para gravar la renta financiera, incluyendo a los tenedores de Lebacs en el exterior. No es que sea un error en sí mismo hacerlo, pero es una ingenuidad pensar que el asunto no traería cola, que el efecto búmerang no se produciría, tarde o temprano. La tan mentada bomba de las Lebacs no pasaba sólo por cuántos renovarían las Letras en cada licitación, reinyectando pesos al sistema, sino también de cuántos desarmarían su posición y volverían masivamente al dólar, provocando marcados desequilibrios.

Segundo: para todo liberal que se precie de tal, regular el sistema es un crimen. Por eso el Gobierno desmanteló en enero del año pasado la normativa que obligaba a los capitales financieros externos a permanecer 180 días en el país. La medida tendía a evitar la salida compulsiva de dólares, dotar de previsibilidad al mercado y darle al Gobierno algo más de margen para maniobrar ante el éxodo de divisas. Pero eso ya es historia y Hacienda está convencido de haber hecho lo correcto.

Tercero: a fines de 2017 el Gobierno le permitió a las cerealeras dejar en el exterior los dólares surgidos de la venta de la cosecha de granos. Eso y pegarse un tiro en el pie es más o menos lo mismo. Todo en nombre del libre flujo de capitales. Con lo cual, en los habitualmente fuertes meses de liquidación de divisas por la cosecha, que son abril, mayo y junio, la cantidad de dólares en la Argentina es mucho menor a lo esperado. Dinero que hubiera servido, claro está, para contrarrestar la corrida bancaria.

Cuarto: la indecisión del Banco Central en el mercado cambiario también aportó lo suyo. Federico Sturzenegger fue un apóstol de la flotación libre, hasta que decidió intervenir la plaza en repetidas oportunidades. Esa conducta ambivalente terminó por desorientar a más de un jugador de kilates.

LO QUE VIENE

A la corrida bancaria el Ministerio de Hacienda le respondió con el anuncio de que bajará aún más el gasto público, corriendo la meta del déficit fiscal al 2,7% en 2018, frente al 3,2% pautado originalmente. El país que viene será maravilloso. Igual que un chico que promete que hará la tarea aún mucho mejor de lo que lo venía haciendo. Un desesperado intento de demostrarle a los capitales que, pese a todo, somos buenos.

La situación no es equivalente a la crisis del 2001, pero igualmente vale recordar aquellos sucesos para no repetir errores ni pecar de ingenuos. La gestión de Fernando De la Rúa logró generar un recorte descomunal del gasto público, un esfuerzo que rondó los u$s 2.000 millones de dólares, y así y todo los mercados terminaron por darle la espalda. La necesaria buena conducta, entonces, no movió ni un ápice al riesgo país rampante.

La sonrisa del ministro Dujovne no logró ocultar cierto rictus de nerviosismo. El discurso apuntó de manera clara a tranquilizar al intangible llamado mercado. Pero, ¿cuál fue el mensaje para la gente común, para el votante? No lo hubo.

El argentino de a pie, el trabajador asalariado, el pequeño empresario, el tipo que cuando le sobran unas chirolas se da el gusto de llevar a comer a su familia a una pizzería un sábado por la noche, tendría que haber recibido una explicación clara.

Esto es: la inflación superará en mucho la meta del 15% fijada por el Banco Central y que se tomó como parámetro para negociar las paritarias; el dinero valdrá menos; las productos y servicios estarán más caros; será más oneroso financiarse con la tarjeta de crédito; tasa del 40% mediante, la economía no crecerá como estaba previsto, con lo cual tampoco se generarán más puestos de trabajo. Y, ante el flujo de dólares que se va, habrá que ahorrar más. Habría que habérselo dicho.

Fuente: La Prensa

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