ULTRALIBERARES: BUEN DIAGNÓSTICO PERO PÉSIMA PROPUESTA TERAPÉUTICA

EDITORIAL Por
La ortodoxia enciende la luz de alarma por el endeudamiento y hace explícito el fracaso del gobierno en la mejora de los indicadores económico-sociales. Pero recomienda profundizar las medidas que aumentan la pobreza, disminuyen el empleo, destruyen la industria y vacían las arcas públicas
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Isaias Abrutzky Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N

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Roberto Cachanosky, en un artículo de Infobae, hace notar que de economía se sienten con derecho a opinar “el taxista, el médico, el ingeniero, sacerdotes, el Papa o el kiosquero”, cada uno con su receta para solucionar los problemas del país y de la gente.

Hay que dejar en esto a salvo al presidente, quien, frente a un periodista que le planteaba interrogantes espinosos en la materia, se negó a entrar en detalles sobre la economía alegando, precisamente, ser ingeniero.

Pero si uno se atiene nada más que a lo que sucede en la Argentina puede darse cuenta que la mayoría de los economistas que estuvieron a cargo de su cartera la pifiaron más que notoriamente.

Si el paciente del médico se muere por el tratamiento o -por el contrario- se siente como practicar los deportes más exigentes, hay poco lugar para discutir. Lo mismo pasa con el ingeniero que construyó un puente ferroviario sin constatar que el ancho era suficiente para los trenes que irían a circular por allí (hecho real), o, por el otro lado, con los responsables de la construcción de la centrales nuclear Atucha I, que está funcionando impecablemente -como lo hacen también las otras dos- desde hace casi medio siglo.

En economía es distinto. Nadie puede negar que, a través de los gobiernos kirchneristas se redujo la pobreza, se fue desendeudando al país y se terminó con la injusticia de trabajadores que, por haber estado fuera del sistema formal, o por ser amas de casa, habían quedado al margen de los beneficios jubilatorios.

Los productores del agro ganaban mucho a pesar de las retenciones, los industriales producían y vendían, el desempleo era bajo y la gente “con un sueldo medio” comía bien, compraba autito y salía de vacaciones, nivel de vida que provocaba la irritación del actual presidente del Banco Nación, Javier González Fraga y de Gabriela Michetti; para ellos eso no era normal: el pobre tenía que conformarse con su destino, y no pretender -y menos exigir- nada.

Pero para los economistas afines al gobierno presente eso era un desastre, una caldera a punto de estallar y generar una crisis que nos iba a llevar a la debacle total.

Pero eso no iba a ocurrir, ni ocurrió, a pesar de que el Estado tomó y sigue tomando una deuda a niveles insostenibles, se destruyeron decenas de miles de puestos de trabajo, se cerraron miles de establecimientos industriales y se acabaron las condiciones de una existencia digna.

Y no solamente se generó sufrimiento para los pobres sino también para una gran porción de la clase media, que debe destinar la mayor parte de sus ingresos para pagar nada más que la alimentación y los servicios públicos

Pero para los economistas ortodoxos eso es hacer bien las cosas. Y si los ultra critican al gobierno en vista de cuentas públicas que no cierran ni a palos, lo hacen para pedir mucho más de lo mismo, y más rápido.

Tal vez en su fuero íntimo Macri les de la razón, pero por fortuna se da cuenta que para acelerar aún más el ajuste no le serían suficientes los millones y millones de balas de goma y de plomo, y todas las granadas de gases lacrímogenos que compró Patricia Bullrich.

En fin, economistas hay de todas layas, pero hay una diferencia entre ellos y el resto de los profesionales: si un médico se equivoca gravemente, o al ingeniero se le derrumba el edificio, puede que le retiren la matrícula. A los economistas no. Incluso puede que su reputación aumente, aunque sea con el tiempo.

Así vemos aparecer a personajes como Felipe Domingo Cavallo o Ricardo López Murphy con su imagen reconstituida y dando consejos a los funcionarios.

De todos modos Cachanosky, a quien no sería nada bueno ver entre el equipo de gobierno, no se equivoca al describir el estado de situación:

“En el mejor de los escenarios, el déficit financiero no baja, y por lo tanto la velocidad del actual gradualismo no converge al equilibrio. Por el contrario profundiza el problema porque no baja el déficit financiero, que es relevante. A futuro, como el modelo depende del financiamiento, el día que se corte el chorro, tendremos el déficit fiscal en el mismo nivel más la deuda para pagar”. Pero claro, le parece que, acelerando el ajuste, el colapso, en vez de llegar antes, se va a evitar.

Si usted vivió la historia del último medio siglo, o la leyó en fuentes creíbles, opine. Haga oír su voz. No importa que sea taxista, fotógrafo, médico o verdulero. Que no le pase lo que a todos los argentinos que fueron a buscar su plata en el banco el día 3 de diciembre de 2001.

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