"PATOTERO"

Guillermo Moreno todavía sigue creyendo que es "el patrón de la cuadra"
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Se suele decir que los argentinos tenemos un pequeño “enano fascista” muy en el fondo de nuestro ser. Puede que sea cierto o, quizá, solo una característica que muy pocos han analizado, conformándose con englobarla en una categoría más abarcativa.


Sea como fuere, tomamos las libertades que se encuentran garantizadas en nuestra Carta Magna como si fueran absolutas, sin ningún tipo de medida ni límite, avasallando libertades individuales y colectivas también garantizadas por la Constitución Nacional, aún cuando está prevé que los derechos que gozamos todos los habitantes de la Nación están sujetos a la leyes que reglamentan su ejercicio. Es decir, que estas libertades, estos derechos, no nos autorizan, por sí mismos, a hacer lo que nos venga en gana, sino que, debemos respetar las normativas legales que se dictan para que nadie sienta que su libertad está siendo vulnerada por la libertad de otro.


Sin embargo, existen innumerables ejemplos en los que los derechos individuales no son respetados en función de derechos, de igual jerarquía, pero ejercidos por grandes masas. Las marchas, protestas y todo tipo de medida de fuerza se convierten, al menos en la Argentina, en un quebradero de cabeza para cientos de miles de habitantes que no quieren expresarse de esa manera, pero que ven cercenada, por ejemplo, su libertad de tránsito, al no poder desplazarse por ciertas vías, lo que, sin tener demasiado conocimiento sobre derecho, es a todas luces una violación a esa libertad.


Y aludí a ese pequeño “enano fascista” que llevamos dentro, porque todos, en mayor o menor medida, nos comportamos circulando de un extremo a otro, en una imaginaria línea que admite diferentes posiciones, sin detenernos en ninguna de ellas. Solo nos paramos en los bordes de esa línea.


Así, el fascismo puede ser de izquierda o de derecha, ya que no importa la postura política que se sostenga, sino la forma en que se quiere imponer una idea o un concepto, como si fuera la única alternativa válida existente, rechazando la posibilidad de otras visiones o formas de llegar al fin deseado.


Durante 12 largos años, la mitad de la población del país tuvo que soportar la perorata de un proyecto que decía ser de carácter eminentemente inclusivo, pero que en la práctica imponía, de la manera que fuese, sin contemplar ningún tipo de argumentación en contrario, su “verdad”.


De esta manera, pudimos ver, en muchas oportunidades, al entonces Secretario de Comercio de la Nación, Guillermo Moreno, comportarse como un “compadrito”, un “patotero”, como si fuera del “patrón de la cuadra”, haciendo y diciendo lo que se le viniera en ganas, por el sólo hecho de pertenecer a ese gobierno y tener un poder irrestricto para avasallar voluntades ajenas.


Este personaje no conocía de límites, ni siquiera en aquellos casos en que tenía la absoluta seguridad de que sus dichos iban a ser reproducidos por todos los medios de comunicación. Si no cuidaba en público las formas y los modales para imponer su autoridad, es de imaginar lo que podía hacer cuando no había ninguna cámara encendida.


Hoy, con mucho asombro, se lo puede ver transitando los pasillos de muchos canales de televisión que se ubican en la ancha vereda central de la grieta que su mismo gobierno fabricó, canales que durante el proyecto “Nac & Pop” eran incondicionales con el mismo, no por tener una línea de pensamiento acorde con él, sino por la jugosa pauta publicitaria que recibían, diciendo barbaridades tales como que durante el kirchnerismo no se prohibió a ningún personaje opositor aparecer en las pantallas televisivas, o que nadie tuvo que sentir temor por expresar sus opiniones en público. Claro, quizá no haya un registro expreso sobre una prohibición o una muestra de amenaza directa, porque el gobierno de la “década ganada” tenía, entre sus más altos funcionarios, a individuos como él, que con su sola presencia imponían las normas a seguir, sin admitir la más mínima de las disidencias: o se estaba a favor de lo que el kirchnerismo quería imponer como fe, como verdad revelada, o se pasaba a la categoría de “enemigo”. Eso es lo que hacen los fascismos, de cualquier vertiente ideológica que sea.


Ayer nada más, pudimos tener otra muestra del “patoterismo” de Guillermo Moreno, cuando en un pasaje del programa periodístico que conduce Mauro Viale por la señal A24, el ex Secretario de Comercio se mofó de Eduardo Feinmann y, llamándolo “tarambana”, hizo el actin de ir a su encuentro para proponerle una pelea a los puños, como lo hacen los “matones” a sueldo, en plena emisión televisiva.


Esta clase de actitudes, muy propias de alguien que se cree superior porque no le teme a las trompadas, ni a hacer el ridículo, pone de manifiesto una de las más salientes características del gobierno al que perteneció: la no aceptación de la opinión del otro. Y esa falta de aceptación se traduce en la propensión a imponer su voluntad, aún de manera violenta.


Lógico, que tampoco está exenta de responsabilidad la producción del programa televisivo, que sabiendo los “blasones” que ostenta este sujeto, le da cámara y espacio para continuar haciendo lo único que ha sabido hacer durante toda su vida: pelearse y hacer uso de la fuerza bruta que cree poseer. Y digo que cree, porque en verdad no sabemos si es tan “pesado” como intenta demostrar, o las suyas son solo amenazas y palabras de grueso calibre.


Quienes pudieron tener trato con él, en el ámbito de cuatro paredes cerradas, juran que siempre tenía un arma en su escritorio dispuesta a ser desenfundada, pero esto son solo dichos sin evidencia probatoria contundente.


De igual forma, considero que, como reza el dicho, “para muestra basta un botón”, Moreno ha demostrado de lo que realmente es capaz o, al menos, se a afanado en hacernos creer eso.


Finalmente, queda un sabor bastante amargo cuando podemos apreciar, en vivo y en directo, la manera en que muchos ex funcionarios “brabucones” consiguen prensa, cuando penden sobre ellos graves acusaciones que la justicia argentina todavía no las ha investigado con la seriedad que merecen, y este tipo de prensa les da cabida sin restricción de ninguna naturaleza.


Falta mucho por cambiar en este país, y el camino será largo y tortuoso, para que los “patoteros” como Guillermo Moreno sean un mal recuerdo de una época y de un período de nuestra historia en el que las diferencias se arreglaban a golpes de puño, por el uso de la fuerza como metodología. Así lo hicieron los militares genocidas de la última dictadura militar en el país, militares que el kirchnerismo tomó como bastión y estandarte de su cruzada en pos de los Derechos Humanos, pero que desvirtuó, como ningún otro gobierno lo hizo, un fin tan loable y noble.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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