ES "FACILISMO" ECHARLE LA CULPA A LO ÚLTIMO QUE COMIMOS

Los males que aquejan a la sociedad argentina no son producto de la actual administración nacional, sino el resultado de años de políticas erradas y de políticos advenedizos
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Es normal, nos pasa a todos, por lo que yo también me incluyo en este tipo de actitud. Cada vez que nos duele el estómago o tenemos una descompostura intestinal, lo primero que nos viene a la mente es atribuirle ese malestar y esas molestias a la última comida que ingerimos. Así, si almorzamos un filete de pollo a la plancha con un ensalada de lechuga y tomates, le endilgamos al carnicero el habernos vendido pollo en mal estado o pensamos que la lechuga o los tomates pudieron estar mal lavadas. Claro, no recordamos haber cenado el día anterior una cazuela de mariscos, papas fritas y, de postre, un budín de pan con mucha crema o dulce de leche.


Siempre tendemos a concluir que lo que nos pasa es fruto de algo inmediatamente anterior, sin sopesar que hace tiempo venimos cometiendo desarreglos con nuestra dieta, lo que hace que el cuerpo se vaya deteriorando cada vez más, llegando a un momento en que ya no tolera, ni siquiera, los alimentos más saludables.


Así somos los humanos, particularmente los argentinos, en todo lo que respecta a la infinidad de padecimientos que nos aquejan como sociedad. Tenemos una visión y un poder de comprensión hacia el pasado inmediato de una cortedad sorprendente. Hoy resulta que todos los problemas económicos, sociales y políticos los fabricó la actual administración de Mauricio Macri.


Es verdad que, en el reciente discurso de inauguración de las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, nuestro Primer Mandatario expresó que tenemos que dejar de hablar de la herencia pasada y enfocarnos en nuestro presente y en el futuro del país. Pero, eso, en todo caso, nos habla de un presidente que no desea gobernar con el pasado a cuestas, sino, muy por el contrario, su intención es pensar en la Argentina de hoy y en la de los próximos años.


Yo, que a Dios gracias, no estoy en sus zapatos, no puedo dejar de imaginar cómo sería hoy nuestra realidad como habitantes de este país, si no se hubieran derrochado la década de mayor crecimiento mundial de los últimos 100 años; esa que la administración kirchnerista la bautizó como “la década ganada”. Y digo que la bautizó, de la misma manera que un padre puede ponerle, hoy por hoy, el nombre que se le ocurra a su hijo, por más horrendo o confuso que éste nombre sea, ya que decir que el período comprendido entre 2003 a 2015 fue un lapso de tiempo ganado para el país, es una apreciación antojadiza y discrecional de quien lo asegura. Obviamente, que hay quienes ganaron, y mucho, durante los gobiernos de Néstor y de Cristina Fernández de Kirchner: en primer lugar, ganaron mucho los funcionarios de más alto rango de esas administraciones, seguidos por los empresarios amigos del Poder y los sindicalistas genuflexos que siempre han estado “al salto por el bizcocho” de lo que les podía tocar en el reparto de la gran “torta” que entre todos se comieron.


Quien me diga que el pueblo, los hombres y mujeres de “a pie”, la sociedad argentina ganó, está confundiendo “dádiva” y “circo” con “ganancia”. Haber tenido la gratuidad del “fútbol para todos”, y considerar que eso era una ganancia, configura un grave problema de interpretación y de composición de estado. Las transmisiones de los partidos de fútbol supusieron multimillonarias erogaciones para el erario público, es decir que se solventaron con el dinero de todos, con lo que pagamos en impuestos, con lo fondos que de hecho nos pertenecen a todos los argentinos. Entonces, ¿de qué fútbol gratuito estamos hablando, cuando, en realidad, las empresas que contrataron con el Estado Nacional su transmisión se hicieron de un enorme negocio y, por ende, se llenaron los bolsillos de dinero?


Si nos vamos a referir a los millones de planes sociales otorgados durante el gobierno de los “patagónicos”, esos planes también fueron solventados con dineros públicos, más allá de que solo contribuyeron a una mayor circulación de efectivo, promoviendo un consumismo desmedido, que en nada se condice con la situación económica de quienes recibían esas “migajas” del banquete que los más poderosos se estaban dando. Muy distinto sería hoy el panorama, si con los “vientos de cola” que empujaron al país a un crecimiento a “tasas chinas”, se hubiera invertido en capitalizar la industria nacional, en grandes obras de infraestructura, en la creación de reales puestos de trabajo. Pero de eso, casi nada sucedió. Ya por que las grandes obras públicas que se encararon no llegaron a terminarse, ya por que la llamada industria nacional sólo se comportó como una gran “armadero” de piezas importadas, ya por que se robaron todo lo que estaba al alcance y podía ser robado, no solo que el país se estancó, sino que retrocedió, económica y socialmente, como el cangrejo.


Argentina está, a nivel mundial, como un país que lleva casi 20 años de atraso. Así, en materia de comunicaciones, y sólo para tomar uno de los tantos ejemplos que hay al por mayor, somos uno de los países con más baja velocidad en cuanto a la transferencia de datos por internet. Y esto si que “no es magia”. Es una realidad que la vemos a diario. Pagamos cifras exorbitantes por un abono a cualquiera de las tres o cuatro empresas que hay en el mercado, para que no tengamos señal en todo el territorio de la república, sino en unos cuantos sectores bien delimitados. Y esto es habernos quedado en el tiempo, no haber hecho las inversiones necesarias en el momento necesario. Lo mismo sucede con nuestras rutas y autopistas: cualquiera que circule por ellas, se podrá dar una acabada cuenta de lo que estoy tratando de graficar. Rutas y autopistas en pésimo estado, dónde, diariamente, se producen accidentes, muchos de ellos con víctimas fatales, pero con costos de peajes que son equiparables a las más modernas y seguras que existen en los países del primer mundo.


Lo señalado anteriormente no es obra de este gobierno y, ni siquiera, se puede solucionar con tan solo dos años de gestión, cuando durante los 12 años anteriores se hizo todo lo posible, y hasta lo que solamente pueden hacer quienes demuestran desden y desprecio por sus semejantes, para que este estado de cosas se naturalice de tal manera, que, hoy por hoy, damos las gracias por llegar sanos y salvos al destino que deseamos, aunque hayamos tenido que transitar por las denominadas “rutas de la muerte”, o somos dichosos de haber podido comunicarnos sin que el bendito celular nos diga que nos encontramos en un área sin servicio disponible.


Hemos dejado de pensar en la Argentina posible, para centrar nuestra mente en el país “emparchado, roto y remendado” en el que vivimos, y que pagamos como si se tratase de la más avanzada de las naciones del planeta.


Y volvemos a echarle la culpa de todos los males al gobierno de turno, como si no fueran males que debieron tener un gran desarrollo anterior, como si, de repente, a un señor con muy malas intenciones se le hubiera ocurrido arruinarnos la vida de un momento para otro.


Es hora de dejar de engañarnos a nosotros mismos y al mundo entero. Somos lo que somos porque tenemos años de haber hecho todo mal, tanto por acción como por omisión. Somos lo que somos por habernos conformado con las sobras, con ese famoso número artístico inventado hace casi dos mil años por los romanos que se llamó “pan y circo”. En definitiva, somos lo que somos, por siempre estamos justificando nuestras indisposiciones por lo último que ingerimos, sin la suficiente capacidad como para hacer una autocrítica y reconocer que quisimos, en muchas oportunidades de nuestra historia, “cagar más alto que el culo”, y eso, literal y prácticamente, es imposible.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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