¿CÓMO SERÍA VIVIR EN UN PAÍS NORMAL?

La Argentina y sus "anormales" realidades
EN LA VEREDA

A veces me pregunto cómo sería vivir en un país normal. Normal en el sentido de que el conjunto de la sociedad esté comprometido con temas fundamentales como la salud, la educación, la seguridad, la justicia, el bienestar general de toda la población. Normal más allá de las lógicas discusiones y de las diferentes opiniones, ideas y maneras de pensar que existen en cualquier tipo de comunidad de personas. Normal en la voluntad mayoritaria de “empujar el carro” hacia el mismo lado. Normal en la tranquilidad de saber que quienes opten por delinquir, por estar al margen de la ley, a la larga o a la corta van a estar tras las rejas de algún presido, mientras que los ciudadanos honestos, los que se apegan al cumplimiento de las normas que rigen la vida en sociedad, puedan gozar de la libertad para circular por las calles sin temor; puedan disfrutar de la tranquilidad de sus hogares sin encerrarse bajo “siete llaves”.


Porque, en definitiva, “normal” es un adjetivo, es decir una característica que tienen las cosas, las personas y, también, las sociedades organizadas en Estados soberanos. Normal es todo aquello ajustado a preceptos habituales o corrientes, previamente determinados como parámetros, que cuentan con la aquiescencia mayoritaria del entramado social, según espacio, tiempo y lugar. De este modo, aquello que resultaba normal hace dos siglos atrás, como por ejemplo la esclavitud, hoy se torna absolutamente “anormal”, puesto que los conceptos de libertad e igualdad entre los hombres han evolucionado en proporción a la misma evolución de las ciencias que estudian las conductas humanas. Asimismo, lo que hasta hace no muchos años, tan sólo retrotrayéndonos hacia mediados del siglo pasado, constituía algo común en cualquier barrio de cualquier ciudad argentina, como podría ser el que un vecino se sentara en la vereda de su casa para tomar el fresco de la tarde, hoy en día constituye un verdadero acto “temerario”, debido a que la normalidad de la vida tranquila de aquél entonces, la seguridad de que no iba a ser víctima del ataque de ningún delincuente, hoy se trastocó con una nueva normalidad, muy “anormal” por cierto, que está indicando que lo más probable es que sea blanco del accionar delictivo de esa inseguridad cotidiana que en el país parece no tener límite alguno.


Los argentinos supimos hacer gala de contar con un sistema sanitario y educativo que eran la envidia de muchas de las naciones que hoy están a la vanguardia de esas disciplinas. Lo normal era que las personas acudieran a los hospitales públicos y en ellos atendieran sus dolencias con las mejores herramientas que la Ciencia Médica podía brindar. Lo normal era que los hijos tuvieran mejores oportunidades que los padres, y que la educación les posibilitara un ascenso en la escala social que se tornaba como lo más lógico y coherente. Lo normal era que la justicia se dedicara a sancionar a quienes transgredían las leyes, a separar del resto de la sociedad a los individuos que resultaban peligrosos para ella. Lo normal era que los políticos estuvieran al servicio de la comunidad para representar los intereses del conjunto de los habitantes.


Hoy vemos, con mucha tristeza, que nuestros hospitales se encuentran en un estado calamitoso, que la salud pública no alcanza a cumplir, mínimamente, con las garantías constitucionales que son derechos incondicionales de todo ciudadano argentino, a la vez que constituyen una obligación ineludible del Estado Nacional. Ni que hablar de la educación, que no se acerca, ni por asomo, a los parámetros básicos requeridos por los tiempos actuales, y sin la cual, cualquier esfuerzo que se haga, provenga del sector social que sea, cae en “saco roto”. Otro tanto le cabe a la justicia o, mejor dicho, a los miembros de los Poderes Judiciales Nacionales y Provinciales, que están más abocados a la lucha partidaria que a proveer al cumplimiento, sin ningún tipo de condicionamiento, de las leyes contenidas en nuestro ordenamiento jurídico. Y, en este reconto de áreas fundamentales del Estado que viven una “normalidad” enfrentada decididamente con la realidad, he dejado en último término a nuestros actuales políticos, porque de ellos es mucho lo que hay que decir, en cuanto a su contribución, desde hace algo más de dos décadas, para que los argentinos sintamos vergüenza ante propios y extraños. Dejo en claro que no estoy involucrando en estas palabras a quienes tienen roles en la escena nacional desde diciembre de 2015 hasta la fecha, no por que no existan temas que los puedan comprometer, sino por el hecho de que sólo llevan dos años en el ejercicio de sus funciones y, la anormalidad que sufre el país en ese terreno se remonta, como dije, a más de 20 años atrás. En este sentido, reafirmo lo expresado más arriba: la normalidad de la tarea de un político es estar siempre al servicio de la comunidad; y lo que hemos podido apreciar a lo largo del período que va desde el menemato hasta la finalización de los gobiernos kirchneristas, es una clase política de espaldas a la sociedad que los supo poner en los cargos que ocuparon. Una clase política que se lleno los bolsillos con dineros provenientes de las arcas estatales. Una clase política que tomó la función pública como una empresa de enorme rentabilidad y que, en ese afán por enriquecerse, condujo al 30 por ciento de la población a vivir en la pobreza. Es deleznable lo que estoy relatando, y juro que me produce asco, pero es la realidad que todos podemos ver, porque se ha llegado a un grado de impunidad tal que ya no se oculta nada, sino, todo lo contrario, se hace ostentación de una hijaputez sin precedentes dentro de la Historia Nacional.


Los ejemplos, a nivel social, son siempre de carácter descendente. Vale decir que quien está más arriba da, con sus actos, el ejemplo y éste es tomado por quien se encuentra inmediatamente por debajo, y así hasta llegar a los estratos inferiores, en cuanto a nivel socio económico, de la población.


Esta última acotación va en referencia a una noticia que apareció en el día de ayer, pero que pasó desapercibida, quizá por motivo de la enorme repercusión y difusión que tuvieron los actos y marchas por el Día Internacional de la Mujer. La información cuenta que los médicos de los hospitales públicos de Quebec, en Canadá, rechazaron un aumento en sus sueldos por considerar que ya ganaban lo suficiente y ese dinero debía ser destinado a otras áreas de la salud pública que pudieren necesitarlo. Sinceramente, este tipo de conductas es impensada en una sociedad como la nuestra, habida cuenta que no hemos podido escuchar, desde hace muchísimos años en el país, salvo honrosas excepciones que se cuentan con los dedos de una mano, políticos que rechacen aumentos en sus dietas o salarios. Todo lo contrario, la más de las veces, estos aumentos son desmedidos con respecto a lo que perciben los demás trabajadores, sean del sector que fueren. En una palabra, el ejemplo que baja al resto de la sociedad es diametralmente opuesto al que debería ser.


Raúl Alfonsín nos decía que “con la democracia se come, se cura y se educa”. Ciertamente, ese era un anhelo y un pensamiento de uno de los más grandes políticos que tuvo el país, que creía en un país normal. Pero Argentina hace mucho que se apartó de la normalidad. Entonces, la democracia no alcanza para todo eso. Hace falta retomar una senda, en la que los valores éticos y morales vuelvan a ser prioridad para todos y cada uno de los que vivimos en esta tierra. Ahí sí volverá a cobrar vigor, en toda su extensión, la frase pronunciada por el “padre” de la restaurada, aunque muy imperfecta, democracia argentina.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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