La paradójica xenofobia de los hijos de emigrantes

OPINIÓN Por
Para todos los hombres del mundo (parte 2)
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Los tiempos y el mundo han cambiado, se dice; y es cierto. La Argentina que detentó el récord mundial de población extranjera en 1914 ostenta hoy porcentajes que son un tercio de los de Estados Unidos, un cuarto de los de Canadá, un quinto de los de Nueva Zelandia y Australia, y la mitad de los países ricos de Europa; para hablar solamente de los que compartieron con ella el top-ten mundial de nuestro momento de gloria.

La caída de la población extranjera en nuestro país (29.9%, 15.3%, 13%, 9.5%, 6.8%, 5% y 4.2%, en los sucesivos censos) ha coincidido con la curva de nuestra decadencia y, contrariando al relato elitista de la invasión y al relato populista de la Patria Grande, ha variado muy poco entre 2001 y 2011: de 4.2% a 4.7%; una ínfima minoría. Pero las cifras no interesan a elitistas ni populistas, sino sus sensaciones y percepciones. Así que acá va un dato fácil de percibir: diez países albergan a mitad de los inmigrantes del mundo, y a pesar de que la mayoría de ellos ha duplicado su número de inmigrantes durante el último cuarto de siglo (entre ellos: los Estados Unidos, Alemania, Inglaterra y Canadá), no les ha ido tan mal, después de todo (la lista se completa con Rusia, Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Francia, Australia y España). La conclusión es clara: los tiempos han cambiado, y la Argentina ha ido en la dirección opuesta a esos cambios. El mundo se ha globalizado y nosotros nos hemos cerrado al comercio y a la inmigración. El mundo ha progresado y nosotros hemos caído en la decadencia. ¿Simple coincidencia?

Mis abuelos vinieron a trabajar, no a cobrar planes, se sostiene; y también es cierto. Tan cierto como que en la Argentina de entonces no había planes, sino trabajo; y para sobrevivir y progresar los emigrantes de entonces hicieron lo mismo que los argentinos de entonces: trabajar duro. Y bien, los emigrantes de hoy también hacen lo mismo que los argentinos de hoy: trabajar, si pueden, y si no, recurrir a los planes. Algunos pocos, la minoría, delinquen. ¿Vagos? Contrariando a lo instalado por el discurso xenófobo, entre la inmigración sudamericana en Argentina el porcentaje de personas ocupadas es cinco puntos más alto que entre los nativos. ¿Delincuentes? Sólo el 6% de los presos en nuestro país son extranjeros. La diferencia con la población extranjera que reside en el país es mínima, y si se corrige la cifra considerando que casi todos ellos pertenecen al tercio menos rico de la población de la que sale la mayoría de los presos, la conclusión es fuerte: los extranjeros son el 5% de la población nacional pero el 15% del tercio más pobre. Por lo tanto, para el mismo sector social, su índice de delincuencia es menos de la mitad que entre los argentinos.


La presencia de extranjeros es alta y desproporcionada, en cambio, en sectores políticos marginales como los que protagonizaron los ataques golpistas al Congreso de diciembre de 2017. Trece de los quince heridos atendidos por el Hospital Ramos Mejía provenían de países limítrofes, y para ellos solo cabe la aplicación estricta de la ley, que prevé juicio y -eventualmente- cárcel y expulsión del país. Pero aún en este caso es bueno analizar el tema en la óptica de "mis abuelos vinieron a trabajar". Es cierto, los emigrantes de entonces vinieron a trabajar, pero no todos. Severino Di Giovanni, por ejemplo, había nacido en Chieti y emigrado a la Argentina como miles de anarquistas italianos y españoles. No vino -no vinieron- a trabajar sino escapando de la persecución policial y para seguir militando aquí su credo de violencia política. Entre las hazañas de Di Giovanni se cuentan varios ataques armados contra policías, una bomba en la embajada estadounidense, otra en el City Bank y otra en el Consulado italiano, en donde murieron siete personas. "Sepa el comercio, la industria, la banca, los terratenientes y hacendados, que sus vidas y posesiones serán quemadas y destruidas", escribió poco antes de ser fusilado, en 1931.

Di Giovanni no fue una figura única ni aislada: la presencia de extranjeros en organizaciones políticas que empleaban la violencia era masiva y fue enfrentada con destacables métodos legales y vergonzosos métodos ilegales. Pero la pregunta se hace sola: ¿qué no se diría hoy si un boliviano hiciera lo que hizo Di Giovanni? ¿Qué, si hubiera grupos anarquistas paraguayos como entonces los había de italianos? ¿Y qué diferencia hay entre las organizaciones delictivas asociadas hoy a la inmigración latinoamericana y la exportación de mafias que en todas partes originó la emigración italiana? La existencia de versiones locales de la Cosa Nostra, ¿debería haber sido un motivo para impedir la entrada al país de los italianos? ¿Acaso habría que haber echado a todos los que entraron, junto con sus hijos y sus familias?


La mayoría de los tanos y gallegos que emigraron al país vinieron a trabajar, pero los argentinos que ya estaban aquí decían de ellos las peores cosas: vagos, brutos, sucios, incapaces; despreciable escoria parda que en nada se parecía a la emigración soñada. ¿Les suena? "Los italianos son unos bachichas, palurdos, ignorantes", sostuvo Sarmiento. Y luego: "¡Fuera esa raza, los judíos! ¿O no tenemos derecho de hacer salir del país a estos gitanos bohemios que han hecho del mundo su patria?". De los españoles se encargaría Alberdi: "No realizaríais la república, ciertamente, con cuatro millones de españoles peninsulares, porque el español puro es incapaz de realizarla allá o acá". De los vascos y los negros habló Borges: "Yo no entiendo cómo alguien puede sentirse orgulloso de ser vasco… Los vascos me parecen más inservibles que los negros, y fíjese que los negros no han servido para otra cosa que para ser esclavos". Cito solo las afirmaciones de figuras argentinas admirables por otras razones y no la basura intelectual emanada por miles de mediocres que veían en los "tanos" y "gallegos" una amenaza para la seguridad y la integridad de la Argentina… como muchos de sus descendientes ven hoy a los inmigrantes latinoamericanos.

No hay suficiente trabajo ni recursos para todos, se afirma, también con razón. Pero la cantidad de puestos de trabajo de un país no es fija, sino que depende de su población. De otra manera, las divergencias en las tasas de desempleo serían enormes. Salvando diferencias nacionales que nada tiene que ver con cuestiones migratorias, a mayor población corresponde una mayor cantidad de puestos de trabajo. Y es que un emigrante no solo ocupa un puesto sino que él y su familia agrandan el mercado nacional y aportan impuestos, con lo que aumentan el empleo y mejoran el financiamiento del Estado. No hay prueba de que entre ellos la evasión sea mayor que en la población local si se exceptúa la informalidad laboral, que no depende del emigrante sino de sus patrones y es mucho más alta que para los nacionales (la mitad, contra un tercio). En cambio, sí hay pruebas de que la proporción de extranjeros es muy alta en los puestos de trabajo más duros, como la construcción y el servicio doméstico, rechazados por muchos argentinos que viven de planes. Por otra parte, al estar la mayor cantidad de los emigrantes en edad laboral (71.4 % entre 15 y 64 años) ayudan mantener el "bono demográfico", elevando el número de trabajadores activos respecto a los pensionados y jubilados que dependen de sus aportes.

En cuanto a los gastos que los extranjeros originan en sanidad y educación: no hay cifras confiables acerca del gasto en salud, pero aún el valor más alarmista -10% del presupuesto, según una reciente editorial de La Nación- se mantiene dentro de límites razonables respecto al porcentaje (5%) de extranjeros residentes en el país. Aún más, si se considera que casi todos ellos pertenecen al tercio más pobre de la población, que es la que utiliza el hospital público, el gasto que ocasiona cada uno de ellos es netamente menor que el de los argentinos en su misma situación social. También mis abuelos, y los de muchos que hoy se quejan amargamente, llegaron a un país al cual no habían contribuido con sus impuestos y se atendieron en los hospitales que habían pagado los que estaban aquí, y sus hijos estudiaron en sus escuelas. Y no fue el fin del mundo sino el comienzo de otra epopeya argentina: la del ascenso educativo y social regido por la idea de "M´hijo el dotor". Que se repita con los inmigrantes de hoy depende menos de ellos que de la capacidad que tengamos los argentinos para cambiar el estado de cosas que nos infligimos por décadas con nuestras demenciales decisiones políticas.

Lo sé. Los "tours sanitarios". La expresión invoca en muchos la idea de un micro recién llegado de Asunción y estacionado en la puerta del Hospital Durand, lleno de embarazadas listas a parir y de pacientes prontos a colocarse un marcapasos. Pero la imagen no se corresponde con la realidad sino, acaso, con casos aislados que merecen ser sancionados. Pero hay más. A mí la expresión "tours sanitario" no me recuerda al famoso micro sino a "Lina", la empleada doméstica paraguaya que una vez por semana ayuda en la limpieza de mi casa. Al padre de Lina, más precisamente, tres hijos allá y tres acá (todos trabajadores y ningún planero) y con una afección coronaria a la que el sistema sanitario paraguayo no le encontró la vuelta. El "tour sanitario" era una opción, que para evitar el riesgo del traslado decidieron no utilizar. El padre de Lina falleció hace un par de meses, en plenas fiestas.

Pregunto: ¿un ser humano que recorre miles de kilómetros para atenderse en la devastada sanidad argentina puede ser considerado un aprovechador? ¿Podemos dedicar a su atención algunas monedas de los dos mil millones de dólares que nos ahorramos ahora por año disminuyendo los costos de la obra pública; es decir: de los miles de millones que arrojábamos al pozo ciego de la corrupción cada año votando a los que votamos? ¿De veras alguien cree que si se exigiera la residencia definitiva a los pacientes mejoraría en algo la atención de los argentinos? Y, lo más importante, ¿qué se debe hacer si no la tienen? ¿Denegar la atención, como proponen muchos de los hijos y nietos de los que gozaron de ella, o atenderlos y exigir después el reintegro al país de origen, como la más elemental idea de solidaridad humana supone?

No sé ustedes, pero si se controlan los abusos acepto gustoso destinar una parte de los impuestos que pago a financiar un país dispuesto a curar a emigrantes recientes y tours sanitarios de pobres que de otra manera quedarían a merced de sistemas sanitarios aún peores que el nuestro. Es una de las pocas ocasiones de orgullo que me otorga la identidad nacional desde que la Selección no gana un campeonato. Y apuesto a que nos sale más barata.

Fuente: Infobae

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