ABORTO: ¿SE JUSTIFICA POSTERGAR SU TRATAMIENTO?

Como sostuvo el Presidente de la Nación, se debe dar un debate "maduro y responsable" sobre tan delicado tema
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Cuando somos chicos, peleamos por cualquier cosa. Nuestro mejor amigo pasa, de un momento a otro, a ser nuestro peor enemigo, y con igual rapidez volvemos a jugar con él como si nada hubiera sucedido, porque, como todos sabemos, los pleitos entre niños son parte inseparable de los juegos y del aprendizaje que todo ser humano tiene que hacer para ir formando su carácter.


En la etapa de la adolescencia, las riñas suelen ser más ásperas y violentas, pero también traen consigo aprendizajes imprescindibles para encarar la próxima parte de la vida.


Ciertamente, no existe ser humano que pueda decir que ha formado su carácter y ha adquirido sensatez y sabiduría de pensamiento si su vida fue un “lecho de rosas” en la que jamás fue rozado por alguna espina. La vida se le presenta al hombre con obstáculos, porque es la manera en que su mente se pone en funcionamiento y adquiere capacidad de decisión. Lo que alguna vez nos pareció que era un problema insalvable, hoy no resulta algo risorio, aunque en su momento nos haya causado una enorme angustia. Es que crecimos en edad y en experiencias, y ese crecimiento nos ha permitido obtener una firmeza de carácter como para afrontar los problemas de la adultez, que no por ser problemas de personas mayores pasan a ser más importantes y complejos que los de nuestros primeros años de vida, sino que son los que ya no podemos tomarnos como un juego, porque, muchas veces, con ellos nos va nuestra propia vida y el bienestar y la vida de los que amamos.


Es así que, al igual que sucede con los demás miembros del reino animal, al hombre, a tempanas edades de su vida, se le van presentando una serie de desafíos a resolver, entre ellos los problemas y diferencias con sus congéneres, que le sirven de entrenamiento para lo que le espera en lo que va a constituir el resto de su existencia.


Es por ello que los seres humanos no nacemos siendo maduros, tanto física, psíquica como emocionalmente. Las experiencias que recogemos en los primeros años de nuestra existencia nos preparan para afrontar las dos etapas más fructíferas y largas de vida: la adultez y la vejez. Sin esa experiencia, sin la educación y aprendizaje que configuran las innumerables frustraciones con las que tenemos que lidiar, y superar, durante la niñez, adolescencia y primera juventud, estaríamos incapacitados para afrontar las situaciones más delicadas e importantes que, ya como hombres adultos, de seguro se nos presentarán, resolviéndolas de la manera más conveniente y satisfactoria posible, como modo ineludible para completar el ciclo que comienza cuando damos la primera bocanada de aire y termina con nuestro último suspiro. En definitiva, esto no es más que el ciclo completo de la vida, que tiene un principio y un final en todos los seres que habitamos este mundo.


Las sociedades, en verdad, no son otra cosa que el conjunto de seres que la conforman y, por tanto, no pueden ser distintas, en su desarrollo, al de las personas que en ellas conviven.


De esta manera, hoy podemos encontrar en las más disímiles regiones del planeta, sociedades que están transitando alguna de las mismas etapas por las que tiene, obligatoriamente, que transitar el ser humano. Así, tenemos aquellas de reciente formación que, como niños, hacen un mundo por algo casi sin importancia. También están las que se comportan como adolescentes, con el carácter cambiante, de un momento a otro, sin aviso previo, fruto de las mismas transformaciones que esa edad supone para el ser humano. Finalmente, pasando por las sociedades jóvenes, llegamos a las adultas, en las que se ha adquirido la experiencia suficiente como para tratar los temas más importantes que hacen a la vida de sus miembros de una manera mucho más precisa, con convicciones basadas en todo el bagaje educativo que llevan a cuestas, y con la firmeza de carácter y la templanza de temperamento necesarios como para reconocer que ideas y convicciones no son temas absolutos sino que existen tantos y con variedad y diversidad proporcional al número de sujetos que la componen.


En el discurso pronunciado ayer por el Presidente de la Nación, Mauricio Macri, en ocasión de la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, se refirió a muchos temas que tienen que ver, algunos, con la actual coyuntura por la que atraviesa el país, y otros, que no necesariamente son de urgente tratamiento, pero que hacen al natural desarrollo y crecimiento de nuestra sociedad.


Puntualmente, el Primer Mandatario hizo alusión al tema de la despenalización del aborto, un asunto, ríspido si los hay, que no va a mejorar el bolsillo de la población, ni supone una medida trascendente en el tema de la inseguridad ciudadana de todos los días, y, ni siquiera, se lo puede relacionar con la inestabilidad laboral, la creación de fuentes de trabajo o la atracción de capitales extranjeros, que, hoy por hoy, son los que más preocupan al grueso de nuestra población. No, el tema del aborto y su despenalización hace a una mejora en un ítem puntual y bien definido de nuestra calidad de vida, y esto es lo que cualquier sociedad moderna desea y ve como meta para los que la componen.


Por ello, Mauricio Macri le dijo a los legisladores, y a todos los habitantes de la Nación, que no se trata de lo que él piense con respecto a la interrupción del embarazo, sino que se trata de abordar este tipo de cuestiones de manera adulta. Vale decir, no esquivar, por problemático, el tratamiento de una cuestión, sino debatirlo para tratar de llegar a los necesarios consensos que tengan en cuenta las diferentes posturas y conformen a la más grande cantidad de voluntades.


Como es lógico, la interrupción del embarazo por medio del aborto no espontáneo, es decir el aborto producido por medios mecánicos a voluntad de la misma embarazada, contempla, para su discusión, aspectos tan variados como la moralidad, la ética, lo religioso y hasta las costumbres más arraigas dentro de la sociedad, aunque también debe estar, fundamentalmente, aquellas aristas que hacen a la mejora de la salud pública de la población, lo que se corresponde con una de las obligaciones indelegables del Estado Nacional, ya que la misma es una garantía consagrada en nuestra Carta Magna.


Es así que, en lo que hace a la discusión que el Ejecutivo propuso, discusión ratificada por el Presidente de la Nación en el discurso de ayer, al que ya hice referencia, no se trata aquí de una cuestión de índole política, aunque, siendo honesto con la mi manera de interpretar la realidad política actual de la Argentina, debo decir que de seguro va a tallar ese aspecto de manera más que importante. Pero, fundamentalmente, se trata de una discusión sobre la sociedad en la que queremos vivir y los cambios que le debemos hacer ahora, cambios que repercutirán en las vidas de las generaciones venideras.


Finalmente, es de destacar la valentía de nuestro Primer Mandatario, “habilitando”, por tomar el término que han reproducido la mayoría de los medios de comunicación, la apertura de un debate sobre un tema que es contrario a sus propias convicciones, pero que representa un reclamo de un importante sector de la sociedad, y, en virtud de ello, la madurez y adultez que los argentinos creemos que ya tenemos, obliga a enfrentarlo para encontrar la solución que se adapte mejor a nuestra idiosincrasia, a nuestras particulares costumbres sociales y, fundamentalmente, a la realidad de los tiempos que hoy nos toca transitar.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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