VULNERABILIDAD EXTREMA Y AUSENCIA DE PLAN B

EDITORIAL Por
Pidiendo prestado adentro y afuera, el gobierno apuesta a sostener su política económica. Vivir con lo nuestro como proponía Aldo Ferrer, puede ser sacrificado; vivir con lo ajeno, como sucede ahora, es jugar a la ruleta rusa
MACRI DEUDA

Isaias Abrutzky Isaías ABRUZTKY / Especial para R24N

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Rogelio Julio Frigerio, que fuera el líder del Desarrollismo argentino, puso siempre mucho énfasis en establecer la diferencia entre crecimiento y desarrollo.Asimismo mantuvo en primer plano el concepto de integración. Por algo su movimiento se denominó MID, Movimiento de Integración y Desarrollo.

Los países desarrollados llegaron al punto en el que están porque se integraron. Los Estados Unidos son una potencia industrial y también una potencia agrícola. Están integrados de tal manera que no solamente no dependen de lo que ocurra en otros estados sino que imponen a éstos sus intereses.

Hoy Argentina va a contramano de las estrategias que llevaron al triunfo a esos países, y se pliega a la receta de las ventajas comparativas, que propugna que las naciones no se integren, sino que se dediquen solamente a aquella parte de la economía para la cual presentan las condiciones más favorables.

La filosofía puesta actualmente en vigencia es la que nos dice que dado que tenemos un territorio extenso, llano y fértil, debemos concentrarnos en producir aquello que podemos poner en el mercado mundial a precio competitivo, principalmente granos y carne. Y, por cierto, aprovechar las riquezas minerales del subsuelo, generoso en petróleo y gas, litio y uranio, entre otros recursos.

Lo que nuestros actuales gobernantes nos están diciendo -respondiendo a los intereses de los poderosos del mundo y a los de los negocios personales que poseen o de los que son representantes- es que aceptemos la dependencia. Que no nos esforcemos en producir bienes industriales en los que no somos eficientes ni tenemos un mercado local de la escala apropiada, sino que los importemos de los países en los que se producen masivamente y a bajo precio. No hace falta ocuparnos de esos productos, aseguran, ya que las exportaciones de bienes primarios, con poco o ningún valor agregado, pondrán en nuestra billetera lo necesario para comprar afuera lo que necesitamos.

Así se vivía, de lujo, en la Argentina del centenario. Cueros, carne, granos, tanino, quebracho, daban para los lujos de una clase acomodada, de hacendados, banqueros y operadores de comercio exterior. Más allá de Buenos Aires, en las pampas y los obrajes, una gran masa de argentinos vivía en una economía de supervivencia. Pero el alimento no faltaba. En las carnicerías de pueblo el hígado y el mondongo se regalaban; las patas de la vaca, con las que hacían exquisitas sopas o gelatinas, también. En las ciudades mas grandes, las menudencias se vendían por monedas. Cada uno, en su clase social, estaba mas o menos acomodado y contento.

Ese país de diez millones de argentinos e inmigrantes, en las que había cinco o seis vacas por habitante, ya no es posible en la actualidad, pese a los grandes avances en rendimiento agrícola y manejo del ganado. En aquella época las necesidades de la gente pobre se limitaban a poco más que comida, el vestido y la vivienda. Y para eso alcanzaba. Hoy ya no.

Aún contando con un respetable parque industrial, con empresas que prosperaron y cuya actividad abarca casi todos los campos fabriles, el país debió dedicar más y más tierras a los cultivos, principalmente la soja, un grano que prácticamente no consumimos, para poder pagar las importaciones.

Lo mejor del suelo patrio fue sacrificado en el altar de los teléfonos celulares y las play stations, entre otros productos electrónicos. Y vale la palabra sacrificio, porque bien o mal manejada, esta planta es nociva para el suelo y favorece la desertificación.

El freno al desarrollo de las malezas con el maldito glifosato, derivado del “agente naranja”, defoliante usado por las fuerzas estadounidenses en su combate contra los vietnamitas, contaminó todo el territorio nacional -incluido el interior de las grandes ciudades- y genera un inocultable avance del cáncer.

Y hay que sumar a lo anterior la destrucción de áreas boscosas a fin de tornarlas aptas para cultivar soja, que disminuye la absorción del agua de lluvia en la superficie y está causando tremendas inundaciones en varias provincias.

En los días que corren, la Argentina, bárbaramente endeudada y con una balanza de comercio exterior batiendo records negativos, presenta una inédita vulnerabilidad a lo que ocurra fuera de nuestras fronteras. El valor del dólar con respecto a otras monedas y la evolución de las tasas de interés por la FED -el banco central de los Estados Unidos- desvelan a los integrantes del equipo económico. Ni hablar de si se desata una crisis financiera internacional.

¿Logrará el gobierno sortear los desequilibrios en que sumió a la economía (balanza comercial deficitaria en ocho mil millones de dólares anuales, déficit fiscal total de aproximadamente 40 mil millones de dólares, inflación que no cede y empleo que se reduce en los sectores más productivos) sin sacudones?

Pasó casi disimuladamente el que un diputado PRO de prestigio, como el Dr Eduardo Conesa, jurista y economista, a fines de 2016 se expidiera en sentido contrario a la política económica de su partido. El portal La Política Online publicó en ese momento un artículo según el cual Conesa propuso reinstaurar las retenciones al campo, en el orden del 20% y devaluar el peso en 50%, llevando el dólar a 26 pesos.

“No hay plan B” supo decir el presidente. Sería otro entonces a quien eventualmente le tocara anunciar drásticas devaluaciones, instaurar, con nuevo número, la Resolución 125 y explicarle al pueblo que se dispuso un nuevo corralito, y que eso no es tan malo como parece.

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