EL MUNDO AL QUE NOS ABRIMOS

EDITORIAL Por
Tal como muchos remedios, el de Cambiemos llegó endulzado por una cobertura, en este caso de atractivas palabras. Pero igualmente el núcleo es muy amargo, y, para colmo, contraindicado
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Isaias Abrutzky Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N

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Cambiemos llegó al poder fundamentalmente gracias a su capacidad de mercadeo, contando con el apoyo de la mayoría de los grandes medios de comunicación.

Lo hizo a través de dos flancos: por un lado demoliendo la imagen de Cristina Kirchner y sus funcionarios; por el otro con el recurso de eslóganes que pintaban un mundo feliz.

El poder real consiguió construir estereotipos que terminaron imponiendo a sus candidatos. No por gran margen, hay que reconocerlo, pero el suficiente para lo que le hacía falta: tomar el control del Estado y volcar a los tres poderes constitucionales casi enteramente hacia sus designios.

Del mismo modo que tradicionalmente se implantó en las mentes de los argentinos la idea de que las Fuerzas Armadas estaban por encima de las restantes instituciones nacionales (y así llegamos a la locura de la guerra de Malvinas), de que éramos -y debíamos ser por siempre- “el granero del mundo” y que los productos de la industria argentina eran “flor de ceibo”, se establecieron remozadas concepciones en el imaginario popular.

Una de ellas es que el país necesitaba “abrirse al mundo”. Pocos se preguntaron por qué y para qué. Ni siquiera se cuestionó qué significaba en realidad esa propuesta.

Hoy comienza a hacerse claro, por lo menos, a qué mundo querían que nos abriésemos, y qué está significando eso para nuestra ciudadanía.

Ese mundo es el mundo de la desigualdad, de la concentración de la mitad de la riqueza global en menos de un centenar de manos. El mundo del trabajo esclavo, que solamente se diferencia de aquél del siglo XVII o XVIII en que los esclavos tienen un teléfono celular inteligente y los amos no necesitan darles de comer, porque si se mueren vendrán otros rápidamente a reemplazarlos.

Antes, el esclavo era un capital; como tal había que cuidarlo, y su reemplazo costaba dinero. Actualmente ya no es necesario, porque hay muchos desocupados que se atropellarán para conseguir el puesto vacante.

Ese mundo al que ingresaron, por ejemplo, China, Corea del Sur o Singapur, en el que las empresas tienen que enrejar las salidas al exterior de los pisos superiores para evitar que los trabajadores se suiciden saltando al vacío.

El mundo donde el salario no es aquello que incluye al trabajador, que construye y refuerza su dignidad, que impulsa al mercado interno y con él al crecimiento y al desarrollo.

No, es el mundo en el que ha que reducir costos y “el salario es un costo mas”, el mundo en el que “si necesario hay que trabajar sábados y domingos” (dicho por el presidente que más vacaciones se tomó en la historia), el mundo en el que “un empleado medio, con un salario medio, tiene que entender que no puede tener un celular e irse de vacaciones”, como dijo González Fraga.

Industria argentina las pelotas

YPF se promociona ofreciendo a sus clientes pelotas de fútbol. No las regala sino que es necesario comprar un servicio de la empresa y/o pagar una suma en efectivo. Y que se presenta como obsequio cuando en realidad se trata de un jugoso negocio para la compañía y seguramente también para algunos gestores oficiales u oficiosos.

La ciudad cordobesa de Bell Ville ostenta el título de Capital Nacional de la Pelota de Fútbol. La campaña publicitaria de YPF es muy importante, y está apoyada por videos sumamente imaginativos, que se repiten constantemente. Para atender la demanda que se genera con esos y otros anuncios, la empresa adquirió cientos de miles de pelotas.

Según informó a la prensa el dueño de una de las fábricas de Bell Ville, ellas se pagaron en China a razón de 70 pesos por unidad.

Las empresarios cordobeses no pueden ofrecerlas a menos de 220 pesos, porque el precio total de Oriente es lo que ellos deben pagar por un sólo ítem: la mano de obra de costura que reciben sus operarias, no empleadas sino trabajando a destajo, seguramente como monotributistas.

Pero los dueños de esas compañías pidieron a YPF que les asigne una fracción de la compra al precio al que podían llegar, alegando que de ese modo conservaban la fuente de trabajo, con ese pequeño porcentaje más caro incidiendo escasamente en el costo unitario de la pelota.

No fueron escuchados.

En resumen, no nos estamos abriendo a la riqueza cultural ni material del mundo. Nos estamos abriendo, tristemente, a la miseria y al conflicto que progresan en un planeta que marcha hacia su destrucción.

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