Cristina cosecha su siembra: pocos leales y con menos lealtad que nunca

OPINIÓN Por
Ahora está cada vez más sola, repudiada por sus antiguos camaradas y rodeada por incondicionales que no se sabe exactamente de dónde provienen.
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Mucho se ha escrito sobre la soledad del poder. Tomar decisiones, especialmente del tipo que pueden marcar un antes o un después en las vidas de las personas, es un momento de especial introspección en un hombre público. Aunque siempre se pueda consultar a los de mayor confianza o verificar en laboratorio las posibles consecuencias, el hecho de decidir sugiere la exteriorización de convicciones o temores íntimos, imposibles de ser compartidos con otros y que a menudo entraña grandes riesgos políticos.
Este tipo de soledades se encuentran vinculadas a los estadistas, a aquéllos que deben guiar a sus pueblos a través de circunstancias especiales o forjar el destino de grandeza de una nación. Algunos puedan que sufran de este aislamiento, otros hasta quizá la disfruten (el caso de Carlos Menem fue paradigmático), pero el asunto es inmanente a la condición de un gobernante. Siempre se es libre de hacerle fintas o ignorar por un tiempo al imperativo, pero el momento de decidir sin más ayuda que la propia conciencia o los intereses circunstanciales siempre llega. Hic et nunc.
Es considerablemente menos conocida la soledad de quién ha perdido el poder. En cierta forma es inevitable que alguien que haya ejercido altas dignidades comience a perder el aura que lo rodeaba una vez abandonadas. Esto entraña –y no hace falta ser demasiado perspicaz para adivinarlo–olvidos paulatinos y lejanías crecientes de parte de allegados que, tiempo atrás, hacían un culto a su infalibilidad. Es un fenómeno por demás natural y propio de cualquier sistema que suponga la alternancia política.
Pero hay declives y declives. Algunos son suaves y alientan la esperanza del regreso cuando las circunstancias sean favorables. Pero otros son abruptos, como la caída en una montaña rusa aparentemente infinita. En este caso, la soledad de tener cada vez menos influencia se siente como una entidad opresiva y crecientemente ominosa. Quién se encuentra en esta posición lamenta comprobar que la clase de soledad que se le endilga tradicionalmente al Poder es un verdadero cuento de hadas en comparación de este tipo de aislamiento.
Este parece ser el caso de Cristina Fernández. Menos de dos años atrás era adulada y temida. Ahora es objeto de rencores y de un creciente desprecio de referentes que solían atribuirle condiciones políticas casi sobrehumanas. Muchos sospechaban que esto inexorablemente sucedería, habida cuenta la larga cadena de agravios que tanto ella como su difunto esposo propinaron con tanta generosis, pero la velocidad con que sucediendo esta decadencia es decididamente sorprendente.
Julio de Vido fue el primero de los grandes jerarcas del kirchnerismo en confesar públicamente su desengaño. Lo hizo desde la cárcel a través de una carta abierta, quejándose por haber sido abandonado a su suerte por el bloque del Frente para la Victoria en la Cámara de Diputados. Detrás de aquella deserción creyó ver la mano de la expresidente, dispuesta precisamente a soltar la suya.
La hiel del otrora poderoso ministro dejó al desnudo que le ecosistema K le teme como el más cobarde a los sospechados de corrupción dentro su propio espacio. Ni Cristina ni sus más directos allegados (un colectivo decididamente menguante) dijeron gran cosa a favor de De Vido. Por el contrario y en lo inmediato, decidieron que lo más saludable era alejarse tanto como pudieran de la leprosería de Ezeiza, como si nunca hubieran tenido nada que ver con aquellos apestados. Desde aquella épica de los ’70 que supieron profesar en el poder a esta traición de ribetes barriales, la desbandada kirchnerista parece estar más orientada a conseguir un bote en el Titanic que socorrer a sus compañeros caídos en desgracia.
La sensación de desbande no es privativa del más renombrado prisionero Nac & Pop. Algunos que gozan de libertad (aunque no puedan jurar que habrán de hacerlo por mucho tiempo más) comienzan a advertir que se encuentran fuera de cualquier red de contención política. Uno de ellos es Aníbal Fernández, alguien lo suficientemente lúcido para comprender que nadie debería mirar hacia Cristina en búsqueda de respaldo.
No es sorpresa, por lo tanto, que ayer haya dedicado a la senadora electa una carta al mejor estilo De Vido, de aquéllas que prometen reverdecer el género epistolar. Entre otras cosas, se ataja diciendo que “puede ser que la Lealtad ya no ‘garpe’ electoralmente, pero (citando a Perón) hay dos clases de lealtades: la que nace del corazón que es la que más vale y la de los que son leales cuando no les conviene ser desleales. Hoy hay leales que están presos por leales”. Es una queja poderosa, en clave de retruécano.
El exjefe de Gabinete se lamenta de los que quieren inventar una nueva Cristina que hizo tantas cosas aparentemente en soledad, limpiando el horizonte de “dirigentes estigmatizados”, de aquéllos que se “han roto el alma en nombre del Proyecto” y pidiéndoles que “no vayan a los actos” o que “no integres las listas”; que, en definitiva, “no juegues”. Argumenta que “no se puede hacer campaña con el culo en la mano. No se puede ser socio de un club que no te quiere como un socio más, aunque pagues rigurosamente la cuota que, además no es barata”.
El gimoteo es el de un tanguero determinista, pero que no por lo inevitable del asunto se resigna a callar sus convicciones. Aníbal sabe, probablemente como el mejor, que muchos de los más fervientes kirchneristas deberían pagar un precio elevado por sus pasadas desmesuras en el gobierno. Es parte de las reglas de juego de cualquier proyecto con pretensiones hegemónicas. Pero no estaba en sus cálculos que su líder máxima recularía de la forma en que lo está haciendo y de una forma tan explícita. Masculla que el hecho que tanto ella como su familia tengan graves problemas judiciales no la exime de un mínimo sentido de la lealtad hacia quienes decidieron jugárselas a fondo por su causa.
Quizá la detención de De Vido lo haya motivado a hablar por sobre cualquier otra consideración. De Vido es un compañero preso; ni con la persecución de la que fue objeto Menem y los suyos había sucedido esto. Boudou es de la UCEDÉ, como lo fue María Julia, pero esto es harina de otro costal. Aníbal sospecha que tal cosa sucede porque, culpa de la miopía de largo plazo de Cristina, el peronismo terminó por detestarla y decidió alejarse de aquellos que, como él o como el exministro de Planificación, decidieron continuar a su lado sin abjurar de su pertenencia al PJ. Ahora están solos, abandonados en una tierra de nadie en que cualquiera puede ser víctima del fuego que se dispara desde los tribunales.
El gran punto es que tampoco la expresidente puede ayudar a nadie aunque quisiera. La oportunidad de hacerlo ya pasó. Ahora está cada vez más sola, repudiada por sus antiguos camaradas y rodeada por incondicionales que no se sabe exactamente de dónde provienen. Pocos leales y con menos lealtad que nunca, es la fórmula de la hora. El kirchnerismo se ha reducido a un matriarcado cada vez más endogámico, completamente aislado de lo más parecido al peronismo que todavía permanecía a su lado. Sin todavía haber asumido como senadora, sus perspectivas políticas de cara al 2019 parecen agostarse sin solución de continuidad. “Cosecharás tu siembra”, podrán escribirle De Vido, Aníbal o cualquier otro en el futuro cercano. No podrán tener más razón.

Fuente: Alfil Diario

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