LO QUE JUAN DICE DE PEDRO DICE MÁS DE JUAN QUE DE PEDRO

"Judio de mierda" le gritaron a Alfredo Leuco cuando fue a recibir su Martín Fierro por su labor en radio. El insulto fue producto del comentario que el galardonado hizo sobre la inestabilidad laboral de los trabajadores de medios de comunicación pertenecientes a empresarios allegados al kirchnerismo
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Tan sólo era cuestión de tiempo para que la “grieta” se viera reflejada en cada uno de los ámbitos de nuestro quehacer cotidiano.

La “grieta” se metió dentro de nuestras casa, mucho antes de que alguien la describiera como tal. No importa quién fue el que primero habló de ella, porque lo único que faltaba era ponerle un nombre a ese malestar que se podía percibir en cualquier actividad social que nos convocara a la charla, al debate acalorado, a esa forma tan particular que tenemos los argentinos de sentir y expresas aquello que nos apasiona y, a la vez, en cierto sentido nos divide.

Claro que hay discusiones, modos de pensar y de ver la realidad, que no implican la negación del que piensa y ve diferente a nosotros. Lamentablemente, también está aquella que no da lugar al disenso, que invalida, mediante la agresión, cualquier intento por achicar las diferencias, por poner esa cuota de empatía tan necesaria para la construcción de un estado de bienestar social que tienda a satisfacer las necesidades de unos y de otros y que, en definitiva, aspire a la realización posible de un fin mucho más altruista y superior que el de cada ciudadano en particular o de un grupo determinado de personas con ideologías afines. Ese fin superior es el que siempre debería regir las acciones de los hombres y mujeres que tienen responsabilidades de gobierno y que, por ende, representan a todos los habitantes de la Nación: a los que adhieren a su proyecto político y a los que no lo hacen. Porque uno de los errores más comunes y que es causa de grandes perjuicios para la sociedad toda, es aquel en el que incurren quienes se creen poseedores y portadores de la “única verdad”, especie de revelación mística, con bastantes ingredientes de un mesianismo alienado y distorsionador de la realidad, aunque declamen a lo cuatro vientos que gobiernan para “todos y todas”.

Existe un viejo dicho popular, adagio o principio de vida y de conducta, que reza: “dime de qué haces alarde y te diré de qué careces”. Y, ya que toqué ese saber tan auténtico del hombre común, me viene a la mente aquel que sentencia: “lo que Juan dice de Pedro, dice más de Juan que de Pedro”.

En este último sentido, y en concordancia con lo encomillado en el párrafo anterior, la fractura que produjo el régimen kirchnerista en el seno de la sociedad argentina, con su modo autoritario de imponer “su verdad”, tuvo un capítulo sobresaliente en la última entrega de los premios Martín Fierro de la Radio. En un recinto aparentemente distendido, en un ambiente en dónde la convocatoria fue la de otorgar un galardón entre “pares”, la “grieta” se hizo presente.

Un premiado que no sube al escenario, pero manda a sus segundos para que lean un mensaje con evidente sabor político y de gran sensibilidad social, como es el incierto futuro por el que discurre hoy en día la estabilidad laboral de gran número de periodistas y comunicadores sociales. En el extremo opuesto, como si se tratase de un cuadrilátero de boxeo, otro premiado que responde a ese mensaje con sólidos argumentos, dando la cara, haciéndose cargo de su respuesta frente a todos los presentes. Y en el fondo, desde la “tribuna”, la voz de otro trabajador de los medios de comunicación que lanza un insulto. Pero este insulto no tiene que ver con la labor profesional de quien tiene el uso de la palabra. No, este insulto es aquel que lo descalifica desde las convicciones religiosas, que se dispara con el fin de degradar a la persona en lo más íntimo de su ser, que intenta menoscabar sus raíces, que denota un odio y un resentimiento más propios, aunque siempre injustificado, de las intolerancias de nuestro pasado como humanidad que de la realidad que se vive en pleno siglo XXI.

A no equivocarse, la “grieta” que el régimen kirchnerista abrió en el seno de nuestra sociedad, no se manifiesta únicamente en el plano de las ideologías políticas. Esta “grieta” también habla de intolerancia social, de miedo a aquello que se muestra distinto, de rechazo a la aceptación del otro como ser humano y como ente pensante, como sujeto con iguales derechos. En definitiva, esta es la “grieta” más peligrosa, porque no se circunscribe a un ámbito del quehacer humano tan específico como la política, entendida ésta como ciencia y no como conducta, sino que abarca todo el amplio espectro de las actividades civiles de los miembros de una sociedad.

Calificar a un orador como “judío de mierda”, cuando el tema de su oratoria nada tiene que ver con asunto religioso alguno, es lanzar un epíteto que sólo puede causar satisfacción a quien lo pronuncia y al grupúsculo de aplaudidores que lo siguen, pero que en nada contrarresta, rebate ni desmiente las afirmaciones de quien estaba siendo galardonado por su labor periodística y que sólo quiso contestar, dar su opinión, hacer público su punto de vista, tan válido como el de cualquier otro, sobre esa problemática que antes se había puesto en la palestra de lo que pretendió ser una fiesta y terminó convirtiéndose en una disputa entre los que están a cada lado de esa infame “grieta”.

En este punto vale hacer una aclaración: quienes agraviaron a Alfredo Leuco, no siempre estuvieron en uno de los extremos políticos, sino que, muy por el contrario, pretendieron posicionarse como una alternativa equidistante en la labor periodística, sin adherir ni rechazar abiertamente esos extremos. Mientras una parte muy importante de los más prestigiosos comunicadores sociales de nuestro país, se jugaban día a día para dar a conocer lo que acontecía de verdad con ese invento de lo que se dio en llamar la “década ganada”, enfrentando presiones enormes y caminando siempre por la “cuerda floja” que imponía una pauta publicitaria oficial que se distribuía con discrecionalidad política manifiesta y tendenciosa, otra parte lucraba sin siquiera preocuparse de las consecuencias que, más tarde o más temprano, iban a tener que padecer. Esa parte es la que aceptó trabajar para medios controlados económicamente por empresarios que poco y nada conocían del “palo” de las comunicaciones. Fueron empresarios que sostuvieron esos medios mediante las jugosas remesas que le venían desde un gobierno al que le interesaba en demasía tener muchas voces semi oficiales, pero que jamás hicieron la ingeniería que hay que poner en marcha para llevar esas empresas más allá y, sobre todo, después de que ese oficialismo dejase el poder. Así, con la salida del kirchnerismo del gobierno, con la falta de control de esas empresas periodísticas, manejadas por empresarios no periodísticos, la debacle era sólo cuestión de tiempo.

Quizá, y esto es un pensamiento muy personal, cuando el dinero fluye de manera abundante, existen personas y, en este caso, profesionales de las comunicaciones, que no les importa de dónde viene ni el tiempo que ese fluir va a durar. O, lo que es peor aún, estaban convencidos, al igual que muchos miembros del la anterior administración “Nac & Pop”, que ese estado de cosas iba a durar por siempre, que nadie se iba a animar a “armar un partido y ganar las elecciones, como retó en su oportunidad la ex Presidenta Crsitina Fernández de Kirchner a la oposición que mostraba su desacuerdo con las políticas del régimen.

Pero, y voy a volver a caer en los dichos populares, “a cada chancho le llega su San Martín”, y tanto a la máxima jerarquía del kirchnerismo como a todos los adláteres y tantos otros que usufructuaron las mieses del gobierno más corrupto que se instaló en el poder en los últimos cien años de historia nacional, les llegó su turno para hacer frente a las consecuencias de lo inevitable. A las jerarquías, la justicia, a los adláteres y usufructuantes, los efectos indeseados de su vista corta o de su falta de escrúpulos. Cada uno sabrá qué sayo deberá vestirse.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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