EL "PROGRESISMO ESTÚPIDO"

La frase de Elisa Carrió que "ofendió" a una oposición que debería sentirse "avergonzada"
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Anoche, poco antes de irme a dormir, hice lo que hago todas las noches: revisar las diferentes redes sociales a las que pertenezco, con el fin de enterarme de los sucesos de última hora, tanto del país como del exterior. En todas, sin excepción, se había desatado la polémica por las palabras pronunciadas por la diputada Nacional Elisa Carrió, en las que dijo estar harta del “Progresismo estúpido”, en relación al rechazo de un proyecto de ley presentado por ella misma, que abogaba por la donación de alimentos de las grandes cadenas de supermercados del país para la constitución de un “banco de alimentos”, a fin de saciar las necesidades de los más necesitados, para que, como ella misma expresó, no tengan que buscar “comida en la basura”.

La reacción inmediata, de todos aquellos legisladores que se enrolan dentro de una muy particular y vernácula ideología Progresista, fue la de sentirse ofendidos y hacer abandono del recinto de la Cámara.

Se ve que esta idea me siguió dando vueltas en la cabeza, puesto que lo primero que me saltó a la mente, al despertarme, fue hacerme la pregunta de si todavía queda alguien en nuestro país que crea, con absoluta sinceridad y conocimiento del término, que la experiencia del régimen kirchnerista puede ser catalogada como “Progresista”.

Para aclarar los tantos, lo primero es saber, definitivamente qué es el “Progresismo” y cómo surgió, ya que políticos e intelectuales se arremolinan en torno a esta palabra, la tironean, la despedazan y no ofrecen elementos para su comprensión. Este concepto, entonces, parece en la actualidad una cáscara vacía, otra torpe maniobra para encandilar a los ciudadanos, en definitiva; un comodín espurio.

El término progresismo se halla indisolublemente unido a un vocablo mayor como es el de “Progreso”. Este concepto resultó cardinal durante los siglos XVIII, XIX y buena parte del XX. Acuñado por los filósofos, poseía un barniz iluminista, vinculado con las reformas que debían emprenderse sobre las sociedades, para superar su “oscurantismo” e “idiotismo”. El “Progreso”, por lo tanto, se encontraba asociado al avance de la ciencia y de la emancipación del hombre, abrigando un sentido evolucionista, ya que se veía con franco optimismo el avance general del espíritu y de la técnica humana sobre todos los rincones de la tierra. La noción de “Progreso”, por lo tanto, nos remite al mundo moderno y occidental, que en su secular desenvolvimiento concluyó con una amarga desilusión, contradicciones que vivimos en el presente. Cabe señalar, por otra parte, que el “Progreso” originalmente fue un clima de ideas esgrimido “desde arriba” y con pulso conservador, muchas veces “contestado” por los agentes sociales ubicados en la base.

El “progresismo” es el apoyo al desarrollo social mediante la incorporación de los avances científicos, tecnológicos, el progreso económico y la organización social. Está formado por diversas doctrinas filosóficas, éticas y económicas del liberalismo y el socialismo democrático.

Los progresistas persiguen el progreso en lo social, económico, político e institucional. Así mismo rechazan la dicotomía izquierda-derecha por considerarla desfasada. Los progresistas sostienen que la lucha entre las doctrinas capitalistas y las socialistas no tienen sentido en el siglo XXI tras la caída del Muro de Berlín. De igual modo progresistas argumentan que a pesar del fracaso del sistema socialista y mientras exista desigualdad, las banderas de la izquierda tendrán vigencia. El progresismo como tendencia política es pragmático por lo que no se encuentra en el espectro tradicional izquierda-derecha, es por ello que prefieren el uso del “Diagrama de Nolan” como nuevo espectro político.

Aunque el término tiene precedentes de la Revolución Francesa, cuando políticamente era sinónimo de reformismo, el progresismo, como tendencia política, tomó forma de las luchas contemporáneas por los derechos civiles y políticos que dieron vida a movimientos sociales como el feminismo, el ecologismo, el laicismo y la sexodiversidad, entre otros; y está fuertemente influido por el pragmatismo.

En lo socio-económico, su principal consigna es que deben ser las capacidades del individuo y no las condiciones al nacer las que determinen el límite de sus aspiraciones. Por lo tanto, el progresismo propone que el Estado debe generar las condiciones para que sea el esfuerzo humano la única variable que determine la desigualdad social.

Según el conocido criterio de Norberto Bobbio, lo que diferencia a la izquierda de la derecha es "la diferente actitud que asumen los hombres que viven en sociedad frente al ideal de la igualdad". Pero como en los tiempos actuales la problemática de la igualdad se ha incorporado a todos los discursos políticos pareciera necesario buscar otros signos o elementos de diferenciación. Según veremos a continuación, el extendido uso del adjetivo "progresista" como sustituto de la palabra "izquierda" deja también el problema sin resolver.

Para algunos politólogos, la izquierda se define actualmente por sus preferencias por el progreso y el cambio. De esta manera, los progresistas de hoy serían la izquierda reciclada del pasado, que habiendo abandonado la hipótesis de una sustitución radical del capitalismo, aboga por iniciativas más mesuradas, que pasan por combatir la pobreza, reducir la desigualdad social, mejorar el empleo, la salud y la educación y conseguir un mayor grado de inserción de los países periféricos en los escenarios mundiales.

Sin embargo, como son pocas las personas o grupos políticos de nuestro entorno que estén en contra de estos ideales progresistas, pareciera ser necesario encontrar algunos criterios de verdad que nos permitan una aproximación más rigurosa a fin de orientarnos entre las brumas ideológicas del presente. Recuperando una vieja advertencia de Marx, lo primero que habría que hacer es “juzgar a los grupos políticos o los gobiernos como a las personas, es decir, no por lo que dicen de sí mismas sino por lo que hacen en su práctica concreta”.

Por consiguiente, una mirada objetiva debe estar dirigida a observar en qué medida las acciones de un gobierno están dotadas de eficacia para alcanzar las aspiraciones de las clases medias y los sectores populares que desean una calidad de vida más satisfactoria. Desde esta perspectiva, desechando por poco realistas las hipótesis de un cambio radical sistémico, debemos apuntar a la eficiencia de los instrumentos de que se han dotado las democracias modernas para impulsar el cambio social desde una acción reformista. Esas herramientas estratégicas son el aparato administrativo del Estado y el sistema impositivo.

Así, por ejemplo, si queremos que llegue a todos los ciudadanos un servicio universal de salud y educación en condiciones de calidad, las herramientas con las que cuentan los gobiernos democráticos son esencialmente dos: por un lado, un modo racional de obtener recursos a través de un sistema impositivo que permita una transferencia de ingresos desde los sectores más favorecidos al Estado como modo de financiar esas actividades y, en segundo lugar, cuando esos servicios públicos se prestan a través del Estado, contar con una administración pública profesionalizada que garantice la calidad del servicio ofrecido.

Si un gobierno, en vez de afrontar el desafío de la profesionalización de la administración del Estado, lo convierte en reservorio de clientelas electorales y usa el aparato estatal en forma desaprensiva para cubrir fines partidarios, estamos muy alejados de un perfil progresista. No existe hipocresía política mayor que proclamar enfáticamente la defensa del rol del Estado y luego deslegitimar su actuación al usarlo para favorecer a amigos y partidarios. Del mismo modo, el fenómeno de la corrupción, que tanto desprestigio causa a la democracia, está siempre inextricablemente unido al uso desviado del poder para favorecer desmesuradas mezquindades y ambiciones de riquezas de sus miembros, así como de los “amigos” de ese poder.

Teniendo en cuenta lo anteriormente expresado, y a la luz de lo que ya sabemos y de lo que imaginamos que todavía falta conocer, los 12 años del gobierno “Nac & Pop” en la Argentina pueden ser catalogados de cualquier otra cosa menos de “Progresistas” o encuadrarse dentro de los postulados del “Progresismo”.

Resultaría tedioso y reiterativo describir la corrupción que caracterizó a ese pasado reciente de nuestra historia, así como la enorme mentira con que se disfrazó a la banda de delincuentes que gobernó el país hasta 2015, y que gustaban de auto denominarse “Progresistas”.

Y, para finalizar, la calificación de “Progresismo estúpido” que hizo la Dra. Carrió, en definitiva transmite un sentimiento que anida en la mayoría de los ciudadanos argentinos que optaron por un cambio y un punto final para la “republiqueta” en que vivíamos, y también la de gran parte de la dirigencia política y social de nuestro país, incluso de aquellos que por diferentes motivos aún se encuentran enrolados dentro de las filas de la oposición, pero que por temor o vaya uno a saber por qué motivo no se animan a decirlo de manera abierta.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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