CUANDO LAS REFORMAS SE VUELVEN INPOSTERGABLES

Decisiones difíciles de tomar, pero de absoluta necesidad y con la responsabilidad y mesura que deben caracterizar a todo buen gobierno
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Hace tiempo leí una obra escrita por el ex ministro de Economía de Cristina Kirchner y luego Embajador Argentino ante los Estados Unidos durante el primer año de gestión del Presidente Mauricio Macri. Me estoy refiriendo a Martín Lousteau y a su libro “Economía 2.0”, en la que, con palabras muy simples, habla de temas muy complejos, pero que pueden ser comprendidos, de esa manera, por cualquier persona, aún por aquellos que no saben absolutamente nada de economía.


Yo, que me considero un neófito en esa materia, pude comprobar que, explicada de manera sencilla, sin palabras rebuscadas, sin cuadros imposibles de descifrar, la economía de un país o lo que comúnmente se denomina “macro economía”, no difiere demasiado de la que se desarrolla dentro del seno de cada hogar.


Es así que, direccionando estás líneas al punto en que quiero llegar, y partiendo de lo aprendido en el mencionado libro, debo decir que las propuestas esbozadas por nuestro Primer Mandatario en la convocatoria realizada el pasado día lunes,así como las reformas anunciadas ayer por el actual titular de la Cartera Económica Nacional, no son otra cosa que ordenar un Estado, en su faz financiera, como lo haría cualquier padre de familia que ve que sus ingresos no son suficientes para cubrir los gastos que se realizan en su hogar.


El déficit financiero argentino, que en palabras claras significa que el Estado gasta en el mantenimiento de los servicios esenciales a su cargo más de lo que recauda, no es algo distinto a lo que sucede en cualquier hogar cuando el sueldo de los que aportan para la manutención del mismo no es suficiente para solventar los gastos que implica esa tarea.


Es así que, en el caso del padre de familia, o de los integrantes laboralmente activos de la misma, no les queda otro remedio que realizar cambios esenciales, que van desde la supresión de gastos superfluos, reasignación de erogaciones en virtud de las necesidades básicas, reordenamiento de todas las actividades que impliquen la disposición de dinero. En una palabra, no se trata de otra cosa que de hacer “reformas” en el estilo de vida de los integrantes del núcleo familiar para que, siguiendo un principio básico de las Ciencias Económicas, el dinero que mensualmente se perciba no sea inferior a los gastos que se realicen en igual período de tiempo.


Esto último implica, por cierto, realizar modificaciones sustanciales en el estilo de vida familiar. Quizá, haya que pensar en acortar los días de vacaciones anuales, en sacar de los roperos la ropa que ya no se usa para reformarla y adaptarla a la moda, desprenderse de objetos que tienen algún valor en metálico pero que no son esenciales para la vida y el futuro familiar, etc., etc. Estas modificaciones, por más cuidado que se ponga en su instrumentación, necesariamente van a ocasionar molestias en algunos miembros de la familia, sino en todos, ya que vendrán a plantear una rutina diferente a la llevada a cabo hasta ese momento, una merma en la capacidad de disposición de los recursos. Pero sin éstas “reformas” o modificaciones, se correría serio riesgo de que llegase el momento en que las deudas y compromisos contraídos no se pudieren satisfacer más, y tampoco refinanciar, con lo que se pondría en un gran aprieto toda la estructura del hogar, que no solamente repercutiría en el ámbito económico, sino que también lo haría en todo lo que se refiere a la misma estabilidad estructural, emocional, anímica y psicológica de todos los integrantes de él, y a las mismísimas relaciones intrafamiliares.


En una nación pasa lo mismo, sólo que a escala mucho mayor. Cuando el país necesita, para su buen funcionamiento, más recursos financieros y económicos que los que percibe a través de la recaudación impositiva, única fuente de sustento que tiene, entonces se hace necesaria la implementación de reformas que signifiquen, también a una escala mucho mayor, la misma ingeniería que hace un padre de familia para “estirar” o “reordenar” sus ingresos y llegar sin sobresaltos a fin de mes.


Así de sencillo, pero también así de complicado para poner en práctica estas modificaciones, ya que a la población les cuesta mucho entender que se les solicita hacer algún tipo de sacrificio extra, más allá de los que por propia decisión de ven obligados a hacer, para poder reordenar las cuentas públicas y partir de una base real y cierta, a los fines de encarar con seriedad el saneamiento de enfermedades económicas endémicas que vienen atacando a la sociedad desde hace mucho tiempo.


Nunca es recomendable esconder la tierra “debajo de la alfombra” o barrer a dónde “no mira la suegra”, aunque esto se haga con mucha más asiduidad que la deseada. Lamentablemente, si en un hogar o en una nación, esta conducta de convierte en costumbre duradera, llegará el momento en que la tierra ya no quepa debajo de esa alfombra, o que la suegra comience a ver aquello que durante tanto tiempo se le quiso esconder. Y cuando esa circunstancia se presenta, generalmente ya es demasiado tarde, tanto en los hogares como en las naciones.


En los hogares, los ánimos se caldean, los padres comienzan a discutir con los hijos y entre sí, las recriminaciones se cruzan de un lado a otro, los conflictos comienzan a ganar terreno y toda la casa se sume en un caos de tal magnitud que ya no es grato vivir en ella, por lo que algunos miembros toman la determinación de irse y comenzar a recorrer un camino propio, con la consiguiente e indeseable disolución de los vínculos.


En las naciones ocurre otro tanto: los malestares sociales comienzan a mostrarse, se ocasionan disturbios, reyertas entre distintos integrantes de la sociedad, se cuestiona la autoridad y la inteligencia de los gobernantes, se pone en tela de juicio su capacidad y hasta su misma honorabilidad. La crisis se abren camino y se instala en los sectores dónde encuentra un terreno muy fértil para su propagación. El país se convierte en un hervidero y, al igual que sucede en los hogares familiares, los integrantes de la sociedad buscan las vías de escape que se encuentran más a mano. En algunos casos se vuelcan por la realización de actos violentos, vandálicos, como son los saqueos de comercios alimenticios. En otros, la violencia se manifiesta de manera mucho más virulenta, desafiando a las autoridades democráticamente constituidas, con el consiguiente, y muchas veces, luctuoso saldo de heridos y víctimas fatales. También hay quienes optan por irse del país, buscando en otros horizontes la esperanza que no vislumbran en sus territorios originales. Esto también implica una cierta disolución de vínculos, tanto familiares como de arraigo en general.


Como se puede apreciar, cuando se está a las puertas de una crisis económica, o cuando esa crisis ya se ha desatado, pero sus efectos se pudieron hacer postergar, por obra y gracia de la implementación de soluciones pasajeras, de parches que a la larga producen un “efecto rebote” de incalculables dimensiones, las personas, en particular, y las naciones, en general, con el grado de responsabilidad que se necesita para asumir las consecuencias colaterales e indeseables que cualquier reforma trae aparejada en nuestras vidas, no dudan por un segundo, con la prudencia que cada caso merece, en hacerlas efectivas, para bien de su núcleo familiar, en el primero de los casos, y para bien de la sociedad en general, en el segundo.


Las reformas anunciadas por el equipo que acompaña al Presidente Mauricio Macri, y las que aún resta conocer, son las que hace tiempo se deberían haber implementado en nuestro país, aún mucho antes de la asunción de las actuales autoridades nacionales, pero que no se quisieron hacer en pos de sostener un “relato” que tocaba fondo y que “hacía agua” por los cuatro costados.


El costo político de estas reformas, de seguro deberá ser solventado por la conducción de “Cambiemos”. Pero la ciudadanía jamás estuvo engañada, ni ahora, ni antes, en el sentido de que el sostenimiento de las políticas kirchneristas iban a llevarnos al estado actual de cosas. En este último punto, el régimen “k” pagó también las consecuencias de su inoperancia, ineptitud y de todas las mentiras con las que sometió a la población de la país. El costo fue el retiro de la confianza del votante y de la alta adhesión que supo tener, con la consiguiente pérdida de dos elecciones consecutivas, y, muy probablemente, su disolución total como fuerza política independiente.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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