"EL CORAZÓN DEL MUNDO"

Reseña y crítica del libro de Peter Frankopan
9788416771165

La promoción relativamente reciente de la historia global a primera línea de los debates historiográficos se ha visto en parte impulsada por el conocimiento de regiones del mundo que, hasta hace poco, habían recibido poca o ninguna atención. En este sentido, las que tal vez sean las aportaciones recientes más relevantes, es decir, los trabajos de C. A. Bayly y Jürgen Osterhammel, resultan ejemplos de primer orden, dado el profundo conocimiento que los autores reúnen, respectivamente, sobre la India y China. Sin embargo, y admitiendo la indudable importancia de la historia de estos dos países, a veces las prioridades de las grandes narraciones están determinadas por las preocupaciones del presente, lo que habría influido en la necesidad de incluir en ellas explicaciones acerca del “milagro” económico chino y el cambio social indio, en perjuicio de otros actores históricos de primer orden que la perspectiva del presente relega a un segundo plano. En este sentido, “El corazón del mundo. Una nueva historia universal”, escrita por Peter Frankopan, experto en el mundo bizantino y las Cruzadas, es más que oportuna, al poner el foco sobre una región insuficientemente estudiada en el pasado. “El corazón del mundo” aporta perspectivas sugerentes, al tiempo que el esfuerzo resulta algo fallido, como vamos a argumentar.

Dicha región se ubicaría en el espacio comprendido, en su franja norte, entre Ucrania y la Rusia meridional, hasta Asia Central, y entre Egipto y la cuenca del Indo en el sur, con un eje central que, pasando por Turquía, el Cáucaso, Oriente Próximo e Irán, llega hasta las estribaciones occidentales de la cordillera del Pamir. Frente al trato disperso y desigual que han recibido las partes integrantes de este espacio, el autor propone un área geográfica y cultural coherente, con una importante inserción en los principales procesos que conforman la historia mundial. Frankopan no facilita una sistematización de los elementos definitorios de la región, si bien podemos deducirlos de la lectura del libro. De este modo, podemos hablar de la relación entre el mundo sedentario y el nómada; de la centralidad del islam y de las culturas árabe y persa; de las tradiciones militares del mosaico turco, entre otros. No obstante, sí hay dos ideas presentes en la obra, que definirían la región y que están íntimamente relacionadas: la “centralidad” y las “conexiones”, tal como se refleja, respectivamente, en el título castellano de la obra, “El corazón del mundo”, y en el original inglés, “The Silk Roads”. Las conexiones entre los extremos del continente –o, si se quiere, de Oriente y Occidente–, a través de rutas –las “rutas de la seda”– por las que circularían los distintos elementos que dan título a cada uno de los capítulos del libro, y que convergerían en el “corazón del mundo”, conforman la “centralidad” de esta región. Como se verá, la centralidad queda un poco en el aire, y las conexiones están planteadas de un modo parcial.

Es este un libro ambicioso, construido sobre una extensísima bibliografía –y no sobre trabajo de archivo–, y que acumula en sus casi ochocientas páginas una enorme cantidad de datos cuya estructura se construye diacrónicamente, sin un plano argumentativo explícito, lo que, a nuestro entender, genera varios problemas. En una empresa de tal calibre, que abarca desde la Antigüedad hasta el mundo contemporáneo, se echan en falta los elementos −procesos y transformaciones a largo plazo− gracias a los cuales deberían adquirir sentido los datos. Por defecto, esta es una “historia universal” que, en principio, debemos entender como una “historia del mundo”, pero no está claro si lo que se propone es una historia convencional del mundo, centrada en la región, o se trata, invirtiendo los términos, de una historia de la región desde una óptica global. La estructura desigual del libro no ayuda a concretar tampoco una aproximación metodológica; el precipitado parece ser una historia del mundo a la vieja usanza, con veleidades de historia global. La centralidad de la región se concibe por exclusión de otras alternativas –China o India-, descartándose una aproximación multipolar.

Esto nos lleva al segundo problema, el de las conexiones: se observa cierta tendencia a desplazarlas a la mitad occidental del continente euroasiático, dando lugar, de este modo, a una asimetría. Las interconexiones con el extremo oriental de Eurasia son testimoniales, obviándose a menudo los intensos contactos que China y, en mayor medida, India, mantuvieron con las regiones que lindan con la cordillera del Pamir. El autor no logra sacudirse el sesgo eurocéntrico: la historia del “corazón del mundo” parece medirse por su relación con Europa. En contra de lo anunciado, no se cuestiona la singularidad europea −sólo se “aplaza”, hasta el ascenso de Europa a finales de la Edad Media–, ni logra superarse una narración tradicional marcada por la primacía occidental.

En la primera parte, que va de los capítulos 1 al 10, el autor se detiene en el desarrollo histórico de la región, desde la formación de lo que conocemos como “Ruta de la Seda”, en tiempos de Alejandro Magno, hasta la peste negra en el siglo XIV, pasando por la expansión de Roma, el desarrollo del cristianismo y del islam, la formación del califato, las Cruzadas y el imperio mongol. El relato arranca de la fascinación por Oriente del mundo helenístico y Roma, y aunque también se detalla la expansión occidental de la China Han, imprescindible para la formación de la Ruta de la Seda, observamos en el planteamiento un cierto sesgo. No terminamos de saber si el “corazón del mundo” resultó también determinante para la articulación del mundo chino, en el que, dicho sea de paso, ya estaba plenamente consolidada una noción de centralidad propia.

En los tres siguientes capítulos, del 2 al 4, el texto expone la consolidación y expansión de los credos religiosos, centrando la atención en el cristianismo y el islam. La visión de conjunto resulta nuevamente asimétrica, puesto que la gran religión de la Ruta de la Seda, el budismo, es tratada de modo excesivamente puntual, a pesar de su consolidación en la zona, desde el norte de la India hasta China, Corea y Japón, pasando por Afganistán, Asia Central y Xinjiang. Tal vez podrían haberse establecido interesantes paralelismos entre el papel político del budismo en la China de las Seis Dinastías y las disputas religiosas entre Persia y Roma, además de analizar conjuntamente las consecuencias de la era de las migraciones en Eurasia, no solamente en Roma, sino también en China. Por otro lado, abriga indudable interés el análisis del cristianismo como religión asiática, debido a su consolidación en Persia durante sus primeros siglos de existencia, lo que, además, permitió su expansión por las rutas de la seda hasta China. Esto determinó, también, su uso como arma arrojadiza entre Persia y Roma, con la consecuencia de que se vería irreversiblemente mermada su expansión por Asia, al tiempo que arreciaban las disputas teológicas en los concilios de la Antigüedad tardía. Este proselitismo beligerante sentó además las bases de la “revolución” nacida de las visiones de Mahoma en el siglo VI.

También se agradece el pormenorizado análisis, a lo largo de los capítulos 5, 6 y 7, de las repercusiones transcontinentales de la estabilización del califato, un episodio trascendental de la historia global. A pesar de los avances del islam en la apartada Europa, apunta el autor, la prioridad del califato, como potencia euroasiática, se situó en el “corazón del mundo”, con una expansión marcada por las rutas que, atravesando Asia Central, conducían hasta China. Fruto de ello fue una concentración de riqueza que, nuevamente, atrajo a mucha gente hacia la región. Las rutas de comercio, con una gran circulación de pieles, facilitaron un statu quo” en el mundo de la estepa, expandiendo la urbanización por Asia Central, mientras que el comercio de esclavos favoreció la consolidación de las rutas que unían el Báltico con los mares Caspio y Negro. La presencia recurrente del tráfico de personas a lo largo de la historia –que está en la base, por ejemplo, del ascenso de las ciudades-Estado italianas desde el siglo IX–, y la presencia de Rusia como actor global, son dos ideas fundamentales del libro. Nuevamente, sin embargo, vemos un enfoque desequilibrado. Querríamos más detalles sobre la expansión del islam en Asia Meridional y en China, y sobre cómo desplazó dicha expansión al budismo en Asia Central; nos gustaría saber más, asimismo, sobre el renacimiento de los intercambios a través de la Ruta de la Seda y su relación con el auge de la dinastía Tang, que mantenía un abultado comercio con el califato.

Los tres siguientes capítulos, del 8 al 10, tratan de la irrupción de los Cruzados en Oriente Próximo –como resultado del relativo auge de la Europa cristiana desde el siglo XI–, el ascenso del imperio mongol y su formidable expansión en el siglo XIII, y la epidemia de peste bubónica a mediados del siglo XIV. Son tres temas expuestos aquí diacrónicamente, cuyas conexiones –especialmente entre los dos primeros– no se analizan, a nuestro entender, con la profundidad debida. Las Cruzadas, situadas en un entorno más amplio, el de la desintegración del califato y los movimientos de la estepa a los que dio lugar –el acercamiento a Asia Menor de poderes procedentes del mosaico turco, como los gaznavíes, los búyidas y, sobre todo, los selyúcidas, que motivaron la petición de auxilio del emperador bizantino–, habrían ofrecido otro aspecto, perdiendo, en parte, su carácter supuestamente excepcional. Habría resultado interesante vincularlas a las transformaciones ocurridas al norte de la India, o incluso explorar las consecuencias que la fragmentación del califato tuvo en el comercio de las “rutas de la seda”. Sin perder de vista el crecimiento de Bizancio y del Egipto fatimí, podríamos plantearnos cómo la reconfiguración del comercio benefició a los reinos sinizados del norte de China: los Xia occidentales, los Liao, los Jin, todo ellos beneficiarios del comercio de la seda. Con todo, el análisis de la expansión mongola, y el esfuerzo del autor por desasirse de un enfoque europeo, poniendo el acento más hacia el Este, pueden calificarse de muy pertinentes.

El siglo XX es diseccionado desde el capítulo 17 hasta el final del libro. Se identifican los intereses que surgieron a raíz del descubrimiento de los pozos de petróleo a principios de siglo y la obtención de concesiones de los gobiernos locales para las potencias occidentales, la pugna entre estas por el reparto de áreas de influencia antes de la Segunda Guerra Mundial, el difícil legado de la Guerra Fría en la región y las maniobras de Estados Unidos para imponer su supremacía, muy especialmente en Irán, Irak y Afganistán. Lo último tendría terribles consecuencias en el mundo contemporáneo, y constituiría un factor de primer orden en el surgimiento del terrorismo islamista. El autor no ahorra aquí sus críticas. Frankopan acierta al destacar que la Guerra Fría se extendió más allá de la Europa oriental, si bien habría sido interesante que explorase también las conexiones con Asia Oriental y el Sudeste asiático. Nos recuerda que la carrera armamentística y nuclear adquirió cotas sin parangón en el “corazón del mundo”, llegando a concentrar durante la década de 1970 más del 50% de las importaciones de armamento a escala global.

Merece mención aparte el análisis de la Segunda Guerra Mundial, vista desde el centro de Eurasia (capítulos 19 y 20). Frankopan observa que, más allá de Polonia y la Europa Occidental, las llanuras de Ucrania, la Rusia meridional y el Cáucaso fueron determinantes para el proyecto expansivo nacionalsocialista y el desarrollo de la contienda, además de estar directamente relacionadas con la “Solución Final” que implementó la Alemania nazi, ante la perspectiva de que el grano de aquellas no alcanzara para alimentar a toda la población. Con el Pacto de No Agresión de 1939, la Unión Soviética suministraba grano de Ucrania y Rusia meridional, y petróleo del Cáucaso; finalmente, temiendo las consecuencias que dicha dependencia pudiera conllevar, Hitler impulsó la invasión de la Unión Soviética en el verano de 1941 a fin de hacerse con el grano soviético y dirigirse, además, al sur del Cáucaso, Oriente Próximo y sus pozos de petróleo. Sus planes, sin embargo, se enquistaron en Stalingrado, al mismo tiempo que las tropas británico-soviéticas invadían Irán. La escasez de alimentos aceleró la maquinaria del horror nazi. Se evitó alimentar a amplios segmentos de población matando de hambre a la Rusia septentrional, así como exterminando sistemáticamente a las minorías –muy especialmente, a los judíos– hacinadas en los campos de concentración.

En las conclusiones, Frankopan señala indicios de que el “corazón del mundo” está recuperando su “centralidad” perdida, más allá de la “enorme agitación” que se observa en la zona. Abonarían el fenómeno la explotación de recursos naturales, el desarrollo de conexiones e infraestructuras, la creación de instituciones culturales, etc. Sale de nuevo a relucir el protagonismo de Irán, la importancia de China con respecto a sus vecinos –un país que, dicho sea de paso, ha estado a nuestro parecer algo ausente del relato–, y la presencia de problemas como el desarrollo del Estado Islámico, la inestabilidad de Crimea y los retos resultantes de la más que probable caída del precio del petróleo ante los primeros indicios de transición energética. Finalmente, el autor se dirige a las elites gobernantes para que sitúen la región en una visión de conjunto, y censura la “falta de perspectiva de Occidente acerca de la historia mundial”.

Es de agradecer que el autor haya puesto el centro de Eurasia, no menos importante que otras regiones del mundo, en primera línea del debate historiográfico. El desplazamiento de enfoque aporta nuevos datos y traslada el énfasis hacia actores hasta ahora tenidos por secundarios, facilitando una percepción alternativa de cosas ya sabidas, pero no lo suficientemente apreciadas: la importancia del califato; el establecimiento de unas tradiciones militares ligadas al mundo de la estepa euroasiática y su repercusión global; la relevante presencia de Rusia; el papel determinante de lo euroasiático en el imperialismo del siglo XIX, o el desarrollo de las dos guerras mundiales y de la Guerra Fría. Es momento de integrar el “corazón del mundo”, junto con otras áreas, dentro de las narraciones de la global history”.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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