SATURACIÓN PROPAGANDÍSTICA E INFORMATIVA

De las elecciones legislativas al Caso Maldonado: ¿los medios imponen los temas o la sociedad argentina condiciona a los primeros?
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Hace exactamente una semana pensaba en que, justamente, faltaban escasos ocho días para el cierre de la campaña política por las elecciones legislativas de medio término y el comienzo de la veda electoral. Y pensaba eso por el hartazgo que supone, para el ciudadano medio argentino, el bombardeo propagandístico a que se ve sometido en los días previos a la realización de algún comicio, aún en aquellos casos en que decide no mirar televisión, ni escuchar la radio, ni leer periódicos, ni conectarse a red social alguna, porque, así y todo, la parafernalia desplegada durante ese período se mete en nuestras vidas, sin pedir permiso alguno.

Hay muchos ejemplos de esto último, pero el que me viene más rápidamente a la cabeza es el llamado telefónico, sea a una linea fija o móvil, de números privados, es decir que no pueden identificarse y, por lo tanto, tampoco pueden ser bloqueados, que sin importar la hora del día, no nos permiten siquiera descansar tranquilos. Son grabaciones de algún candidato que busca convencernos de que él representa la mejor opción. Son encuestadoras contratadas para hacer sondeos de opinión. Son operadores de alguna empresa de análisis político que intentan crear una tendencia. En pocas palabras, no existe manera de desconectarse por completo, de forma voluntaria, de ese incesante y continuo ataque por parte de los partidos políticos, sus candidatos y demás accesorios de la campaña, a menos que decidamos mudarnos, temporalmente, a un deshabitado paraje de nuestra vasta geografía, en el que no haya espacio para la pegatina de pancartas y, por supuesto, apaguemos todos los aparatos electrónicos que nos conectan con el mundo exterior. Ciertamente, es una posibilidad. Sin embargo, no es una opción a la que cualquier ciudadano pueda acceder, ya que la mayoría tiene múltiples obligaciones que los retienen en sus lugares habituales de residencia.

Claro que, siempre existe la remota posibilidad de que algún suceso ocurra y corra el centro de la escena hacia otro punto. Y eso es exactamente lo que pasó en la semana que transcurre. Sin mediar ningún tipo de aviso, sin que nadie lo hubiese previsto, en la tarde del martes apareció el cuerpo sin vida de un hombre flotando en el Río Chubut, y ese hecho hizo posible lo que hasta hace muy pocas horas era algo completamente impensado: la campaña política pasó a un segundo plano y cedió su lugar de privilegio a algo tan o más hartante que su interminable machacar sobre nuestras mentes: la sinfonía de noticias, detalles, hipótesis, conjeturas, opiniones, datos sobre criminalística, medicina forense, necropsia, rueda de prensa de familiares de un cadáver aún no identificado, hora de salida y de llegada del vuelo sanitario que lo transporta y su correspondiente cobertura periodística, etc., etc., y muchos más etcéteras que en nada van a hacer ni más segura, confortable y tranquila nuestras vidas y, mucho menos, van a aportar algo realmente valioso para el esclarecimiento de esta causa.

Hoy me desperté a la misma hora de siempre. Encendí la radio, de la manera en que lo hago todas las mañanas, más como una ayuda para despabilarme y estar informado sobre el estado del tiempo y del tránsito que para enterarme de los últimos sucesos nacionales e internacionales, pero lo único que pude escuchar fue sobre el tema de Santiago Maldonado. Salí a la calle y lo primero que vi fue una nueva pintada en la vereda frente a mi domicilio dónde se pedía por la aparición con vida del activista por los derechos de los mapuches, a la vez que se responsabilizaba al gobierno por haber ocultado su cadáver y haberlo hecho aparecer a cuatro días de las elecciones (incongruencia? Sí). Fui a tomar mi acostumbrado primer café de la mañana, al bar a dónde concurro todos los días, y en la pantalla del televisor sólo se podían ver imágenes repetidas, una y mil veces, del lugar del hallazgo del cuerpo, del avión aterrizando en el aeroparque metropolitano Jorge Newbery de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, de médicos forenses, legislas, criminólogos y hasta de algún periodista deportivo que vaya a saber por qué estaba aportando su punto de vista sobre este tema.

Al salir del bar me crucé con un conocido que, luego de saludarme,con inusitada algarabía me hizo escuchar un audio, que le envió un conocido, que tiene un familiar, que a su vez es pariente de un miembro de la Policía Federal, en el que le relata con detalle el lugar, las condiciones y la manera en cómo se llegó al macabro hallazgo del cadáver.

Seguí caminando hacía mi lugar de trabajo y otro conocido quiso mostrarme la imagen del cuerpo sin vida de quien, a su juicio, es indudablemente Santiago Maldonado. Decliné el ofrecimiento con un cordial “ya lo vi a eso” y seguí mi camino.

Hasta llegar a mi oficina, distante unas pocas cuadras de dónde tomé mi café, lo único que pude escuchar, ya sea voluntaria e involuntariamente, es sobre el cadáver y sobre el Santiago Maldonado.

En definitiva, pasé de la saturación propagandística por las elecciones del domingo próximo a la saturación informativa del Caso Maldonado.

A esta altura ya estoy decidido por qué lista y por cuáles candidatos voy a votar, como, así también, ya tengo opinión formada sobre el tema de Santiago Maldonado. Pero, no obstante ello, entre todas las preguntas que me formulo hay una que resuena más fuerte en mi mente: ¿cuál es la razón que hace que la sociedad argentina esté inmersa por completo en un tema determinado, y que ese tema ocupe absolutamente toda su atención, y de un momento para otro se corra hacía otro tema, dejando no sólo al anterior fuera de su centro sino dejando a los asuntos cotidianos y hasta más urgentes fuera del mismo?

Necesariamente esta pregunta me lleva a otra: ¿son los medios de comunicación, los grandes operadores políticos que anidan en ellos los que imponen los ejes sobre los que discurre nuestra vida, o, por el contrario, es la misma sociedad la que define, por su manera de ser, por su particular idiosincrasia, quien dictamina la importancia que esos medios y esos operadores le deben dar a un proceso o a un suceso en particular? Por ahora, la única respuesta que se me ocurre no me aporta demasiada claridad a esto, ya que es muy parecida, sino igual, a ese gran interrogante de si ¿fue primero el huevo o la gallina?

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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