LAS "METÁFORAS DE LA EDUCACIÓN"

Producción, orientación, crecimiento e iniciación
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A lo largo de la historia del pensamiento, las características y el papel que desempeña la educación en la vida humana se han expresado con el recurso a diferentes metáforas. La 22ª edición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define la metáfora como el “tropo que consiste en trasladar el sentido recto de las voces a otro figurado, en virtud de una comparación tácita”.

Esta figura retórica ha sido considerada, durante grandes periodos, una mera forma de adornar el lenguaje con el fin de hacerlo más bello o más interesante. Sin embargo, el estudio de las metáforas ha adquirido una gran importancia en el campo de la lingüística en las últimas décadas y han dejado de verse como meras figuras decorativas, para considerarlas la base sobre la que se apoya el sistema conceptual por medio del cual entendemos el mundo y actuamos en él.

Las metáforas, como señala Davidson, tienen en muchas ocasiones un poder innovativo, creador. Una de sus propiedades más notables consiste en provocar inesperadas y sutiles analogías o paralelismos; proponen un modo distinto de ver las cosas, incoan nuevas posibilidades a seguir por el entendimiento, dan voz a significados nuevos que estaban latentes en el discurso; en una palabra, estimulan las capacidades cognoscitivas del hombre.

Para comprender adecuadamente la función y el alcance de las “metáforas de la educación”, hay que tener en cuenta que no se trata de imágenes a través de las cuales se nos presenta un concepto, sino que son conceptos con los que otro concepto —el de educación— se asimila; y su empleo no obedece a criterios estéticos sino normativos: suponen, al menos de manera implícita, una propuesta sobre el modo cómo debería desarrollarse este proceso. Por lo tanto, el mayor o menor acierto —la verdad o falsedad— de tal o cual metáfora son de vital importancia para la recta comprensión y buen desarrollo de la tarea educativa.

Nos referiremos en concreto a las metáforas que identifican la educación con los procesos de “producción”, “orientación”, “crecimiento” e “iniciación” que pueden considerarse respectivamente las metáforas mecanicista, espiritual, biológica y cultural de la educación.

Cada una ellas subraya lo que considera esencial en el proceso educativo; y en algunos casos, debido a su conexión con la correspondiente teoría pedagógica, han desempeñado una función semejante a la de los modelos explicativos en la ciencia experimental.


La educación como maquinaria o sistema mecánico es la metáfora empleada por autores de inspiración conductista como Skinner, y es también el modo de entender la educación que mantienen algunos planteamientos cognitivistas. Sostiene que, mediante un sistema de estímulos, premios y castigos, podría configurarse la conducta humana en cualquier dirección, encauzándola en circuitos estables —del tipo de los condicionamientos complejos— que determinarían el comportamiento humano según lo que se le hubiera acostumbrado a desear.

Aunque se puede admitir que el circuito estímulo-respuesta es adecuado para explicar la adquisición de ciertas técnicas o destrezas por parte del ser humano, no es suficiente para dar razón de cómo puede producirse, entre otras cosas, el conocimiento conceptual y la compresión del significado.

La ciencia en sí misma —no así los científicos— no se ocupa de los valores, y cuando se examinan los problemas humanos como si fueran problemas tecnológicos, surgen múltiples dificultades, porque se tiende entonces a considerar la vida humana como el funcionamiento automático de una máquina, los individuos como elementos que componen la maquinaria social, es decir, como simples unidades de producción y consumo, y toda la existencia se reduce a términos cuantitativos.

Pero no es posible explicar satisfactoriamente el comportamiento del hombre utilizando exclusivamente los parámetros de las ciencias naturales, porque el comportamiento humano es significativo: es decir, es captado por sus agentes como portador de significados particulares dentro del marco de ciertos valores e instituciones. Y no se encuentra nada semejante en el mundo material.

Los fenómenos naturales, en su mutua interrelación, no son equiparables a la significación social que los seres humanos adscriben a sus interrelaciones, o a las cuestiones últimas que se plantea el ser humano. Por ello, cuando se describe el comportamiento de un individuo, no es posible hacer abstracción de que es un ser inteligente y libre, además de miembro de su grupo social.

Así pues, la educación entendida como un sistema mecánico o tecnológico constituye un marco de referencia deficitario, porque no puede proporcionar los elementos necesarios para la comprensión de las dimensiones esenciales de la vida humana.

En cuanto a la educación como orientación o guía, esta metáfora asimila el proceso de educación a un diálogo prolongado en el que el maestro orienta y guía el desarrollo del educando. Para que haya verdadera comunicación, el discurso debe apelar a la conciencia vital: un tipo de discurso que se denomina retórico. La retórica es el arte de presentar la verdad de manera que su brillo propio se haga patente a nuestros ojos, facilitando así su acogida en el interior del sujeto. Si en el ámbito intelectual, científico, la enseñanza puede ser confiada al proceso lógico-racional, en la esfera más amplia de la vida humana, que no está regida únicamente por las leyes de la lógica, en el ámbito donde lo incierto, lo probable y lo aproximativo es grande, la comunicación retórica tiene una función concreta e importante que cumplir. Así pues, los medios lógicos y los recursos retóricos deben ser utilizados de modo complementario en la educación, ya que éstos últimos pueden ser causa e instrumento del aprender y suscitadores de la formación moral.

Ha tenido mucha importancia a lo largo de la historia, especialmente en conexión con la educación moral, bien sea ésta de índole filosófica o religiosa. Autores como Sócrates o Kierkegaard podrían incluirse entre quienes consideran la educación desde esta perspectiva, que apunta sobre todo al fenómeno de la comunicación existencial, para cuya descripción esta metáfora se muestra un instrumento muy adecuado.

La educación se propone reducir la distancia —hasta el punto de eliminarla si fuera posible— entre quien enseña, quien aprende y lo que se enseña y aprende. Quien enseña es, hasta un cierto punto, él mismo el camino de lo que se aprende; y se aprende fundamentalmente por imitación, o más bien por emulación. El que enseña se convierte, por así decir, en un compañero de viaje en el desarrollo interior de quien se está educando.

El proceso educativo se ha comparado también con el desarrollo natural de un organismo vivo que posee en sí, desde el primer momento, el potencial necesario para alcanzar la madurez.

Se ha llamado a esta metáfora —es decir a la “educación como crecimiento”— el “modelo botánico”, y a la tarea educativa que de ella se deriva, “jardinería”. El desarrollo de cada individuo sería semejante al lento proceso por el cual se adquieren, a modo de precipitado producido por la experiencia individual, los conocimientos y habilidades propios de la persona educada.

La educación como crecimiento se asimila también a la “child-centred education”, que se apoya sobre dos conceptos fundamentales: “maduración” o desarrollo biológico del niño, e “interés”. Según esta metáfora, para poder enseñar es necesario que se produzca la maduración biológica de las partes del organismo implicadas en el proceso de aprendizaje, y hay que esperar también a que haya signos de interés por parte del alumno. El profesor cumple su función de modo semejante a como actúa un jardinero: puede preparar la tierra, prevenir las plagas, etc., pero no puede actuar positiva y directamente en el crecimiento de la planta: los principios vitales florecerán por sí solos, desde dentro, a su debido tiempo.

Considerar el crecimiento de una planta y la educación de un niño como efectos o manifestaciones de la propia naturaleza ofrece un fecundo puente teórico entre las ideas de “vida” y “educación”, y esto confiere a esta metáfora un carácter muy atractivo. Sin embargo, ha sido también objeto de numerosas críticas, porque parece que esta analogía ha sido desarrollada para justificar una determinada postura educativa previamente elegida, y no para explicar efectivamente cómo sucede de hecho o cómo debería desarrollarse la educación.

Quienes emplean esta metáfora hacen hincapié en el respeto a los derechos del educando, que es en sí mismo un ser personal, inteligente y libre, a quien no se le debe imponer desde fuera una orientación u otra. Pero parece que no tienen en cuenta que, cuando se educa, además de considerar los derechos del niño también hay que prestar atención a los deberes de los adultos, y en muchas ocasiones es más eficaz atender a esta segunda perspectiva. Los niños tienen derecho a ser respetados pero, sobre todo, los adultos deben cumplir con su deber de poner los medios —educación— para que aquéllos adquieran la capacidad de actuar con libertad y responsabilidad: como seres racionales.

Se puede añadir también que limitar la enseñanza a aquellas cuestiones por las que el niño muestra interés significa, en el fondo, reducir sus posibilidades, porque sólo es posible interesarse por lo que ya se conoce de alguna manera: en ausencia de conocimiento es imposible que surja el interés. Por lo tanto, restringir la enseñanza a los intereses actuales manifestados por los niños atenta contra el mismo principio que se quiere defender: la autodeterminación y la libertad de elección. Precisamente, una de las funciones de la educación es ampliar los horizontes de las personas que son educadas más allá de sus experiencias presentes, introduciéndoles en nuevos ámbitos.

Finalmente, desde hace varias décadas la metáfora de la “educación como iniciación” es la analogía más empleada en un amplio sector del ámbito académico para ilustrar la naturaleza y el desarrollo de los procesos educativos.

La iniciación constituye uno de los ritos de paso de diferentes culturas: el que se cumplía en la pubertad. La tesis central de la metáfora de la educación como iniciación afirma que la tarea educativa tiene como finalidad introducir a los seres humanos que llegan a este mundo en las tradiciones culturales a las que pertenecen.


Se puede considerar a Platón el primer autor que planteó la educación como iniciación, pues afirma en “La República” que se pasa del estado de barbarie al de ciudadano por medio del conocimiento. Entre los autores que emplean la metáfora de la educación como iniciación en la actualidad pueden distinguirse dos tendencias. La primera incluye autores como M. Arnold, T. S. Eliot, M. Oakeshot, A. Quinton, G. H. Bantock, etc.; y la segunda está formada por quienes sostienen posturas afines al planteamiento de R. S. Peters.

Para explicar esta distinción conviene recordar que existen dos sentidos fundamentales del término cultura: el primero hace referencia al tipo de vida de una sociedad, considerado en su conjunto. Tomado en este sentido, el término cultura no tiene ninguna connotación de valor: es meramente descriptivo y señala cualquier fruto de la actividad humana. En una segunda acepción, evaluativo, la cultura se entiende como el conjunto de habilidades, modos de entender y de sentir, y determinados productos que se consideran “valiosos” dentro de una determinada sociedad. En este sentido, el término cultura implica selectividad: la cultura es patrimonio de los cultos, de los cultivados.

Cuando los autores del primer grupo se refieren a la educación como iniciación emplean el término cultura según esta última acepción, poniendo el énfasis en los aspectos cognoscitivos que se asocian a los valores tradicionales y la cultura de una pequeña élite. Por su parte, R. S. Peters y sus discípulos emplean la noción de cultura según la primera acepción, más amplia. Utilizan la expresión “educación como iniciación” en un sentido muy general, para referirse al conjunto de actividades por las que los seres humanos son puestos en condiciones de participar en los modos de vida social. La educación es iniciación porque introduce a los niños en un tipo particular de tradiciones: las formas públicas de conocimiento teórico y práctico vigentes en la sociedad.

La educación como iniciación es por tanto el proceso mediante el cual algo —la propia cultura— es entregado por una generación a otra. Como resultado de esta transmisión, se desarrollan estados mentales deseables en quien aprende. La educación no se considera como un medio en relación con un fin, sino como un fin en sí misma: la capacidad para participar en los sistemas públicos de pensamiento y actuación compartidos en una determinada tradición cultural.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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