RENÉ DESCARTES

"Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro" (René Descartes)
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René Descartes nació el 31 de marzo de 1596 en La Haye, un pueblo francés en la región de la Turena que habría de cambiar su nombre por el de Descartes en honor de su hijo más ilustre. La muerte de la madre, cuando René contaba tan solo 13 meses de edad, y el trabajo absorbente del padre como abogado del parlamento de Bretaña, hicieron que la primera educación del pequeño corriera a cargo de su abuela materna.

En 1606, a la edad de 10 años, Descartes fue enviado al Colegio de los jesuitas de La Flèche, en donde siguió los estudios habituales de la época. Años más tarde, al escribir el “Discurso del método”, el filósofo se referirá a su permanencia en esa institución con sentimientos encontrados: por una parte reconoce agradecido que la educación recibida en La Flèche era una de las mejores de la época; por otra se muestra muy crítico en relación al método allí empleado pues, en lugar de instruirse en la verdad, se había llenado de errores. De todos modos, de la formación recibida le quedó siempre un amor apasionado por las matemáticas, la única disciplina de las enseñadas en aquel Colegio que desde el comienzo logró satisfacer sus hambres de evidencia.

Más por querer paterno que por deseo personal, al terminar los estudios en La Flèche se trasladó a Poitiers para estudiar Derecho. En 1616 obtuvo el título de abogado, pero nunca ejerció la carrera forense. Aprovechando la Guerra de los Treinta años entre protestantes y católicos, en 1618 se enroló en Breda como soldado de las tropas del príncipe protestante Mauricio de Nassau. Un año más tarde, Descartes se unió a las tropas católicas del duque de Baviera, Maximiliano I. Parece, pues, que no era tanto el triunfo de una de las dos confesiones religiosas lo que le movió a militar en un bando u otro cuanto el deseo de conocer nuevos países y costumbres o, como afirma en el “Discurso”, de estudiar en el “gran libro del mundo”. Durante el invierno que pasó en Ulm, en espera de la coronación de Fernando V como emperador, tuvo lugar un suceso que, según Descartes, decidió su futuro. La noche del 10 al 11 de noviembre, Descartes tuvo tres sueños, que juzgó lo suficientemente importantes para anotarlos en las “Olympica”, el diario que comenzó a escribir al día siguiente. Al despertarse, decidió echar las bases de una nueva ciencia, omathesis, universal, capaz de unificar todas las ramas del saber a partir de un solo principio indudable.

Al terminar la campaña en Alemania, Descartes volvió a Francia. Durante nueve años se dedicó a viajar por Italia y por Francia, a escribir filosofía y a realizar algunos experimentos de óptica, que serían publicados más tarde en un ensayo titulado “Dióptrica”. En este periodo comenzó a escribir en latín “Las reglas”; se trata de la composición de un nuevo método, basado en una generalización del método matemático, para conocer de forma clara y ordenada todo lo que el pensamiento humano es capaz de alcanzar con las propias fuerzas. Sin embargo, a pesar de que en 1628 ya había redactado la mitad de este tratado, lo abandona al parecer sin ninguna razón precisa. En ese mismo año se trasladó a Holanda. En 1635, viviendo en Leyde, Descartes tuvo una hija, Francine, nacida de una relación con el ama de llaves de la casa en que vivía, Elena Jans. Al morir Francine en tierna edad, Descartes se separó de Elena no sin antes haberla provisto de una dote que le permitiera casarse.

Dos años después del nacimiento de Francine, Descartes publicó su primera obra filosófica, el “Discurso del método”, un opúsculo filosófico que iba a revolucionar la historia del pensamiento occidental. Parece ser que este escrito fue precedido por otro, “El mundo”, que no vería la luz en vida de su autor. Con este ensayo se proponía explicar todos los fenómenos de la naturaleza; sin embargo, la condena de Galileo en 1633, así como la inclusión en el índice de su obra “Diálogo sobre los dos máximos sistemas”, en que defendía una visión copernicana del universo coincidente en algunos puntos con la de nuestro autor, sugirió al pensador francés la conveniencia de no publicarlo. Sólo en 1662, algunos años más tarde de la muerte de Descartes, se publicaría una edición parcial de la obra en traducción latina. Para la edición integral del original francés habrá que esperar hasta 1667.

En el “Discurso del método”, Descartes propone una síntesis de la filosofía que había ido elaborando hasta entonces, es decir, una ciencia universal que conducirá al hombre a la perfección. Por este motivo, en el tratado se hallan elementos pertenecientes tanto al orden teórico como práctico: junto a las nociones metafísicas de substancia, causa, etc. se encuentran algunas técnicas médicas y normas éticas dirigidas a obtener, a través de la salud física y espiritual, la felicidad del hombre en esta tierra. A pesar de la diversidad de elementos, la obra se presenta dotada de unidad sea porque se usa un método único —basado en la demostración matemática— que permite reducir la diversidad de elementos a un número limitado de leyes, sea porque se intenta reducir todos los saberes a un solo principio. Tras la publicación de esta obra, Descartes comenzó a recibir numerosas cartas de lectores que ponían en tela de juicio algunas de las doctrinas defendidas por él, como el modo de distinguir el alma del cuerpo, el rechazo de las formas substanciales, la confirmación de las hipótesis científicas a través de los efectos, etc.

La dificultad encontrada por el público culto de la época para aceptar la filosofía cartesiana le indujo a nuestro autor a analizar con mayor atención las cuestiones metafísicas, que en el “Discurso” se hallaban sólo bosquejadas. En una carta a Mersenne, fechada el 13 de noviembre de 1639, Descartes le comenta que está trabajando en la redacción de un nuevo tratado de carácter metafísico y que, una vez terminado, lo dará a leer a un grupo de teólogos doctos para que le den su parecer. La obra a la que se refiere Descartes no es otra que las “Meditaciones metafísicas”. El nuevo libro se publicó en 1641, junto con seis objeciones de ilustres filósofos y teólogos —como Gassendi, Arnauld, Mersenne, etc.— seguidas de las respuestas a las mismas. En la segunda edición de 1642 se añadió la séptima y última objeción con la consiguiente respuesta. Las “Meditaciones” presentan un nuevo tipo de metafísica, en donde la materia es reducida a pura extensión, el alma a pensamiento y se propone una prueba de la existencia de Dios a partir de la idea de infinito que se halla en el pensamiento humano. Las diferentes tesis defendidas en este libro suscitaron numerosas polémicas.

Una vez asentadas las bases metafísicas, Descartes consideró que el público estaba ya capacitado para entender la nueva física que había ido elaborando a través de tratados ya publicados sobre la luz, los meteoros, la geometría, u otros que todavía no habían salido a la luz, como “El mundo”. Con este objetivo, en 1644 publicó los “Principia philosophiae”. Con el fin de darles la mayor difusión posible, los redactó en latín, la lengua franca de las Universidades y los cenáculos culturales de la época. Además de dedicar las dos primeras partes del ensayo a exponer los principios generales de su física —la concepción de la materia y las leyes del movimiento— y a explicar la dependencia de éstos de una nueva metafísica, estudia en las otras dos partes tanto los fenómenos astronómicos como los terrestres: la luz, las propiedades de los minerales, el magnetismo. Aunque el proyecto inicial era investigar también el origen de las plantas y animales, tuvo que desistir de ello debido a la complejidad de ese proyecto. Sin embargo, en la última parte del libro, a propósito de la unión y distinción entre el alma y el cuerpo, se añaden algunas tesis sobre la fisiología y función de los sentidos humanos que abogan en favor de la unión entre cuerpo y alma, pues es experimentada sensiblemente aunque sea imposible de concebirse. Esta última parte puede considerarse, pues, como un resumen del “Tratado del Hombre”, aún no publicado, que contiene una fisiología y psicología mecanicista, y un antecedente de una obra posterior, la “Descripción del cuerpo humano”. En la segunda edición de los “Principia”, traducidos al francés, Descartes añadió un prólogo o “carta del autor”, en el que, además de explicar cómo en cuestiones filosóficas uno debe regirse sólo por la razón, se refiere a la ciencia universal mediante la imagen de un árbol, cuya raíz es la metafísica, el tronco, la física, y las ramas, la medicina, la mecánica y la moral.

Es verdad que, ya en el “Discurso”, Descartes considera la moral como una de las partes más importantes de la filosofía, en cuanto que el objetivo de la ciencia universal es la felicidad en esta tierra. Sin embargo, en esta obra primeriza se limita a indicar aquellas máximas que configuran una ética provisional, necesaria para proseguir sin obstáculos prácticos el desarrollo de su filosofía. Sólo en 1649, como consecuencia de una larga correspondencia con la princesa del Palatinado, Isabel de Bohemia, publicará las “Pasiones del alma”, un tratado en el que se contiene una teoría original sobre las emociones y su influjo en la moral.

En aquel mismo año, Descartes aceptó la invitación de Cristina, reina de Suecia, para residir en su corte, con el fin de introducirla en la nueva filosofía elaborada por él. El rígido invierno sueco, los horarios espartanos a que fue sometido por su anfitriona, minaron la salud de Descartes, quien murió de pulmonía el 11 de febrero de 1650, a la edad de 54 años.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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