LAS CONFESIONES DE CRISTINA

Mitomanía, oportunismo y desesperación
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Cristina Fernández de Kirchner concedió una entrevista para el diario “El País” de España. Más allá de el repetido discurso que últimamente ha usado, el cual ya ha sido analizado en extenso por todos los medios de comunicación, en este caso hizo dos afirmaciones que han llamado la atención, ya que suponen un giro de 180 grados en su acostumbrada arenga política.

Por un lado, la ex Presidenta de “todos y de todas”, finalmente tuvo que admitir que en su gobierno hubo corrupción. Esto, si se lo analiza de manera superficial, debería quedar como que el personaje que emitió la sentencia, a la larga se rindió ante la contundencia y cantidad de pruebas que apuntan en el sentido de que una de las características más salientes de los dos períodos presidenciales que la posicionaron en la Primera Magistratura de la Nación es, precisamente, el altísimo grado de corrupción de tantos ex funcionarios de su administración, que resulta paradójicamente más sencillo nombrar a aquellos que no están sospechados de actos incompatibles con los de un servidor público que intentar hacer la interminable lista de nombres que están bajo investigación o directamente imputados por la justicia, por la supuesta comisión de delitos contra las arcas públicas, es decir, delitos de corrupción desde el Poder, comenzando, si se intentase hacerlo, por ella misma.

Pero, no seduciéndonos ante una afirmación que, por su notoria evidencia y magnitud, a nadie sorprende, la cuestión sería encontrar las razones más profundas para hacer público algo que ya es por todos conocido. En este sentido, quizá cabría la posibilidad de pensar que con lo dicho, la hacedora de la “década ganada” ha querido realizar un acto de constricción, o, si se quiere, una concesión, que la coloque ante la opinión pública como a aquella persona que ha cometido un delito, o que ha sido testigo o a tenido conocimiento de la comisión del mismo, y ahora se siente arrepentida de ese acto o del silencio y la omisión en denunciarlo.

Si se optara por esta última línea de pensamiento, y adelanto que es la que yo elijo, el explicito reconocimiento le podría significar, a una persona común, el derecho a que se le otorgue una nueva oportunidad para enmendar el perjuicio cometido. Pero, tratándose de quien hoy nos ocupa, de quien ostentó un cargo de tamaña relevancia para los destinos de millones de personas, de la responsabilidad que configura la tarea asumida por un primer mandatario, el perdón, que tácitamente se está solicitando, no es ya algo tan fácil de digerir ni mucho menos de otorgar.

Los errores en política se deben pagar. Y el pago de los mismos debe ser muchísimo más caro que aquellos errores en que se incurre en la vida civil. La representación de los intereses generales de una nación, que son convergentes con la investidura presidencial, imponen una rigurosidad de una magnitud mucho más amplia, elevada e importante que la del ciudadano común. Entonces, sería irrisorio suponer que cuando el político confiesa públicamente, esa sola confesión deba obrar como un acto espontáneo y cubrir los hechos con un manto de olvido.

Por otro lado, si la confesión parte de un político de las características que durante tantos años supo evidenciar la “abogada exitosa”, cuesta creer que sea sincera, por no decir, decididamente, que es parte de una estrategia electoralista, cual “manotazo de ahogado”, que se aferra a la última posibilidad que se le ofrece para quedar, ante la opinión pública, como un simple ser humano que comete errores como cualquier mortal. Y cuesta creerlo, por el hecho de que jamás se mostró como un sujeto común y corriente, con grandeza y con flaquezas. Al contrario, siempre ha querido estar, al menos, en un escalón más alto que el resto de la ciudadanía. ¿O, acaso, alguien puede olvidarse aquello de que “hay que temerle sólo miedo a Dios, y un poquito también a mí? Típica expresión y amenaza de quien se tiene, a sí mismo, por superior, por omnipotente.

La segunda afirmación de la ex Presidenta, en la referida entrevista, que es digna de análisis, es la que asevera que nunca la ha seducido el Poder. Esto resulta, todavía, más inverosímil de creer que la aceptación de corrupción en su gobierno. Resulta así, ya que la personalidad de la viuda de Néstor Kirchner denota todo lo contrario. De igual manera, su vida política es un vivo reflejo de la gran seducción que obra en su psique el poder. Cristina Kirchner es un “animal” político que ha pasado por todos los sitiales del Poder. Una mujer que ha ido siempre por más, hasta que, finalmente, y dicho por sus propios labios, después de ganar las elecciones presidenciales de 2011, se dispuso a “ir por todo”. ¿Qué significaba ese “ahora vamos por todo”, sino ir por algo que le había estado vedado hasta ese momento? ¿ De qué manera se interpreta tan fallida expresión, y en el mismo sentido tan fallido acto del inconsciente, para alguien a quién el Poder no lo seduce? “Ir por todo” significaba mucho más que profundizar un modelo idealista, un “relato”. “Ir por todo” era ir por la reforma de la Constitución para lograr una “re reelección”, que le permitiera perpetuarse en el cargo, aún cuando el modelo se estuviera cayendo a pedazos.

El Poder seduce siempre. Seduce a cualquier político de esta época. A menos que resurjan en el país políticos de la talla de Arturo Illía, por quien siento una profunda admiración y respeto, descreo por completo en aquél que me quiera hacer creer que el Poder no lo seduce. Quizá, y esto es sólo una opinión muy personal, yo pueda ser parte de una gran mayoría de ciudadanos que hemos dejado de creer en todo lo que los políticos nos dicen, y hemos pasado ha ser más críticos de lo que normalmente solíamos ser. Pero, también hay que admitir, que no a todos los políticos se los debe medir con la misma vara. Y, en este punto, debo decir que hoy mido a aquellos que ya han tenido la oportunidad de demostrar de qué madera están hechos de una manera distinta a como lo hago con quienes aún están intentando demostrarlo.

En definitiva, a mí, y estoy seguro que a muchísimos argentinos como yo, la ex Presidenta ya no nos convence más con palabras “huecas”. A Dios gracias, hemos sido mayoría los que en 2015 nos sentimos estafados por todo lo que ocurría en el país y decidimos darle la oportunidad a una fuerza nueva. Y, asimismo, estoy persuadido que en estas elecciones legislativas que se avecinan volveremos a ser mayoría los ciudadanos que ya no dejamos que nos vuelvan a vender “espejitos de colores”.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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