EL TIEMPO QUE NOS TOCA VIVIR

Las dos caras de la corrupción desde el poder
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Con el fallecimiento de María Julia Alsogaray , ocurrido en el día de ayer, no sólo muere un icono de la frivolidad menemista, la cara bonita de la corrupción desde el poder de los '90, sino que también se puede comenzar a vislumbrar de qué manera el ocaso de los todo poderosos, de aquellos que alguna vez sintieron que estaban por encima de todo y de todos, incluso por encima de las instituciones mismas, les tiene reservado, únicamente, una necrológica al final de su existencia.


Lo de la ex interventora de ENTEL, la Empresa Nacional de Telecomunicaciones que se constituyó en la primera gran privatización de una época signada por la venta de todo lo que Argentina podía vender, aunque se tratasen de las “joyas de la abuela”, o de SOMISA, la empresa siderúrgica más grande del país y una de las más importantes de sudamérica, que también contó con su intervención, y que pasó a manos del Grupo Techint, así como su paso por la titularidad de la Secretaría de Medio Ambiente, en dónde la ex funcionaria menemista mostró el lado más perverso del neoliberalismo de los años 90, con la desidia propia de quienes sólo ocupan un alto cargo ministerial por ambición de dinero y figuración, sin tener la menor intención de abocarse a la tarea encomendada, hoy se torna en reflejo de la forma en que los poderosos grupos económicos mundiales recalan en un país como era la Argentina de esos años, con el determinado fin de “vaciarlo” completamente, de dejarlo en la ruina, de “chuparle” hasta la última gota de jugo, valiéndose de dos factores que necesariamente deben ir de la mano: inescrupulosidad de altos funcionarios del Estado y el decidido aprovechamiento de las graves falencias socio políticas que afectan a una Nación que había salido hacía muy poco tiempo de la larga noche de oscuridad institucional que implicó el período inaugurado en 1930, con el derrocamiento de Hipólito Irigoyen, hasta 1983, con la asunción del Presidente Raúl Alfonsin.


Es que María Jualia Alsogaray perteneció a una familia con un arraigado sesgo antidemocrático y autoritario, si los hay, y que supo encararse siempre dentro del selecto grupo que se auto irrogó el mesianismo de creerse los únicos capaces de conducir los destinos de la República.


Los Alsogaray siempre cayeron bien parados en los gobiernos autoritarios y de tinte ultra liberal. Alvaro Alsogaray, padre de María Julia y fundador de la UCDE, Unión de Centro Democrático, fue funcionario de la Revolución Libertadora, que derrocó en 1955 al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón, Ministro de Economía de Arturo Frondizi, cargo desde donde acuño la celebre frase “hay que pasar el invierno”, y luego en el gobierno provisional de José María Guido. También fue embajador argentino ante Estados Unidos durante la “Revolución Argentina, con Juan Carlos Ongañía como presidente de facto, habiendo tenido una activa participación en el golpe militar que desalojó del poder a otro presidente constitucional, el de Arturo Illía.


Con la llegada de la democracia al país, en 1983, esta casta política oligárquica fundó un partido político, especie de reedición de aquél viejo conservadurismo que había tenido un significativo protagonismo hacia finales del siglo XIX y hasta la culminación de la denominada “década infame”, agiornando las viejas ideas al nuevo camino de institucionalidad que se abría en paso en la Argentina, pero sin renunciar a ninguno de los acostumbrados privilegios que siempre obtenían estando al lado del poder.


Es muy probable que para las nuevas generaciones, que entraron a la política de la mano del kirchnerismo, la figura de Maria Julia Alsogaray sea bastante desconocida, ya que esta mujer, que supo disfrutar de un inmenso poder y deleitarse con las luces del estrellato más digno de la farándula del espectáculo que de la notoriedad de la política, fue una engranaje indispensable del régimen menemista que también contó, entre sus filas, con las figuras de Néstor y de Cristina, en un pasado que seguramente han querido borrar y del que, para su más hondo pesar, les es imposible desprenderse.


Las comparaciones siempre son odiosas, pero es imposible dejarlas de lado. Hoy me viene muy fresca a la memoria la memorable tapa de la revista “Noticias”, con una María Julia Alsogaray envuelta en un espectacular tapado de visón y sin más nada debajo, y trazar un paralelismo con Cristina Fernández de Kirchner, mostrando sus costosas vestimentas, joyas y accesorios, a todo un pueblo cruzado por el hambre y la miseria, a una nación con altísimos índices de pobreza, indigencia y desocupación. Cada una, en su momento, representó, de una manera bastante similar, la gran diferencia que había entre el “relato” y la realidad cotidiana de una Argentina que se desangraba por dónde se la mirara.


A estas dos mujeres las sedujo, de manera diferente, una misma visión: el poder. María Julia, acostumbrada desde siempre a los lujos, pero carente de una personalidad que por sí misma la pudiera depositar en la cúspide política, vendió su “linaje” al mejor postor del momento, para lograr su cometido. Cristina, dueña de un carisma político inmenso y arrollador, pero sin los brillos que el dinero suele otorgar a quien lo posee, también vendió su capacidad de dirigente y de figura central de su época, a todo aquel que tuviese el suficiente dinero como para “adornarla” lo suficiente.


De María Julia ya conocemos su ascenso, su poder, sus lujos, sus extravagancias, su declinación, sus visitas a los juzgados, sus estadías en la cárcel y su ocaso definitivo. De Cristina, tan solo nos falta conocer las dos últimas etapas por la que transitó la hija de Alvaro Alsogaray. Pero es sólo cuestión de tiempo, por que, como se suele decir, “a cada chancho le llega su San Martín”.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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