¿CAMBIANDO O RECALCULANDO?

EDITORIAL 25/09/2017 Por
El gobierno niega la realización de cambios drásticos en cuanto a organización laboral, pero anuncia sin disimulo la necesidad de llevarlos a cabo. Por otro lado la inserción en el mundo evidenciada hasta ahora tiene claro signo negativo
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Isaias AbrutzkyIsaías ABRUTZKY / Especial para R24N

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La llegada de Cambiemos al gobierno puso sobre la mesa un debate -entre muchos- que se consideraba zanjados.

Las reformas laborales del primer peronismo no quedaron simplemente como regulaciones en materia de salarios, vacaciones, aguinaldo, etc., sino que reformularon la cultura en lo que hace a la relación entre el capital y el trabajo.

A Jorge Luis Borges le parecía extravagante que los asalariados cobraran trece meses de sueldo cuando trabajaban solamente doce. También que veintidos jugadores se disputaran una sola pelota. Pero lo cierto es que tanto la remuneración como el futbol siguieron formando parte de las más firmes tradiciones argentinas.

Ellas no fueron cuestionadas por ningún gobierno, elegido democráticamente o impuesto por las armas, aunque el fútbol recibió más atención que el aguinaldo: recordemos los esfuerzos de la dictadura para que Argentina fuera campleón mundial en el 78.

Todavía nadie mencionó la posibilidad de reemplazar el sueldo anual complementario (ahora medio sueldo semestral) por un bono voluntario por parte de las empresas. Y obviamente nadie lo hará antes de las elecciones. Pero la flexibilización laboral anunciada a través de muchas expresiones presidenciales (“hay que trabajar sábados y domingos”, “Cada uno debe conformarse con lo mínimo que le corresponde”, “hay que bajar costos y el salario es un costo más”) va camino a ser un hecho, y hasta ya se puso en práctica con los petroleros en Vaca Muerta.

¿Insertados en el mundo?

Los funcionarios del gobierno siguen alabando lo que ellos llaman la apertura hacia el mundo. Lo hacen a pesar de la flaqueza de los resultados obtenidos hasta el momento. Vinieron algunos líderes, pero fundamentalmente a vender armas, no a comprar nuestra producción. La triste imagen de la vicepresidenta hablando a las sillas vacías del salón de la Asamblea General de las Naciones Unides es una muestra elocuente del casi nulo interés por la Argentina.

En las inversiones extranjeras se centró gran parte de la expectativa del gobierno por el crecimiento y el desarrollo, pero la respuesta se limitó a la especulación financiera, que no aporta nada sino que viene a llevarse los recursos.

Las divisas provenientes del endeudamiento con el que el gobierno aspira a reducir el déficit fiscal no se dirigen a ese objetivo, ya que al desbalance anterior se agrega la terrible carga de intereses que generan tales préstamos. El 40 por ciento de esos dólares ya se fugaron del país y del control del Banco Central por los varios mecanismos existentes: atesoramiento, viajes al exterior, importaciones, compras en las fronteras.


Las mismas estimaciones oficiales en cuanto al balance comercial no son para nada optimistas en su proyección futura. No habrá superavit comercial por una buena cantidad de años, de manera que la única forma de enfrentar el déficit será reciclando la deuda, lo que puede dar lugar a una bola de nieve que arrase con todo. Y es de campo amigo de donde vienen esas preocupaciones, a estar por las expresiones de Melconian y otros economistas afines.

Los economistas que se ubican a la derecha del gobierno en cuanto a las políticas económicas sostienen que la única diferencia entre el gobierno kirchnerista y el de Cambiemos en este aspecto es la forma de financiar el déficit, y que se requiere un “verdadero” ajuste. Probablemente a los funcionarios no les disguste la idea, pero la necesidad de votos le impide reducir el gasto público.

El Congreso fue hasta ahora muy benigno con el gobierno, en aras de la gobernabilidad, pero los planificadores no confían demasiado en el Poder Legislativo, donde están y probablemente seguirán en minoría. Entonces presentan un presupuesto potable pero luego lo subejecutan.

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