0,21% : ¿ QUÉ FESTEJA?

Sólo los débiles mentales pueden celebrar una victoria en una competencia inexistente
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Hay hechos y sucesos que son tan difíciles de analizar, por que por más que las veamos de arriba a abajo, las demos vuelta del derecho y del revés, simplemente parecen no tener una explicación lógica.

¿De qué manera se puede catalogar como triunfo a aquello dónde no existió competencia? ¿Cómo es posible hablar de ganadores y de perdedores ante un acto cívico en el que la mayoría de los participantes no obtenían ningún galardón? ¿ Cuál es la lectura que debería hacerse frente a números que indican que no existe, hoy por hoy, en nuestro país ningún político o partido que concentre de manera mayoritaria la adhesión de la ciudadanía? ¿Cómo se puede festejar con algarabía cuando nada se ha obtenido ni nada ha demostrado contundencia como para conjeturar una potencial victoria de un proyecto sobre otro?

Claro que todas estas preguntas, para poder responderlas, deben ser colocadas en su exacto contexto de tiempo, lugar y espacio.

En cualquier lugar del mundo, en cualquier otro país que se precie de tener una dirigencia política responsable y adulta las cifras finales arrojadas por el escrutinio definitivo de la Elecciones Paso darían mucho más para la preocupación y el replanteo de muchas cosas que para el alborozo.

Pero estamos en Argentina, y estas elecciones primarias son tan al estilo criollo como el dulce de leche o el asado con cuero. Y es en este contexto en dónde se deberá encontrar una explicación para tanta alaraca.

Es verdad que si un político obtiene un CERO COMO VEINTIUNO POR CIENTO más de adhesiones que otro, significa que una mínima porción del electorado volcó su preferencia hacia él. Pero, tampoco es para estar tirando “manteca al techo”, ni para ponerse “loco de contento” porque, en realidad, acá, en la China y en la Cochinchina, esto importa lo que cualquiera que conozca de política denomina un verdadero “empate técnico”.

Por otro lado, uno se plantea interrogantes sobre cuestiones que solamente pueden pasar en este país: en primer lugar, y más allá que jurídicamente hablando no exista impedimento alguno para que la ex presidenta de “todos y de todas” se presente a un acto eleccionario, a nadie se le puede escapar que sigue siendo la ex servidora pública (?) con más cantidad de causas pendientes en los estrados judiciales. En ese mismo sentido, cómo es que puede contar con la “entidad moral” como para pretender obtener una banca en el Senado de la Nación quien fue la protagonista indiscutible de uno de los períodos de la historia nacional que dejó al país en ruinas y al borde del abismo.

Y si de entidad moral hablamos, qué tipo de representación pretende irrogarse esta mujer que ni siquiera, aunque más no fuera por protocolo, cumplió con el mandato constitucional de entregarle a otro presidente elegido por el pueblo los mismos atributos del Poder que ella misma recibió oportunamente?

Cómo puede ser que los argentinos sigamos permitiendo que los más controvertidos nombres de la política nacional, aquellos que no repararon en fomentar odios, discordia y desencuentros entre los habitantes de esta nación, puedan formar parte de un Poder como el legislativo que, casualmente, es el encargado de dictar las normas y leyes para hacer más pacífica y beneficiosa posible la convivencia social?

Sinceramente, de no ser por conocer perfectamente la idiosincrasia del argentino medio, la forma en que ciertos personajes se enquistan en el poder para seguir cometiendo los actos más reñidos que puedan existir dentro de la función pública, resultaría absolutamente imposible de interpretar.

Ningún gobernante en la historia de la humanidad, ni aún aquellos que han ejercido el poder de la manera más despótica posible, y a los cuales se les puede atribuir la más grandes desgracias de sus gobernados ha podido resistir por mucho tiempo los designios de la voluntad popular, salvo en Argentina, dónde todo lo imaginable y lo inimaginable se puede dar.

Y esto último, por mal que nos pese, no es un motivo de orgullo, sino todo lo contrario, ya que somos, en muchos aspectos, el ejemplo a “no seguir”.

Alguna vez, cuando un argentino se encontraba en cualquier parte del mundo y se lo reconocía como tal, se daba la situación de que todos envidiaban su condición de ciudadano de estas latitudes. Pero esto ha cambiado. Hoy el mundo se compadece, cuando directamente no se burla, de esa ciudadanía otrora enorgullecedora. Porque todas esas preguntas que consigné al principio de esta nota tienen, fuera de las fronteras de nuestro país, una respuesta que nos averguenza.

El mundo sabe que fuimos gobernados durante doce años, durante una de las etapas de crecimiento global más fabulosas de los últimos cien años, por una asociación de delincuentes que hicieron de las suyas a diestra y siniestra. Pero parece que eso que el mundo sabe, acá, aunque no es un secreto, no incide como para impedirle a un ladrón volver a ocupar un alto cargo representativo sin antes haberle pagado a la sociedad por sus delitos.

Eso es justamente lo que peor imagen nos genera ante los ojos de las naciones del planeta. Esa forma tan particular que tenemos de interpretar, a nuestro estilo soliviantado de toda carga ética y moral, los hechos más trascendentes de la vida en sociedad.

Por eso mismo se debe insistir hasta el hartazgo, machacando de la menara más contundente posible, con la necesidad de producir un “cambio cultural” que pueda volver a conducirnos, en todos los ámbitos de la vida, por sendas de corrección, retomando el camino de los grandes valores éticos, tanto en la vida pública como en la privada.

Ninguno de nuestros males sociales, llámense inseguridad, pobreza, narcotráfico, baja calidad institucional y de vida, mediocridad jurídica, marginalidad y muchos etcéteras más van a poder ser combatidos y, mucho menos, revertidos o disminuidos a valores aceptables para una sociedad civilizada si seguimos festejando victorias de personajes indignos y triunfos en competencias inexitentes.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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