LA GRIETA POLÍTICA ARGENTINA

La grieta política también es una manera de crear un estado de cosas que, en buena medida, beneficia a una parte de la sociedad en detrimento de otra
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Dicen que para que se produzca una pelea hacen falta, al menos, dos personas que estén dispuestas a pelear, ya que si a una de las partes le es indiferente o considera que la pelea no tiene sentido, la que sí está dispuesta a pelear no podrá realizar absolutamente nada, obviamente por falta de contrincante.

En cambio, si de grieta se trata, tan sólo basta la voluntad de una persona, grupo o asociación de individuos con determinada ideología social, política o religiosa para crearla, ya que la simple intención de ubicarse a uno de los lados, desconociendo que la equidistancia que separa a los seres humanos son modos diferentes de ver un camino, pero con un objetivo final que en definitiva los une, es ingrediente suficiente para su aparición.

Las grietas se dan en todos los ámbitos y niveles de la vida en sociedad. Desde que el hombre se unió, por primera vez con otro ser humano, para formar una comunidad de vida, la posibilidad de crear esta grieta configura un estado potencialmente latente en cada una de las etapas de su transcurrir.

Ya, en los albores de la humanidad, el hombre ha tendido a juntarse con otros congéneres para formar lo que hoy denominamos “sociedades”. Y dentro de las sociedades humanas están, claramente diferenciados, los niveles en lo que se refiere a las relaciones de familia, trabajo, cultura, religión y, por supuesto, política.

Dentro de la familia, el divorcio, tal y como hoy lo conocemos y de la manera en que nuestra ley lo legisla y reglamenta, es el mejor ejemplo de grieta existente. Hoy, y en esto lo jurídico ha avanzado muchísimo, el divorcio no depende de la voluntad de ambos cónyuges, sino que sólo hace falta la intención de uno sólo de ellos, en el sentido de querer disolver el vínculo conyugal, por el motivo que sea, para que se vuelva operativo y comience a producir efectos jurídicos. Es decir, el legislador ha interpretado, sabiamente, que si una persona ya no quiere o no le interesa seguir manteniendo una relación legal, dentro de ese instituto que se denomina “matrimonio”, nadie puede obligarla a permanecer o ser parte de él.

Pero, tampoco es que la ley permite la disolución del vínculo conyugal así como así. No, esta disolución esta reglamentada y sujeta a una multiplicidad de derechos y obligaciones que se derivan de su misma implementación. Así, podemos encontrar, como un derecho, la capacidad que le asiste al divorciado para contraer nuevas nupcias. De igual manera, los divorciados adquieren obligaciones que, generalmente, están relacionadas con los aspectos de guarda, cuidado y manutención de los hijos.

Ahora bien, si de política hablamos, la grieta se asemeja en ciertos aspectos al divorcio, pero se separa de esta figura en otros muy importantes.

La política admite, y ciertamente es el reflejo de la sociedad en que vivimos y nos desarrollamos, la multiplicidad de ideologías que existen dentro del seno de una nación. Es por ello que los habitantes de un país, sea de manera dinámica o de una forma más pasiva, adhieren a una determinada corriente de pensamiento y le otorgan, mediante el ejercicio de sus derechos ciudadanos, la posibilidad de representación que hace al espíritu de la democracia. Pero esta adhesión, de ninguna manera debería significar la irrogación de la capacidad de enarbolar una verdad como “única”, desconociendo todas las demás posturas ideológicas existentes. Y es justamente cuando se da esta situación, que la grieta política comienza a hacerse evidente y a producir efectos tan nocivos para la sociedad, como también de un alcance muy poco probable de calcular.

Y a diferencia de lo que ocurre dentro de esa grieta definitiva que supone el divorcio de dos personas unidas en un matrimonio, la grieta política no puede ser considerada como un fin en sí misma, y mucho menos como el punto de partida hacia una nueva forma de convivencia de las personas. Esto es así, porque en lo que a política se refiere, dentro de los buenos parámetros sociales, ésta debe encaminarse a la realización del bien común de todos los habitantes de una nación, por lo que su sola aparición conlleva una situación que es diametralmente opuesta a la realización de ese fin.

Dejando de lado todo tipo de hipocresías y elucubraciones, es dable reconocer que la grieta política también es una manera de crear un estado de cosas que, en buena medida, beneficia a una parte de la sociedad en detrimento de otra. Para dejar esto bien en claro, basta hacer un ejercicio de pensamiento e imaginarse situaciones en las que existen modelos o formas de hacer política que están perimidos por el paso del tiempo o agotados en sí mismos. Pero, si quienes todavía tienen intenciones de que esos modelos sigan siendo vigentes, nada mejor que instarlos a un lado de una grieta, creada a esos sólos efectos, para que conserven una cierta eficacia.

Muchos son los medios e interlocutores, analistas o simplemente los emisores de opinión que, erróneamente, le atribuyen a Jorge Lanata la creación de la grieta política que hoy divide a la sociedad argentina. Quizá pueda decirse que fue el periodista y conductor de PPT quien primero habló de ella, aún cuando el kirchnerismo manejaba los destinos de los habitantes de este país. Pero es un completo absurdo atribuirle a un personaje mediático, por más prestigio y capacidad que tenga, la creación o la invención de semejante situación.

En política, un sólo personaje, por su propio peso específico, es incapaz, formal y materialmente, como para hacer una línea divisoria entre los ciudadanos, y de tamaña característica.

Los estudiosos más prestigiosos, en su gran mayoría filósofos, de las cuestiones relacionadas a la vida de los hombres en sociedad, es decir a la vida política de los integrantes de una nación, han determinado, como característica fundamental de todos los “populismos”, la creación del “otro”, ese “enemigo” necesario sin el cual todo su andamiaje se vendría directamente abajo. Siendo esto así, no resulta extraordinario ni descabellado el nacimiento de una grieta, puesto que a quien se lo considera como “enemigo” es, a su vez, colocado del otro lado de una línea imaginaria que contiene a aquellos integrantes sociales que están en sintonía con esa unívoca verdad que esta clase de sistemas sostienen como estandarte y guía.

Lo paradójico de este tipo de interpretación de la realidad social es que, mientras los regímenes populistas enarbolan su “verdad” con validez universal, desconociendo la existencia de otras formar de ver y de pensar la realidad y, por ende, creando la grieta, estas otras formas se convierten en los fundamentos necesarios que justifican su razón de ser. En otras palabras, la grieta implica el reconocimiento de que hay distintas maneras de pensar, mientras intenta desconocer el elemento fundamental que sostiene todo su estructura ideológica.

En verdad, todo esto que parece un juego de palabras, no es más que una construcción ficticia para imponer un modelo y, en su caso, mantenerlo vivo aún cuando su sentencia de muerte ya está decretada por su agotamiento o por las propias contradicciones en las que incurre.

En definitiva, eso es el kirchnerismo y la grieta que produjo en la sociedad argentina: una gran contradicción, condenada, más tarde o más temprano, a perder capacidad de acción y caer en el olvido.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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