Educación religiosa en Salta: es el cristianismo, estúpido

OPINIÓN 19/08/2017 Por
Las libertades públicas no tienen por qué ser necesariamente una amenaza para la Iglesia y quienes defienden la posición liberal, a su vez, no deben considerar a la Iglesia necesariamente como su enemigo
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Cuando todavía resuenan los ecos del debate sobre el garantismo penal, debate que ha cobrado vida propia a tal punto que hace tiempo que cuenta con su propia etiqueta: "2×1", en estos días emerge la discusión sobre la educación pública laica. Como viene la mano, dada esta progresión (garantismo, educación pública laica, su ruta), no nos extrañaría que la próxima discusión fuera sobre la esclavitud.

De hecho, estamos releyendo la teoría de la esclavitud natural de Aristóteles para que la defensa de semejante posición no nos tome tan de sorpresa como lo hizo la reciente defensa del punitivismo extremo, que equivale a creer que hay seres humanos que no tienen derechos humanos. Dicho sea de paso, como ya hemos dicho en otra oportunidad, también estamos releyendo los argumentos a favor y en contra de la invasión de Polonia para que tampoco nos sorprenda un eventual debate al respecto.

Si de sorpresas hablamos, la propuesta del gobierno de Salta para que, en pocas palabras, "los chicos que no quieran rezar en las escuelas públicas que no lo hagan", nos hizo acordar de la siguiente historia que solía contar Norman Erlich. Un israelí llega a la aduana de su país con varios artefactos electrónicos (televisores, reproductores de DVD, etcétera) y el oficial de aduana le pregunta:

—¿Qué es lo que trae al país?

—Comida para pollos.

—¿Cómo que comida para pollos? ¿Televisores, reproductores de DVD, radios, etcétera, son comida para pollos?

—Claro, comida para pollos. Yo se los doy a los pollos y si los pollos no lo quieren comer, entonces lo vendo.

En realidad, le agradecemos profundamente al gobierno de Salta que no haya apelado al interpretativismo para defender su posición, ya que, por suerte, parece saber que alegar que algo debe ser interpretado o "es más complejo" o "es un debate" jamás puede ser un argumento o una herramienta de análisis sino una manera de postergar innecesariamente la discusión.

Un argumento que tal vez se podría utilizar en defensa de cierto tipo de educación religiosa es otra historia que también contaba Norman Erlich. Un niño judío ortodoxo lleva a su casa constantemente boletines con notas vergonzosas, bajísimas. El padre, cansado del rendimiento, decide entonces enviarlo a un colegio católico pupilo. El niño lleva a su casa el boletín del nuevo colegio y tiene diez en todas las materias. El padre, asombrado, le pregunta: "¿Cómo puede ser? ¿Qué pasó?", y el niño le contesta: "Mirá, el primer día me llevaron a recorrer el colegio. Me mostraron todas las instalaciones. Al final me llevaron a la capilla, recorrimos todo el largo pasillo hasta el altar y ahí un sacerdote me dijo: '¿Ves ese señor que está crucificado ahí arriba? Era judío como vos'. Y entonces ahí me dije: 'Chau, acá no se jode'".

Ya que estamos tratando la religión, quisiéramos aprovechar la ocasión para despejar una confusión. En efecto, a pesar del desacuerdo entre algunos defensores de la educación pública laica y algunos defensores de la educación religiosa, por momentos existe un acuerdo entre ambos acerca de los términos de la discusión, como si las opciones fueran ateísmo extremo (o la desconexión absoluta entre asuntos religiosos y públicos) o sacralización total. Esta manera de plantear la discusión ignora, entre otras cosas, que tanto el garantismo penal cuanto la noción de laicidad o secularización (y de paso, como viene la mano, aclaramos que también la abolición de la esclavitud), es decir, dos (o tres) de los pilares del discurso liberal, se los debemos casi enteramente al cristianismo.

Hablando de Roma, como explica Paolo Prodi: "La experiencia única de Occidente" consiste en haber dado origen a un "dualismo entre poder espiritual y poder temporal madurado en el contexto del cristianismo occidental. Ese equilibrio es lo que permitió construir las modernas identidades colectivas de patria y nación, conciliándolas con el desarrollo de los derechos del hombre".

Para ser más precisos, la identificación secular de una esfera reservada para la conciencia y las elecciones individuales, en otras palabras, la noción de que existe una esfera de libertad que debe ser protegida por la ley es una noción que se remonta hasta San Pablo, o Pablo de Tarso para que no intimide tanto el rango religioso.

A decir verdad, Pablo de Tarso creía que semejante libertad era posible solamente dentro de la Iglesia. La ironía fue, sin embargo, que las propias intuiciones de libertad e igualdad morales generadas por la Iglesia terminaron siendo utilizadas en contra de la propia Iglesia, aunque bastante tiempo después y contra una Iglesia bastante diferente de la originaria.

Podemos decir entonces que el liberalismo no es sino la secularización más o menos colateral del discurso cristiano. Este es precisamente el reciente mensaje de Inventing the Individual. The Origins of Western Liberalism, escrito por Larry Siedentop, un profesor liberal de Oxford.

Ciertamente, la idea de que la cultura occidental tiene una deuda con el cristianismo en relación con los valores que más le interesa proteger, en particular con respecto a los derechos humanos, es más vieja que el hilo negro. De hecho, un liberal, aunque bastante desencantado, como Donoso Cortés, ya sabía, a mediados del siglo XIX, que la "escuela liberal", "en su soberbia ignorancia desprecia la teología, y no porque no sea teológica a su manera, sino porque, aunque lo es, no lo sabe".

Sin embargo, no pocos liberales todavía ignoran o no quieren reconocer la gran deuda intelectual y política que tienen con el cristianismo o con la teología política en general, lo cual hace que, a veces, quizás sin saberlo, los propios liberales sean proclives a redivinizar la sociedad, irónicamente en aras de la secularización total.

Por su parte, del otro lado del mostrador, los propios cristianos deberían reconocer que están peleando contra una invención cristiana y, por lo tanto, tienen que reconocer la importancia de la protección de la esfera de libertad mencionada más arriba por la que el propio cristianismo tuvo que luchar durante siglos.

Tal vez la confusión se deba, por otro lado, a que por momentos da la impresión de que la discusión tiene lugar entre el materialismo liberal y el espiritualismo religioso, como si el secularismo liberal fuera equivalente a un mero consumismo (o utilitarismo muy mal entendido) y la falta de convicción. En realidad, es al revés, ya que el secularismo ha sido empleado precisamente en contra del cristianismo cuando ha hecho falta, como, por ejemplo, cuando la Iglesia terminó siendo asociada con la jerarquía social y la coacción antes que con la igualdad moral y la protección de la conciencia.

Obviamente, sería un grave error histórico-conceptual creer que el liberalismo existía siempre ya dentro del discurso cristiano, o que el liberalismo no agregó nada relevante al recuperar o profundizar una tradición preexistente en términos de igualdad, derechos individuales, etcétera, y que, por lo tanto, el liberalismo es redundante. En realidad, es al revés: el liberalismo, por ejemplo, en materia penal y religiosa, sigue siendo más necesario que nunca. Nuestro punto, en cambio, consiste en que tanto el ateísmo militante cuanto la resacralización ignoran no solamente la genealogía de la discusión sino asimismo su estructura conceptual.

En verdad, una de las varias lecciones que puede aprender el liberalismo del cristianismo es que para ser secular hace falta contar precisamente con otra esfera no secular o religiosa. E incluso a los ateos "militantes" tal vez les convenga recordar que la noción de una "hermandad de personas autónomas" sin mediación institucional alguna no solamente suele ir acompañada por una filosofía de la historia teleológica o progresista, en el sentido literal y originario de la expresión, sino que además ella misma es reveladoramente una noción religiosa perteneciente a Joaquín de Fiore, un monje cisterciense milenarista del siglo XII. Da la impresión entonces de que, mientras haya seres humanos, va a haber religión o teología, más o menos camuflada.

Para concluir, las libertades públicas no tienen por qué ser necesariamente una amenaza para la Iglesia y quienes defienden la posición liberal, a su vez, no deben considerar a la Iglesia necesariamente como su enemigo. En todo caso, quienes creen que el liberalismo y la religión, en este caso el cristianismo, están y deben estar absolutamente desconectados, tanto en su genealogía cuanto en su estructura conceptual, lamentablemente no entienden acabadamente ninguna de las dos cosas. Semejante malentendido es un lujo que no nos podemos dar en una época como la nuestra, en la cual todavía queda tanto por hacer en materia de protección de las libertades humanas y en la que todavía se usa la violencia al servicio de causas religiosas.

INFOBAE

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