VICTORIA OCAMPO

"MI ÚNICA AMBICIÓN ES LLEGAR A ESCRIBIR UN DÍA MÁS O MENOS BIEN, MÁS O MENOS MAL, PERO COMO UNA MUJER"
Victoria Ocampo

Ramona Victoria Epifanía Rufina Ocampo Aguirre, nacida el 7 de abril de 1890, perteneció a una familia aristocrática cuya historia se confunde con la historia de la propia República Argentina. Hija de Manuel Ocampo y Ocampo- ingeniero y constructor de caminos y puentes – y de Ramona Aguirre Herrera, fue la primogénita de seis hermanas: Angélica, Francisca (“Pancha”), Rosa, Clara (que falleció a la edad de once años) y Silvina (esposa de Adolfo Bioy Casares).


Los Ocampo y los Aguirre, son dos de las grandes familias aristocraticas de la Argentina. Los Ocampo tenían grandes extensiones de campo en Córdoba y Pergamino. Justamente, a pocos kilómetros de Pergamino se encuentra el pueblo Manuel Ocampo, que fue el casco de la principal estancia de los Ocampo. La ciudad de Villa María, Córdoba, fue fundada en terrenos de la Familia. Victoria tuvo entre sus ancestros a una hija de Domingo Martínez de Irala y una mujer guaraní llamada Águeda.


Descubrí, pues, que por vía materna desciendo de Irala, compañero de Mendoza, y de una india guaraní, Águeda. Este español y esta americana tuvieron una hija, que su padre reconoció. Dados mis ‘prejuicios’ feministas simpatizo más con Águeda que con quien podía tratar de igual a igual al primer fundador de Buenos Aires”.


Victoria fue educada por institutrices todo el año. Siendo, el primer idioma que supo leer y escribir el francés, como era costumbre en la alta sociedad argentina en aquella época. A eso le seguía aprender inglés y por último español, lo que a Victoria le provocaría un trauma, al no poder ser su idioma el primero en aprender.


Cuando Victoria tenia seis años, realiza su primer y prolongado viaje europeo. Es así, como los Ocampo se embarcan con vacas lecheras a bordo, para tener leche fresca, y una pequeña cantidad de sirvientes. Es en este viaje, es donde Victoria descubre París, una ciudad a la que dedicará por siempre un gran amor y que visitaría varias veces. Es en estos viajes a París, donde asistirá a conferencias en la prestigiosa universidad de La Sorbona.


Es abril de 1913 y Victoria Ocampo y Luis Bernardo de Estrada, Monaco, están en Roma en una luna de miel que, aunque aún no lo saben, será el comienzo del fin del matrimonio. El viaje a Italia se le ocurrió a Victoria, que tiene veintitrés años y posa sobre las cosas una mirada asombrada e irreverente. Lo contrario de su esposo, que a los treinta y uno, parece vencido y es serio y formal.


Se han casado a fines del año anterior y viven en París, donde Victoria descubre en su esposo a un hombre al que, años más tarde, describirá como “susceptible, tiránico y débil; convencional, devorado por el amor propio”. Y cuando ella empieza a resignarse a no ser feliz, en Roma ocurre el milagro: un encuentro casual sellará la suerte de su matrimonio y le abrirá el camino al más apasionado de sus romances.


El hombre que iba a darle vuelta la cabeza tenía 35 años. Era primo de Monaco, y estaba en Roma como agregado en la embajada argentina. Mujica Láinez lo recordaría como “un tipo estupendo, el hombre más buen mozo de su época” y diría que su cargo diplomático podría definirse como ataché de belleza.


Los primos coincidieron en una reunión, y cuando Victoria fue presentada, el mundo se detuvo: “El me echó una mirada burlona y tierna… Miré esa mirada y esa mirada miraba mi boca, como si mi boca fuesen mis ojos. Mi boca presa en esa mirada se puso a temblar. Duró un siglo, un segundo”.


Julián Martínez, el hombre que le desbocaba el corazón, tenía una fama de libertino ganada en múltiples amoríos, y se decía que en Buenos Aires le había quedado un hijo natural que había tenido la dignidad de reconocer.
Unos días después del encuentro, cuando Victoria y Monaco regresaron a París, ella tenía una idea fija y encontró el pretexto para volver a ver a Julián: “Invitémoslo al ballet, así se desasna”, propuso.


La noche en que fueron al teatro sería inolvidable para Victoria. Estrenaba un traje de lamé azul y una audacia que después le sería proverbial. Sobre aquella noche, cuando vieron el Ballet Russe, escribiría: “Estaba ausente. anonadada por lo que hubiera podido ser y jamás sería. Sentada entre los dos primos, tan diferentes, sabía que no tenía nada que ver con alguien a quien estaba ligada por la ley, y que una afinidad física, de la que desconfiaba, me arrastraba cada vez más hacia el otro. Cuando le di la mano creí que no iba a poder soltársela (…) ¡Qué es esta locura, si no lo conozco! Yo estaba desesperada de amor”.


Pasaría un año y medio hasta que volvieran a verse. Victoria y Monaco están de regreso en la Argentina, inmersos en la debacle conyugal. Viven en una misma casa, pero no comparten nada más: ni la cama, ni las ganas, ni el futuro. Ella, tan liberal, ha decidido no divorciarse para evitarle un disgusto al padre, Manuel Ocampo, que está enfermo. Sabe que vivir bajo el mismo techo conserva las apariencias, y que hacerse ver juntos, también. Una noche, en el Colón, Victoria ve a Julián Martínez en un palco. El también ha vuelto, y se acerca a saludarla. Charlan, y aunque hay un mundo alrededor, ella no tiene ojos más que para él. Unos días después, en una comida, Julián se le sienta enfrente. Ella escribirá: “Levanté los ojos y me encontré con los suyos. Caí en el fondo de esa mirada. Caí, desmayada. Un relámpago: el paisaje de la eternidad”.


Empiezan a llamarse por teléfono. A escondidas, como cómplices, se ponen de acuerdo para leer a la misma hora el mismo libro, para coincidir “casualmente” en un concierto, para encontrarse en el hall de un teatro. Son meses los que pasan así, jugando ese juego, hasta que Julián le propone que se encuentren. La cita, como el juego, es secreta: un anochecer, en un taxi que da vueltas cerca de la Casa de Gobierno. La reunión dura media hora, y casi no hablan: los dos se han quedado mudos, abrazados hasta la despedida marcada por un beso. “Quien prueba el amor -constata Victoria-, ya no puede dejarlo”. Cuando los encuentros empiezan a sucederse, ella debe soportar los celos de Monaco. Unos anónimos lo han puesto sobre alerta: “Investigue las relaciones de V. con Julián”, dicen. Y aunque ella proteste, los mensajes dicen la verdad. Julián y Victoria ya han doblado el codo de la relación platónica, y una tarde de verano él la ha invitado a su casa y han hecho el amor.


Dirá Victoria sobre esa primera vez: “Nuestros cuerpos no necesitaban de nosotros para entenderse. No teníamos nada que enseñarles. Nos deseábamos más allá del deseo”.


Julián Martínez vive con su madre y una hermana casada que estaban en Ascochinga, y para cuando la familia regrese tiene que buscarse otro lugar. Alquila un departamento cerca del Parque Lezama, y allí empiezan a encontrarse. Nunca llegan juntos y cuentan con la complicidad del portero, una actitud que a Victoria le resulta humillante. No se encuentran nunca en sociedad, y cada uno hace su vida. Ella va a reuniones sociales, recibe amigos en su casa, que sigue compartiendo con Monaco, y baila el tango con Güiraldes. Recién en 1920, tras la muerte de su padre, se atreve a pedir el divorcio. Lo primero que hace es abandonar la casa donde ha sido infeliz junto a su esposo, y se muda a un departamento. Un mundo nuevo y vertiginoso se va desplegando ante ella, y siente que es la oportunidad de empezar a vivir de otra manera. Y justo entonces, cuando ya no necesita seguir ocultándose, una paradoja la sacude: su pasión por Julián ha comenzado a naufragar.


De sus estadías en Francia trajo el gusto por la literatura europea, que reflejó generosamente en la revista Sur y con invitaciones personales a escritores europeos a su residencia.


Victoria tenía su propio estilo. Mezclaba lo antiguo con lo moderno, vanguardista como fue ella en toda su vida. Fundó una revista literaria llamada Sur, que se convirtió en un nexo entre las literaturas latinoamericana y europea y ella trajo innovaciones consideradas modernas en su época. Justamente, fue pionera de la arquitectura moderna en Argentina, ya que diseñó la primera casa cúbica, lisa y blanca de Mar del Plata. Poco después Alejandro Bustillo construyó su residencia racionista en Palermo Chico en 1929, concepto que utilizara al trasladarse en 1941, al heredar la casa de verano de sus padres, Villa Ocampo.


Embajadora virtual e intelectual de la Argentina, por su residencia, Villa Ocampo, pasaron los intelectuales y artistas más importantes que visitaron Argentina, desde Rabindranath Tagore a Igor Stravinsky que le dedicó su ópera-ballet Persephóne y que Ocampo recitó en el Teatro Colón y en Río de Janeiro (1934).


En la Europa de postguerra, asistió a los preparativos de la creación de la Unesco en París, fue la única argentina presente en el Juicio de Nuremberg y mantuvo encuentros con figuras relevantes de la política y la cultura como Graham Greene, la reina Isabel de Inglaterra, T. S. Elliot, Churchill y De Gaulle.


Su origen social y reconocida oposición al gobierno de Juan Perón, que se extendió desde 1946 a 1955, la identificaron con un sistema cultural conservador y elitista, aunque sus relaciones personales y su revista incluían nombres de todas las vertientes incluso algunos escritores comunistas.


En 1953 fue encarcelada durante 28 días por su oposición a Perón en la cárcel del Buen Pastor de San Telmo.


En 1960 manifestó su disgusto por la visita del secretario de redacción de Sur, José Bianco, a la Cuba castrista, y Bianco renunció a su cargo.


Fue la primera mujer miembro de la Academia Argentina de las Letras. Fundo uno de los más antiguos movimientos feministas de la Argentina, la Unión de Mujeres en 1936. Directora del Fondo Nacional de Las Artes de Argentina, miembro del P.E.N. Club Internacional y doctora honoris causa de la Universidad Harvard.


La dura crítica de los escritores peronistas, y de algunos intelectuales de izquierda a su figura comenzó a atemperarse luego de su muerte.


Es reconocida como una de las más importantes animadoras culturales en la Argentina del siglo XX.


Victoria Ocampo fallece a los 88 años, un 27 de enero de 1979, en su casa de San Isidro, Villa Ocampo, producto de un cáncer de paladar que la afectaba hacia varios años atrás. Fue sepultada en la cripta familiar del cementerio de la Recoleta junto con su hermana Silvina.


Antes de morir, donó a la Unesco su casa de San Isidro, Villa Ocampo, 25 km al norte de la ciudad de Buenos Aires. Villa Ocampo, había sido la antigua casa de veraneo de su familia entre 1891 (año de inauguración de la villa) hasta 1930 (año en que fallece su padre). Victoria hereda la casa y se muda definitivamente en 1941. La Villa, con todo su mobiliario, permaneció cerrada y abandonada por largos años; en 2003, un incendio destruyó su altillo. El incendio en si, no destruyo mucho. Pero el accionar de los bomberos y el agua utilizada para apagar el fuego, daño considerablemente muebles y libros. Actualmente la casona funciona como museo (aunque en realidad sea Casa de Cultura), donde se puede visitar las distintas habitaciones de la casa: el escritorio, el comedor, la habitación donde ella fallece y principalmente la biblioteca. Esta contiene los más de 11.700 libros, de los cuales 5.000 son en francés, 3.500 en inglés y 3.000 en español.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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