¡¡¡"LADRAN SANCHO, SEÑAL QUE CABALGAMOS"!!!

A propósito de amenazas e injurias recibidas en esta redacción por contar verdades que afectan disfrazadas imágenes públicas
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Tocar, desde los medios de comunicación, temas en los que se menciona a encumbrados personajes del mundo de la política, mostrando su faceta más oscura, nunca ha sido ni será gratis.


Siempre se ha de correr el riesgo de ser objeto de la conducta antisocial y antijurídica que tan bien utilizan, ya se trate de extorsiones, ataques concretados de manera violenta o, las ya muy conocidas calumnias e injurias contra quienes se atreven a realizar una denuncia periodística, poniendo sobre el tapete social la pseudo honorabilidad de los denunciados.


Pero, es sabido que este tipo de accionar jamás amedrentó a aquellos a quienes les asiste el sagrado derecho de ser la voz de miles de ciudadanos que no cuentan con la posibilidad de llevar sus pensamientos, ideales y conocimientos a la gran masa de la población.


Contar algo de alguien, sobre todo si lo que se cuenta afecta una imagen pública que no tiene su correlato con la privada, vale decir que lo que se relata descorre un velo que esconde una verdad que se intenta preservar, aún por los medios más sórdidos posibles, de seguro molesta y de gran manera a estos personajes que “borran con el codo lo que suscriben con la mano”.


La prensa escrita ha sido, a lo largo de la historia, atacada de todas las forma posibles cuando rozó los intereses de los poderosos. La censura, persecución, encarcelamiento y hasta la ejecución de miles de periodistas es una prueba más que elocuente de hasta dónde pueden llegar aquellos que no conocen otra manera de vivir que no sea la de convertirse ellos mismos en una “gran mentira”.


Sin embargo, la historia también nos demuestra que el poder de la prensa ha sido y es, hoy en día, inmenso. Quien habla con la verdad, por más que ciertos hechos sean en muchas ocasiones indemostrables, obtiene la cuota de tranquilidad de conciencia que esa misma verdad le otorga a todos sus actos.


El periodismo ha destronado reyes, ha propiciado y servido de catalizador para las revoluciones sociales y políticas más importantes de los hombres, ha derrocado régimenes corruptos y despóticos, ha tocado la puerta de la justicia para que ésta actúe y, en definitiva, ha sido, a través de los siglos, uno de los últimos bastiones para asegurar que la verdad y la legalidad se impongan siempre por sobre los más nefastos poderes que se erigieron sobre la faz de la tierra.


Hombres que consiguieron hacerse de una cuota de poder tan impresionante, que los dotaba de un halo cuasi imposible de derribar, han caído en desgracia por obra de un periodismo independiente, responsable y plenamente comprometido con los más altos ideales que impregnan una profesión tan noble.


Las más grandes y sofisticadas organizaciones delictivas, aún aquellas que lograron enquistarse en la cima de la pirámide social, han visto el derrumbe de toda su logística y aparatologia montada para esconder sus viles e ilegales fines, fruto del empeño puesto muchas veces por un solitario periodista, pero no por solitario menos “peligroso”.


Y lo que ocurrió en tiempos muy lejanos, a siglos o décadas de distancia con la actualidad, con muchos menos medios para la tarea investigativa, hoy se potencia por la posibilidad que le brindan la globalización y las Nuevas Tecnologías, adaptadas a la profesión periodística, facilitando el rastreo y la obtención de datos que hasta hace poco era casi imposible de hacer.


Entonces, humilde pero enfáticamente, señores amedrentadores de la verdad, personeros de ocultos fines que jamás van a poder mirar con la frente alta a la sociedad, guárdense sus amenazas, sus injurias y sus calumnias, porque nada ni nadie va a poder jamás callar a la prensa, ni imponerle el miedo por sobre la necesidad de contar los hechos tal y como son.


Finalmente, como dicen que decía el Hidalgo Caballero Don Quijote de La Mancha, aunque Miguel de Cervantes Saavedra nunca lo mencionó así: “¡¡¡LADRAN SANCHO, SEÑAL QUE CABALGAMOS !!!”

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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