LOS OXIMORONES ARGENTINOS

¿Derecho de huelga y movilización por sobre el derecho de quienes quieren trabajar?
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Corrupción de menores en el deporte; operación de los “servicios” en progrmas televisivos de interés general; canje de pasajes aéreos por parte de legisladores; ex funcionarios denunciados, imputados y procesados por los delitos más diversos en el ejercicio de la función pública; inseguridad ciudadana; tarifas y servicios públicos cada vez más caros y deficientes; pobreza creciente e inflación sin freno son solo algunos de los temas que todos los días se reflejan en los medios de comunicación y que pintan la cruda realidad de una Argentina que no nació con este gobierno, sino que es fruto de años, décadas, demasiadas, de desidia y desinterés absoluto por hacer algo para combatir males endémicos que signaron la surte y el destino de varias generaciones.


Los males no suelen instalarse dentro de una sociedad determinada por que sí. Los males sociales son producto de la evolución de enfermedades que afectan a los más diversos sectores y a los que no se les supo o no se les quiso dar un adecuado tratamiento.


Claro, como dicen popularmente, muchas veces resulta más cómodo “barrer la mugre para el lado que no mira la suegra”. Y eso han hecho en nuestro país, generación tras generación, políticos y dirigentes sociales que estuvieron más preocupados por amasar fortunas o engrosar las ya adquiridas, que ser fieles servidores de ese principio básico que debe regir la obra de quienes cumplen con el mandato popular que el pueblo les otorgó: trabajar en pos del bienestar general de la población.


Los argentinos llevamos más de 70 años, con muy contadas excepciones, de gobiernos y dirigentes sociales que se colocaron a espaldas del pueblo. Por eso, lo que en un principio supuso una conducta antiética de muy pocos, después se consolidó como norma que bajaba hacia todos los estratos y niveles de la sociedad. Y es que, el ejemplo, tanto el bueno como el malo, siempre baja hacía las bases mismas de una población que no puede quedar al margen de acontecimientos y hechos que le marcan un camino, aunque errado, camino al fin.


En el día de hoy, son muchas las movilizaciones y reclamos de todo tipo que se están llevando a cabo en ciudades y pueblos de nuestro vasto territorio. No todos los trabajadores están de acuerdo con este tipo de lucha por reivindicaciones económicas, pero, materialmente, resulta imposible no plegarse a este tipo de manifestaciones, puesto que nadie garantiza, de manera eficaz, el libre goce de las garantías consagradas en nuestra Carta Magna para todos los habitantes de la Nación.


Puntualmente, puedo dar como ejemplo el caso de una movilización que se está llevando a cabo en estos precisos momentos en la ciudad de Santa Fe, convocada por la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE), sin concurrencia a los lugares de trabajo. Sin embargo, tengo pleno conocimiento, con nombre y apellido, de empleados de la Administración Pública Provincial que no se plegaron a la medida de fuerza, yendo a trabajar de manera normal y, no obstante poseer y hacer uso del mismo derecho constitucional que les asiste a quienes sí se adhirieron a la mencionada movilización, tuvieron que abandonar sus puestos de trabajo por amenazas recibidas.


Esto, como dije arriba, es sólo un ejemplo, pero sirve para graficar de qué manera son vulnerados derechos básicos por parte de quienes dicen poseer una representación para luchar en pos de mejoramientos en las condiciones laborales de sus representados. Entonces me hago la pregunta de rigor: ¿cómo se puede luchar por reivindicaciones laborales y a la vez avasallar el derecho de aquellos trabajadores que no se pliegan a esa lucha? A ojos vista, esto resulta un verdadero oximorón que desvirtúa el carácter representativo que enarbolan los dirigentes que están al frente de los grandes gremios y sindicatos del país.


A nadie escapa el costado de aprovechamiento político que toda medida de fuerza posee, sobre todo si se tiene en cuenta la larguísima historia de hipocresías y dobles discursos que caracteriza a la mayoría de los representantes de la fuerza laboral del país.


Y así como sucede con los trabajadores, también existe lo propio en lo que a dirigencia política se refiere. Y así, podríamos ir desgajando y analizando a cada estrato de la sociedad argentina con algún tipo de representación o mandato popular.


Estos males, vicios o como quiera llamárselos, que como dije no son recientes, constituyen la receta que da como resultado la decadencia en la que nos encontramos y de la que sólo podemos llegar a aspirar a salir si se opera un verdadero cambio cultural en la República. Cambio que no se producirá de la noche a la mañana o por “arte de magia”, sino que deberá implementarse a partir de un trabajo estudiado con rigor científico, de manera prolija y meticulosa, y, por sobre todas las cosas, con el consenso general de todos los sectores institucionales con poder de decisión.


En definitiva, lo que la Argentina y los argentinos estamos necesitando para poder encaminarnos hacía una senda de verdadero crecimiento social, son políticas de Estado tendientes a revertir, desde los mismos comienzos de la etapa educativa, la debacle de disvalores éticos y morales que hoy se imponen por sobre la verdadera escala que toda sociedad debe darse para vivir y progresar al unísono de los grandes avances que este mundo postmoderno nos pone al alcance de la mano y que debemos aprovecharlos al máximo posible.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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