Del progresismo a la discriminación, el difícil ejercicio de calificar a Mauricio Macri

OPINIÓN 01/03/2018 Por
La decisión de abrir el debate sobre la despenalización del aborto tiene impacto social y sacude el tablero político. Y el tema de los extranjeros no residentes agrega un punto perturbador. La agenda pública, con todo, no depende exclusivamente de esas señales
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Es difícil compaginar las decisiones de Mauricio Macri por lo que viene haciendo en los últimos días. ¿Se lo puede calificar de liberal en lo político o progresista por abrir la puerta del Congreso al tratamiento de la despenalización del aborto? ¿Y definirlo como discriminador, rozando la xenofobia, por la discusión sobre el acceso a los servicios de salud para extranjeros no residentes? Además de disparatado, resultaría insuficiente frente a algunos de los debates que vienen, cuando estaría pesando más el realismo político que otras consideraciones, además de las tensiones hacia el interior de Cambiemos.


Por supuesto que existen elementos centrales que pueden resumirse como motivaciones, aunque nada hace suponer que todo depende de una única y excluyente motivación, que sería, según los críticos más lineales, cambiar la agenda pública. Resulta infantil reducirlo de ese modo, en la óptica de algunos funcionarios que suponen que todo se trata de inteligentes movidas políticas y también como reacción de quienes etiquetan cualquier decisión sonora como una "cortina de humo".

Difícil suponer que los problemas diarios –en rigor, sus efectos- aumentan o son amortiguados según el deseo político. Influyen, sin duda, pero el aumento de tarifas, la inflación o la inseguridad proyectan malestares que trascienden ese tipo de cálculos. Esos tres rubros, por ejemplo, figuran entre las preocupaciones cotidianas más extendidas en la sociedad. Lo dicen las encuestas y el sentido común.

Existe, por supuesto, un cuadro general que explica en buena medida algunos de los pasos del Gobierno y las reacciones opositoras. Apenas pasadas las elecciones, las hipótesis sobre cómo pintaba el 2018 indicaban que se encaminaba a ser un año más económico que político. Mirado cuando recién transcurrieron dos meses del año, resulta evidente un doble error de cálculo.


El primero habría sido imaginar que la economía, aún en el mejor de los mundos, podría allanar el camino a un clima general de distensión para el tratamiento exclusivo de temas políticos e institucionales de peso –la reforma del Código Penal, por ejemplo- aunque tal vez de relativo impacto social (en términos de consumo mediático). Nada de eso ocurre al menos en este primer tramo del año y más allá incluso de algunos indicadores económicos positivos nada desdeñables.

La otra consideración tiene que ver con la imposibilidad de dejar espacios vacíos en política o, más precisamente, ceder la iniciativa. Un problema acrecentado por errores o "tiros en los pies", según la expresión usada en ámbitos del oficialismo para calificar con pesadumbre casos como el del desplazado subsecretario Valentín Díaz Gilligan.

Ese cuadro, asumido algo tardíamente de acuerdo con fuentes del oficialismo, generó algunas reacciones evidentes. Entre las primeras se contó la decisión de salir al debate con ministros y referentes de Cambiemos frente a temas potentes: al menos cinco funcionarios de primer nivel salieron al cruce de la marcha de Hugo Moyano y lo hicieron coordinadamente en la previa y en el día posterior a la demostración callejera. Otra decisión fue ampliar la agenda pública, más allá incluso del discurso presidencial en el Congreso.


Por supuesto, está dicho, incidir o imponer puntos de debate no equivale a eliminar los otros renglones del temario. El contexto, por lo demás, no es unilateral, ni estático. En el caso de la despenalización del aborto, hace rato que estaba instalado como reclamo al menos en una franja de la sociedad.

Había llegado a las puertas del Congreso, aunque con escasas chances de lograr su tratamiento. Pero ahí estaba. En otras palabras, el oficialismo no estaría imponiendo un tema descolgado de la realidad, sino tomándolo y dándole aire.

El camino en el Congreso

Puertas adentro, el oficialismo tomó dos decisiones en este terreno: no trabar el debate y enfrentarlo sin posición unificada, con libertad de conciencia. Como bloque resolvió, sí, encaminar la discusión siguiendo el trámite habitual, es decir, análisis en comisiones antes del recinto, primero en Diputados y después en el Senado.

El grupo de legisladoras que impulsa la iniciativa, de diversos bloques y acompañadas por diputados también de diferente origen, resolvió como primera reacción desarmar la idea de buscar una sesión especial el 8 de marzo, un camino que sólo tenía destino testimonial.

En el trámite intervendrán cuatro comisiones, con funcionamiento en plenario para evitar dilaciones y facilitar la convocatoria a exposiciones externas, según trascendió de las negociaciones iniciales para encarrilar la discusión. Y en principio, la coordinación quedaría a cargo del radical Daniel Lipovetsky, presidente de la comisión de Legislación general y una referencia en cuanto a la legalización, con criterio propio.

"Debate responsable", es la frase que repiten algunos legisladores en estas horas. "Hay que evitar discursos cerrados y fanatismos", traduce un diputado oficialista partidario de la despenalización. No habla sólo de quienes se oponen con el argumento de la "defensa de la vida" –incluso en su propio bloque-, sino también de impulsores del debate. No parece un sendero sencillo, dentro y fuera del Congreso.

Por lo pronto, el primer desafío será tratar como paquete o como proyectos individuales otras iniciativas convergentes, como la prevención del embarazo no deseado, la revitalización de campañas preventivas y la necesidad de mejorar sensiblemente el sistema de adopción. Son cuestiones que, más allá del discurso, exponen deficiencias notorias en un contexto que registra aún demoras y trabas en la aplicación práctica del fallo dictado por la Corte, hace seis años, sobre aborto no punible.

La tensión con Bolivia

Tampoco la idea de buscar acuerdos o convenios de reciprocidad con países de la región para la atención médica de extranjeros no residentes genera posiciones uniformes en el oficialismo. Al contrario, era un asunto ni siquiera rozado hasta ahora en las conversaciones de los legisladores. Más rispideces y posiciones encontradas provoca la intención de un sector que sugiere extender el debate al terreno de la educación.

La cuestión terminó de trascender por el planteo que hizo el gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, sobre la atención en el sistema de salud pública, y creció luego de una primera respuesta poco feliz y menos diplomática de las autoridades de Bolivia a una anterior propuesta de negociación bilateral hecha por el gobierno argentino.


En rigor, según aclaran fuentes del Gobierno, la propuesta fue hecha a varios países de la región para analizar el establecimiento de convenios de reciprocidad en materia de atención de salud a extranjeros no residentes. La respuesta del gobierno de Evo Morales, posteriormente rectificada, amplió en todo caso un tema que hasta ese momento y en la práctica tenía escala provincial.

No es un punto central de la política, con el agregado riesgoso de alimentar reacciones xenófobas. Puesto sobre el tablero, la repercusión inmediata fue registrada en el oficialismo: antes que instalar un tema, debió moverse frente a una cuestión que adquirió dimensión inesperada para muchos, incluso internamente, y que tal vez termine registrando poca extensión en el tiempo.

El Gobierno dejó trascender gestiones para bajarle el volumen al caso en la relación bilateral con Bolivia, que sí reconoce puntos de discusión complejos y tensos, relacionadas a la provisión de gas. Pero en paralelo, y más allá del impacto mediático de las primeras horas, un proyecto hecho circular en Diputados alcanzó para poner en guardia a otros legisladores de Cambiemos, entre otras razones porque sumaba a un tema no saldado, el de la salud, otro más urticante, el de la educación.

El radical Luis Petri reactivó un proyecto propio y lo hizo a través de un grupo de WhatsApp integrado por legisladores del oficialismo, habitualmente utilizado para intercambiar propuestas o informaciones vinculadas con trámites parlamentarios. Cosechó una decena de acompañamientos. Y provocó malestar en muchos de sus colegas, empezando por la UCR. "Fue oportunista", calificó otro diputado.


No fue sólo ese el problema. En pocas horas, circularon cuestionamientos sobre la necesidad de tratar temas tan espinosos de manera responsable. Y en cuanto al punto vinculado con la educación, las críticas y rechazos resultaron más duros, terminantes. Fue un final anticipado para la iniciativa.

Existen enormes diferencias de fondo, de naturaleza y de volumen entre este tema y la despenalización del aborto. La única que no debería esgrimirse es la inoportunidad, argumento pobre y esgrimido para evitar debates en todas las épocas. Y la más práctica, en cambio, tiene que ver con las propias características de las decisiones: la libertad de conciencia resulta razonable para cuestiones como la interrupción legal del embarazo, que remiten a convicciones muy íntimas. Para el resto de los temas, las posiciones son de bloque, hacen al modo de saldar los debates internos.

En ningún caso, por supuesto, los movimientos son ajenos a la forma de interpretar la realidad y a las decisiones políticas que naturalmente trabajan, o intentan hacerlo, sobre la agenda pública. Pero precisamente, la condición de "pública" implica que no responde mecánicamente al impulso político oficialista u opositor. Es la sociedad la que define el juego.

Fuente: Infobae

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