La economía se cocina en su propia salsa roja

OPINIÓN 23/02/2018 Por
Rojo es el déficit comercial, que el año pasado alcanzó la histórica marca de u$s 8.000 millones y va por más; rojo es el balance de las cuentas públicas; rojo es también el balance cambiario que elabora el Banco Central; al rojo está la inflación, que baja mucho más lento de lo prometido
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Luego de dos años de gestión Cambiemos la economía se cocina a fuego lento en su propia salsa roja. Rojo es el déficit comercial, que el año pasado alcanzó la histórica marca de u$s 8.000 millones y va por más; rojo es el balance de las cuentas públicas; rojo es también el balance cambiario que elabora el Banco Central; al rojo está la inflación, que baja mucho más lento de lo prometido; y rojo es el cable que no se debe cortar para que no estalle la bomba de las Lebacs.
 
Pese a la pose siempre optimista de los miembros del Gabinete, la situación dista de ser auspiciosa. A veces resulta ilustrativo escuchar a los economistas experimentados, hombres con más de una crisis sobre los hombros. Juan Carlos De Pablo casi que ha patentado una frase hoy célebre: ``Si seguimos así, chocamos''. A lo que suele agregar que "esto no es 2001, pero tampoco hay un boom inversor. Sólo hay algunas inversiones''.
 
Es esta sensación de calma chicha, de nave a la deriva lo que hace pensar que el Gobierno no está logrando solucionar casi ninguno de los problemas que asfixian a la economía. Y que muchas de las medidas que toma terminan por ir directamente en contra de alguno de los objetivos fijados, por caso actualizar tarifas de servicios en plena lucha contra la inflación.
 
Que la economía y la política van de la mano, no quedan dudas. Es por razones políticas que el Gobierno posterga medidas de fondo en años electorales y aprieta el acelerador en los años pares. Siente, al menos por ahora, la tranquilidad de saberse sin adversarios. De ser así, el año que viene el triunfo en las presidenciales estará asegurado y habrá Cambiemos hasta 2023.
 
¿Que quedará de esta experiencia? La respuesta es un albur. Podemos suponer que un país con algo menos de inflación, un crecimiento sin estridencias, el déficit fiscal primario encarrilado desde los gastos operativos y una tremenda mochila de deuda externa. Y la misma pobreza de siempre.
 
PUNTO A PUNTO

Para dejar en claro que este punto de vista no es antojadizo bien vale recorrer las variables antes citadas. En los números y la orientación de las políticas se deja ver, como en un oráculo, el camino a recorrer.
 
* Déficit comercial: el 2017 cerró con una balanza en rojo de u$s 8.000 millones, fruto del estancamiento de las exportaciones y el fuerte crecimiento de las importaciones. Este año enero arrojó números negativos por casi u$s 1.000 millones y las consultoras estiman que el balance, llegado diciembre, podría ser de -10.000 millones. Las exportaciones no crecen -por el tipo de cambio atrasado, la presión impositiva y la falta de infraestructura, aseguran- y las importaciones, sobre todo de bienes de capital, reaccionan vigorosas cada vez que crece la economía y demanda máquinas e insumos.
 
* Déficit fiscal: el Gobierno registró en enero un superávit fiscal primario de 3.929 millones de pesos, un 10% superior a la cifra positiva del mismo mes del año pasado. Pero el déficit financiero, que incluye el pago de intereses de la deuda, aumentó a 25.889 millones de pesos, comparado con un rojo fiscal de 5.556 millones de pesos en el mismo mes del 2017. Es decir que creció un 366%. Hago propio un comentario de redes sociales: es como si a un barco al que le entra agua se le pone una bomba de achique para vaciar lo que hay en la proa -gasto operativo-, pero sigue entrando agua por popa -endeudamiento. Al final de la jornada el buque tendrá el mismo nivel de líquido que al comienzo.
 
* Déficit cambiario: el Banco Central informó esta semana que el balance cambiario de enero arrojó un déficit de u$s 1.947 millones. ¿Cuál fue el principal motivo de la fuga de divisas? El aumento de los gastos por los viajes y compras de argentinos en el exterior. Es decir que buena parte de los dólares que toma la Argentina en el mercado internacional entran por la puerta grande, pero terminan yéndose por la ventana.
 
* Inflación: el Banco Central se vio obligado a cambiar la meta de este año, originalmente pautada en el 12%, a un más creíble 15% anual, pero ni así las consultoras privadas que integran el REM (Relevamiento de Expectativas de Mercado) le dan crédito. Ellas también corrieron el nivel de expectativas para 2018 y, herida de muerte la confianza, ubican el nivel general de precios en torno al 20%.
 
* Lebacs: los economistas han hallado una imagen de uso común, la de bomba de tiempo. Las Letras del Banco Central son un instrumento de política monetaria destinado a secar la plaza de pesos. Alta tasa de interés mediante, le ofrece a los tenedores un nivel de retorno anual superior a la inflación. Tan tentador resultó el mecanismo que el año pasado fue uno de los mejores negocios en el plano financiero. En dos años de Cambiemos el Banco Central ha pagado en pesos el equivalente a u$s 21.000 millones en intereses. Dinero que ganan las grandes empresas y los inversores de nivel medio-alto -el piso para entrar es de $1.000, pero dado el costo en comisiones recomiendan hacerlo a partir de $20.000 o directamente en $100.000- y que sale bien de la recaudación, bien del endeudamiento externo que paga la sociedad toda. El gran dilema aquí es qué ocurrirá el día que la mayoría de los tenedores decida no renovar sus Letras y el sistema se vuelva a inundar de pesos, azuzando la inflación.
 
El Gobierno está convencido del rumbo elegido y navega hacia 2023 con el optimismo de quien no vislumbra tormenta ni amenaza alguna. Y mientras pierde tiempo valioso, en algún lugar de la bodega crece un peronista simpático que, más temprano que tarde, tratará de convencer a toda la tripulación de ser el timonel ideal para llevarlos a puerto seguro. Y todo volverá a empezar, una vez más.

Fuente: La Prensa

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