EL ABORTO

El Congreso de la Nación comenzará a debatir una ley que despertará ríspidas controversias en toda la sociedad argentina
shutterstock_389589046_x5

La noticia dice que el presidente Mauricio Macri dio vía libre a los legisladores nacionales para el tratamiento de la Ley de Aborto.


Esto, en un sistema republicano de gobierno, resulta toda una contradicción absoluta, puesto que los Poderes del Estado son, como condición “sine qua non” para su funcionamiento, completamente independientes unos de otros, y Mauricio Macri es el titular de uno de ellos, el Ejecutivo, por lo que no debería existir la más mínima injerencia de su parte en cuanto a qué leyes debe tratar el Congreso de la Nación y cuáles no, más allá de las que provengan como iniciativa del mismo Poder Ejecutivo que, constitucionalmente, puede enviar proyectos de ley al legislativo para su tratamiento.


Con lo anterior, ya se puede vislumbrar una primera cuestión bastante ríspida y controvertida, sobre el tratamiento de un tema de por sí por demás muy complejo, que ha suscitado opiniones y posturas decididamente opuestas y dispares en todos los ámbitos de la sociedad en los que se impuso su discusión.


Debo decir, para ser totalmente honesto, que en mi fuero más íntimo, también existen muchos pensamientos encontrados, desde lo religioso, lo ético y lo jurídico que fuerzan, cada uno, por abrirse paso. Con esto quiero expresar que no tengo una postura firme, en lo que hace a la legalización o prohibición de esta práctica. Pero, de algo sí estoy muy seguro: cuando se habla de aborto, no sólo nos estamos refiriendo a la interrupción de la concepción de la vida de un nuevo ser, sino, fundamentalmente, al cuerpo de una mujer, cuerpo que le pertenece y del que nadie tiene más derecho que ella para decidir cuál es el camino que debe tomar. Seguramente, muchos criticarán esta postura, con ese arcaico pensamiento paternalista que dice que si una persona no sabe protegerse a sí misma, por cuestiones educativas o por otro tipo de situaciones, otros deben hacerlo por ella. Al respecto, únicamente diré que, en nombre y en torno a ese tipo de ideario, se han cometido, a lo largo de la historia de la humanidad, los más atroces atropellos e injusticias, que supusieron, y aún hoy suponen, más sometimientos y vejaciones a esas mismas mujeres por las que enarbolan el estandarte de su cruzada proteccionista.


Tratándose, entonces, de un asunto cargado de una enorme sensibilidad, que despierta pasiones y controversias en los más diversos sectores de la sociedad, hoy me limitaré a reproducir una reseña de unos de los tantos libros y escritos que se han producido en derredor al tema del aborto.


Se trata de la obra de la autora Laura Klein, titulada “Entre el crimen y el derecho. El problema del aborto”, reseñada por Fernando Molina.


“No estamos ante lo que Laura Klein llamaría un libro de “propaganda moral”, uno de esos que se limitan a confirmar aquello en lo que ya creemos. El tema de Klein no es el aborto como objeto de política pública, sino como objeto de debate ético, debate que implica la lucha entre valores encontrados que buscan predominar: por una parte la libertad, y por la otra, la vida.


No siempre es evidente que la cuestión del aborto tenga esta condición de “dilema moral”, aunque las mujeres que abortan casi siempre lo vivan como tal. En el debate público que el aborto suscita, tanto una parte como la otra tratan de minimizar el daño que su preeminencia haría al valor en el que la otra parte cree.


Los “legalizadores” (y no los “abortistas” como los llama Klein, pienso que equivocadamente) tratamos de minimizar nuestra afectación al valor “vida” con diferentes estrategias discursivas, algunas más pertinentes que otras. Un par de ellas son tan extremas que llegan a eliminar –teóricamente– el conflicto moral. Para estas teorías el aborto sería equiparable a la extirpación de un quiste, pues no reconocen que el feto tenga la cualidad, aunque sea en potencia, de persona. Por tanto, el aborto no tendría que ser motivo de dubitación ni pena, y si lo es de miedo, sólo de miedo en sentido físico, nunca metafísico: para estos “legalizadores” el aborto ni siquiera llega a tocar los bordes de lo sagrado.


¿Por qué entonces las mujeres de carne y hueso sienten dubitación, pena y miedo al abortar? Estas teorías consideran que se les impone estos sentimientos desde fuera, por impregnación de prejuicios religiosos, sexistas, etcétera. Para viabilizar su abordaje, entonces, lo primero que Klein debe hacer es refutar esta forma de interpretación, si se quiere “amoral”, del aborto. Así que toma posición contra el feminismo que ella llama “liberal”, el cual no reconoce el embarazo, que Klein define como la conjunción indisoluble de madre e hijo, aunque este hijo sólo sea en potencia. En lugar de eso, el feminismo liberal únicamente ve un individuo, la mujer, que defiende su individualidad frente a una transformación de su cuerpo que debería estar en sus manos permitir o detener. Para esta corriente el aborto no sólo no está vinculado con el crimen, sino tampoco con la muerte.


Frente ello, Klein afirma que el “aborto no es sanguinario, pero sí sangriento”. Recordemos que la legalización, allí donde se ha dado, que es donde además la religión tiene menos influencia, no ha naturalizado la vivencia del aborto, que sigue siendo un “problema” para las mujeres. Esto indica que en este asunto entran en juego más que cuestiones de hecho. Abortar puede ser legal y al mismo tiempo una mujer puede sentir que practicar este derecho legal sería inmoral (tanto si esto la detiene a la hora de hacerlo como si no). ¿Qué nos revela esto? Que no es posible reducir el aborto a una posición de fuerzas en el doble movimiento que es la opresión de las mujeres, por un lado, y la liberación de las mujeres, por el otro.


Hay valores en juego y cuando esto ocurre es inútil buscar que la ciencia o el derecho diriman los enfrentamientos. Klein lo prueba mostrando cómo los mismos avances científicos, por ejemplo el desarrollo de la embriología, pueden servirles tanto a los que defienden como a los que condenan la legalización del aborto. O cómo un mismo derecho, el derecho a poseer y usar el propio cuerpo, puede amparar tanto a la mujer que aborta como al feto que se supone no quiere ser abortado.


Los penalizadores también buscan disminuir la contradicción que existe entre la prohibición del aborto y el valor en el que nos basamos sus adversarios, esto es, la libertad. Para esto ellos también deben pasar por alto el binomio “embarazo” y concentrarse en el feto, al que dan el estatuto de “individuo” separado de la madre. De este modo a la mujer preñada no le queda otra que darlo a luz, si no desea convertirse en una criminal: no es libre de ninguna otra cosa.


Esta argumentación ignora que el feto “no es todavía”, y que sólo puede llegar a ser con la aquiescencia de la madre; por eso en ningún código penal y ni siquiera en la Biblia se castiga el aborto como un homicidio, como nos recuerda Klein. A lo que añado yo que aunque los antiabortistas nieguen la libertad de las mujeres en la gestación, ésta se patentiza en el hecho innegable de los abortos legales que se producen en diversas partes del mundo, y en la inevitable consecuencia de la prohibición, que no es la suspensión de la práctica, sino su realización clandestina.


En resumen, el gran argumento del libro es que el problema del aborto forma dos “campos éticos” que se guían por valores diferentes e irreductibles entre sí. Es decir, que no pueden convencerse mutuamente por medio de argumentos racionales o científicos. El aborto no es solo una cuestión de salubridad, jurídica o ideológica, sino un dilema moral.


Para la mayor parte de los filósofos la esfera de los valores, o esfera ética, es autónoma del resto de la realidad. Esta autonomía es la que nos permite actuar con responsabilidad de nuestros actos. Sin ella seríamos simples instrumentos o meros efectos de fuerzas externas. Por tanto, ninguna decisión moral se deriva de un hecho, sino siempre de un valor. Lo que significa que ningún hecho va a convencer a alguien en contra de su propio valor. “No hay que perder el tiempo tratando de persuadir al enemigo”, nos recomienda Laura Klein.


Hasta aquí he descrito el pensamiento de la autora y acaso en ciertos momentos lo he valorado. Ahora quisiera hacer algunas reflexiones sobre lo que el movimiento “legalizador” puede derivar y aprovechar de esta visión del debate como confrontación de valores; esto es, quisiera sacar, de la concepción filosófica de Klein, una especie de pragmática. Para ello voy a apelar, y espero que esto no le resulte chocante a nuestra autora, a algunos teóricos liberales como Weber y Berlin que también arranca su reflexión del carácter contradictorio y a menudo irreductiblemente contradictorio de los valores humanos, y por esto en algunas ocasiones aparecen citados en el libro que comentamos. No hay que confundir a estos grandes liberales con los mecanicistas del mercado que con toda razón Klein refuta como hemos visto.


Si defender distintos valores lleva a los seres humanos a enfrentarse entre sí, la última palabra la tiene… la fuerza. Para evitar este destino hemos creado las sociedades pluralistas, en las que bajo el manto de la tolerancia unos valores velan porque otros no predominen, y viceversa. En estas sociedades el antagonismo de los ideales puede matizarse e incluso dar paso a un acuerdo (aunque éste sea frágil y sujeto a constante revisión).


Las sociedades pluralistas no son totalizadoras y menos totalitarias, sino casuísticas: tratan de focalizarse en los casos, en los problemas concretos, y resolverlos movilizando tanto a la ciencia como a las distintas opciones éticas. Las reglas de las sociedades pluralistas resultan siempre de un “compromiso” entre valor y ciencia, y entre principio y consecuencia (las categorías en las que Weber fundó sus dos clases de ética). Quisiéramos que la libertad fuera absoluta, pero en la práctica de su despliegue ésta se contrapone a otro valor, el de la vida, que también es muy valioso. La libertad, entonces, no puede ser absoluta, queda limitada, no llega a ser “libertad de matar”.


Quisiéramos que el derecho a la vida fuera absoluto (que fuese “sagrado”, como dicen los antiabortistas), pero en la práctica hay muchos casos en que la vida de uno o de unos depende de la muerte de otro u otros, y por esto autorizamos a nuestras policías o a los propios ciudadanos a matar a los criminales en caso de necesidad (para no hablar de la variante, más difícil de tratar, de los países que aplican la pena de muerte).


Los casos se erigen contra las premisas. La ética de la responsabilidad relativiza la ética del compromiso. Por esta razón la mayoría de las mujeres que en teoría defienden el “derecho sagrado a la vida del feto en cualquier circunstancia”, en la práctica querrían un aborto, y en lo posible legal, si continuar su embarazo las pondría en riesgo de morir. Sólo un puñado de mártires se inmolaría por su principio. (Justamente esta flexibilidad moral de la mayoría es la que permite que haya sociedades pluralistas).


Hemos dicho que hay que atenerse a los casos concretos. Este en particular, el del aborto que se practica únicamente porque está riesgo la vida de la madre, que por lo demás desearía dar a luz a un hijo o hija, no sólo conmueve las creencias de la mayoría de los conservadores, como ya hemos visto, sino también las de los progresistas, porque la mujer afectada recurre al médico sabiendo que al hacerlo va a matar al ser que desearía conocer, criar y amar. “El aborto no es sanguinario, pero sí sangriento”.


Debajo del “topos Urano” en el que habitan los absolutos, nos dice Klein, está el terrenal espacio en el que la humanidad ha aprendido a convivir provista de un gran “solucionador de problemas”: el sentido común.


Para mí está claro que los vectores son los valores y el sentido común la resultante. El sentido común impele a evitar los riesgos que corren las mujeres abortando en consultorios clandestinos. El sentido común exige que las mujeres que han sido víctimas de una violación no den a luz un niño que un criminal les ha impuesto. El sentido común indica que no es lo mismo los preservativos que la pastilla del día después, ni ésta que abortar, y que no da lo mismo antes o después de los tres meses de gestación.


Por sentido común, entonces, legalicemos el aborto. Con ello resolveremos muchos problemas, disminuiremos muchos sufrimientos, y mejoraremos un poco (en escala humana) la ética de nuestra época, dándoles a nuestras hijas e hijos más libertad y más vida.”

Autor de la reseña: Fernando Molina

Fuente del libro reseñado: http://www.conexion.org.bo/noticia/Filosofar-el-aborto-Resea-sobre-el-libro-de-Laura-Klein

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

Te puede interesar