MÁS AGACHADAS QUE JAPONÉS CON VISITAS

Eugenio Zaffaroni y sus deseos para que caiga el gobierno de Mauricio Macri
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Los argentinos solemos reírnos y hacer chistes de grueso calibre sobre el extremo puritanismo estadounidense y de muchos países anglosajones, que en muchas oportunidades ha sido el motivo principal para truncar una exitosísima carrera política o judicial. Incluso, por estos días, ese puritanismo se ha trasladado a la esfera artística, sobre todo en casos de presunto acoso sexual y violencia de género, que han afectado a actores y directores de cine y televisión, hasta lograr que sean levantados programas protagonizados por los involucrados o se sustituyeran sus apariciones en películas que ya habían terminado de rodarse pero aún no se había producido su estreno, con el incremento de los costos de producción que estas acciones conllevan.


Sin embargo, cuando algún escándalo sacude nuestro medio, ya sea en el ámbito político, judicial o artístico, no hay chistes ni risas, sólo silencio y complicidad.


No tiene sentido detallar la cantidad de actores que en la actualidad están sospechados de acosos sexuales en perjuicio de ocasionales compañeras de escena, porque éste no es el sentido de la presente nota y, además, porque sería larguísima la lista. Pero, lo que sí es importante destacar es que a lo que hoy se lo llama, en el ambiente artístico, acoso sexual, siempre se denominó “casting sábana”, en abierta alusión a los “favores” de alcoba que debieron realizar muchas actrices para conseguir algún papel en película o serie televisiva o radia. Es decir, el hecho tiene tantos años como el cine, la radio o la televisión misma, pero se llamaba de otra manera y su naturalización no era ignorada por nadie que frecuentase esos medios.


Así y todo, el “casting sábana” o la figura penalmente punible del acoso sexual jamás ha configurado, al menos en nuestro país, motivo para que se cerrasen puertas a quienes cometían esos hechos reprobables socialmente, más allá de un par de casos puntuales que nunca fueron muy bien esclarecidos, como los del famoso locutor Jorge “Cacho” Fontana.


Por el lado de la política y del ámbito judicial pasa otro tanto. Existen infinidad de nombres de muy encumbrados dirigentes partidarios, sindicales, gremiales y referentes sociales que cuentan en su haber con un sinnúmero de denuncias por hechos que en los países del “Primer Mundo” les hubieran acarreado el fin de sus carreras, pero que en Argentina no pasaron de una noticia de un día o de un comentario en alguno de los muchos programas periodísticos de investigación que hay dentro de los medios de comunicación.


Desde los grandes “affaires” políticos, que salpicaron y salpican a ex funcionarios de alto rango, llegando, en algunos casos, hasta los nombres de hombres y mujeres que supieron posar sus reales en el “Sillón de Rivadavia”, pasando por grandes negociados entre encumbrados miembros gubernamentales y empresarios allegados al poder de turno, y una extensa lista de servidores públicos que jamás van a tener que dar cuenta de sus dobleces y sus “chanchurrios”, puesto que los mismos se naturalizaron de tal manera en nuestra sociedad que, no sólo no sorprenden, sino que caen dentro de esa “nebulosa” categoría llamada “viveza criolla”.


Pero hay un caso especial que debe llamarnos a reflexionar sobre esta perjudicial práctica de naturalizar hechos repudiables: me estoy refiriendo a las recientes declaraciones del ex ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, ex magistrado a cargo de diferentes estrados judiciales argentinos a lo largo de su carrera dentro de la justicia nacional, y ahora miembro de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Eugenio Zaffaroni, quien está abogando, desde el lugar que ocupa, y con todos los medios que tiene a su alcance, por la caída del actual gobierno de Mauricio Macri, sin que con ello se le borre la sarcástica mueca que siempre deja exhibir su cara, ni ésta tan siquiera se ruborice, teniendo en cuenta que accedió a la titularidad del Juzgado Nacional en lo Criminal de Sentencia de la Capital Federal por nombramiento que le hiciera el dictador Jorge Rafael Videla, jurando el cargo por el Estatuto de Reorganización Nacional y no por nuestra Carta Magna, que por sus manos pasaron más de 120 pedidos de habeas corpus de personas desaparecidas durante la dictadura sin que les hiciera lugar. Asimismo, hasta el año 2003, aún constaba en el sitio web de la Asociación Madres de Plaza de Mayo una denuncia criminal contra 437 jueces, que incluía a Zaffaroni en el puesto 435, a quienes se calificaba como “represores del Poder Judicial”.


Así pues, Eugenio Zaffaroni configura un claro ejemplo de la reprochable actitud de quienes anteponen sus convicciones políticas al deber supremo que tiene cualquier miembro de un Poder Judicial, sea éste nacional o supranacional, invalidándo, de hecho, su actuación en el mismo.


Pero, pese a las pruebas elocuentes que hay en contra del personaje en cuestión, a las relatadas más arriba, como a las que hacen a su decoro y moral, dando por sabido que es propietario de varios inmuebles que son alquilados por él para que hagan las veces de “prostíbulos vips”, por sólo nombrar uno de los tantos ejemplos de su manejo en lo que hace a su acervo económico, hoy se exhibe como un hombre probo y, lo que es peor aún, el grueso de nuestra sociedad lo acepta sin más, dada la enorme cantidad de distinciones que supo acumular durante su extensa carrera dentro de la justicia argentina.


Claramente, resulta inadmisible e incompatible con la función que hoy ejerce, las opiniones vertidas sobre temas que nunca le preocuparon en demasía, obviamente por la comodidad y los disfrutes que le traía consigo el “mirar para otro lado”, algo que a Zaffaroni parece no costarle demasiado esfuerzo.


La sociedad argentina debe reconsiderar, de manera urgente, la actitud permisiva que se deja evidenciar en el lugar que le da a quienes no pueden mostrar un pasado demasiado “prolijo”, y comenzar a sancionar, por medio del escarnio que se han ganado, en vez de reírse de hechos que suceden en otras latitudes de nuestro planeta, y que son vistas acá como simples nimiedades. Si se comienza por no dar cabida a esas “simples nimiedades”, esto sería una manera de erradicar de raíz alguno de los tantos males que nos aquejan y nos estancan.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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