FRIEDERICH HEINRICH JACOBI

La apertura de la experiencia humana a la realidad no sensible
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Habitualmente, Friedrich Heinrich Jacobi (Düsseldorf 1743 — Múnich 1819) aparece sólo en modo marginal en los manuales de filosofía, aunque para sus contemporáneos era una de las personalidades filosóficas más significativas del momento. Las más de las veces se lo cita a propósito de la discusión sobre “la cosa en sí” en la filosofía de Kant, y como representante de una filosofía de carácter místico que preludia el romanticismo. Efectivamente, desde ese punto de vista se puede apreciar un tema esencial de su pensamiento: la apertura de la experiencia humana a la realidad no sensible. Sin embargo, Jacobi lo entiende, no como prerrogativa de una intuición intelectual reservada al filósofo, sino como aquella experiencia metafísica básica que está presente en el fondo de todo lo que el hombre naturalmente conoce y vive. El conocimiento de la persona, por ejemplo —es éste uno de sus temas predilectos—, es inmediata y siempre presente, pero no es puramente sensible.


Como resulta evidente para el lector al ver las fechas de su nacimiento y muerte, a Jacobi le tocó vivir uno de los momentos especulativos más atormentados e intensos de la historia moderna. Desde un punto de vista muy especial —jamás ejercitó profesionalmente la filosofía, sino que se dedicó sobre todo a los negocios y a la política—, en el tiempo que le dejaban sus otras actividades tuvo la oportunidad de cultivar con libertad densas relaciones con los mayores exponentes de la cultura de la época en Alemania, como Goethe e Hamann. Sus obras se encuentran fuertemente marcadas por esa circunstancia: la mayoría son escritos breves y ocasionales, con una particular predilección por el género epistolar. Por lo demás, la informalidad de su estilo disimula la precisión con la cual, como el mismo Fichte le reconoció, era capaz de despojar un sistema de todo su aparato externo para aferrar lo esencial. Entre sus obras más importantes se pueden citar dos novelas: “La correspondencia de Allwill y Woldemar”. En ellas, especialmente en la primera, Jacobi consideró que había quedado expresado de modo más fiel su pensamiento.


A pesar de la profunda crítica a la cual Jacobi sometió a Kant —el autor con el cual más se confrontó—, mostró por él un aprecio especial, por lo menos respecto a algunas de sus posiciones de fondo. En el diálogo “David Hume, sobre la fe o idealismo y realismo” (1787) y en el correspondiente apéndice “Sobre el Idealismo trascendental”, Jacobi examina la articulación de la “Crítica de la razón pura”, presentando una valoración de conjunto de la misma que se ha hecho célebre por su crítica a la coherencia de la “cosa en sí” en el sistema del criticismo kantiano. En el apéndice lanza, por así decir, un desafío a Kant y a los kantianos, animándolos a reconocer que habían privado de una cobertura crítica adecuada al presupuesto de una realidad más allá del fenómeno, es decir, sin indicar una facultad capaz de aferrarla. Los invita, por tanto, a decidirse por el realismo o a asumir el idealismo hasta el fondo con todas sus consecuencias.


Sin embargo, en el prefacio a la “Carta a Fichte” (1799), Jacobi declara que aprecia y alaba la incoherencia de Kant frente a Fichte, quien, respondiendo a su desafío ha llevado a cabo la edificación de un “sistema” sobre la base de la “crítica”, algo que en cambio el filósofo de Königsberg había prometido pero no había cumplido. Para Jacobi, Kant habría sacrificado en su pensamiento la trascendencia de la verdad a la coherencia del principio de Vico —“el hombre conoce sólo lo que el mismo ha hecho”—, mientras que Fichte asume el principio de autonomía con todo su rigor. Por lo demás, el aprecio del la coherencia de Fichte por parte de Jacobi, va de la mano con el reconocimiento del final nihilista al que conduce el idealismo, o sea, la rescisión del último vínculo ontológico que de alguna manera subsistía todavía en la filosofía de Kant. Como es sabido, en la “Carta a Fichte” viene a la luz por vez primera el problema filosófico del nihilismo.


En 1801 aparecen dos escritos en los cuales nuestro autor vuelve a ocuparse de Kant: “Sobre el intento del criticismo de reducir el entendimiento a la razón” y “Sobre una profecía” de Lichtenberg. Aquí el filósofo afronta otro punto que, por un lado lo avecina a Kant, y por otro lo aleja de él: la relación entre el intelecto y la razón. El intelecto, según el fundador del criticismo, elabora la materia de la sensibilidad en función de las categorías “a priori” de que dispone, y de este modo genera el conocimiento objetivo. La utilidad de la razón consiste en que ésta proporciona los ámbitos mayores en los cuales se han de colocar las diversas direcciones que toma el proceso cognoscitivo, pero por lo demás no es de por sí fuente de conocimientos. Objeto de la razón son las ideas de mundo, alma y Dios. Ahora bien, dice Jacobi, dado que según Kant la sensibilidad no tiene alcance propiamente cognoscitivo, sino que manifiesta solamente las modificaciones del sujeto respecto a algo trascendente y desconocido, la acción del intelecto se acerca por tanto a la acción de la imaginación: construye figuras según un criterio de coherencia formal, como la geometría, pero sin darles garantía de realidad efectiva. A tal propósito, en estos dos escritos Jacobi atribuye al mismo filósofo de Königsberg una inflexión nihilista.


Respecto a la razón —especialmente en uno de sus últimos escritos, la “Introducción general a los escritos filosóficos” (1815)—, Jacobi afirma que la grandeza de Kant ha sido justamente el hecho de haber reconocido que el objeto de las ideas es lo que penetra y mueve más profundamente al ánimo humano: eso es lo que en definitiva queremos saber. Pero si, por una parte, tal reconocimiento sería en el sentido de atribuir por tanto a la razón una función rectora, en el sentido clásico de la “Sophía”, por otra parte, dado que Kant niega alcance cognoscitivo a la razón, la convierte al final en una reina desprovista de poderes reales, y al séquito de su ministro plenipotenciario: el intelecto. Por el contrario, Jacobi sostiene la capacidad de la razón de generar la síntesis suprema del saber, en el sentido ya indicado por el mismo Kant, pero apelándose sobre todo a Platón le atribuye una real intencionalidad ontológica.


En fin, el nombre de Jacobi está unido al famoso debate que marcó profundamente el panorama filosófico alemán durante el paso de la Ilustración al Romanticismo: la “Spinozasstreit”, o sea, la controversia sobre la herencia de Spinoza en la filosofía contemporánea. En “Cartas sobre la doctrina de Spinoza” (1785; 1789), Jacobi da cuenta de un intercambio de ideas que tuvo con Moisés Mendelssohn acerca de la última fase del pensamiento de Lessing, el máximo exponente de la Ilustración alemana. Jacobi había transmitido a Mendelssohn, el cual estaba compilando un volumen conmemorativo de Lessing, una conversación que había tenido con ese literato recientemente fallecido acerca de la validez de la filosofía de Spinoza respecto a los “conceptos ortodoxos de la divinidad”. Con esto, Jacobi quería denunciar la superficialidad de la síntesis conciliatoria que la metafísica racionalista había propuesto respecto al cristianismo. Se trata de un desafío que Jacobi lanza al racionalismo; en realidad una primera crítica, que sin embargo afectará más tarde a Schelling y Hegel. Estos últimos, en efecto, transfiguran el idealismo trascendental en forma metafísica, asumiendo el punto de vista de Spinoza: es decir, la intuición de la substancia absoluta y eterna como la indicación, aunque sea aproximada, del punto de partida de la especulación. Por el contrario, en sus “Cartas sobre la doctrina de Spinoza” Jacobi opone su propia concepción teísta y creacionista, es decir, el reconocimiento de la existencia de un Dios personal y creador, explicando esta vía como un “salto” fuera de las premisas que, fundadas sobre la pretensión de una filosofía como ciencia absolutamente explicativa y autónoma, conducen necesariamente al determinismo. El “salto mortal” —así lo llamaba— debía consistir en el “asumir” como verdadera y vinculante para la reflexión la visión metafísica connatural al intelecto humano, cuyo contenido principal son la aceptación de la realidad y del valor de la libertad y de la persona, respecto a las cuales el monismo naturalista de Spinoza constituye una paradoja. Jacobi llamaba “fe” tal asunción, término que connota tanto el aspecto práctico, en cuanto acto personal de afirmación, como el correspondiente aspecto cognitivo, en cuanto saber inmediato, y por tanto, sin pruebas, porque acompaña al primer contacto de la razón con el ser. En su última grande obra, “Sobre las cosas divinas y su revelación” (1811), Jacobi vuelve sobre estas ideas, dándoles una forma más articulada. Sin embargo, ya su primera confrontación con Spinoza, como fue con Kant y con Fichte, podría ser entendida como el desarrollo de una especie de prueba por reducción al absurdo, que consiste en el mostrar las paradojas a las que conduce la inhibición metódica de la posición metafísica natural.


La singularidad de su postura —tal como ha sido delineada— es evidente, si se la compara con el tenor racionalista dominante en la filosofía de su tiempo. Jacobi acude a las fuentes clásicas, especialmente a Platón; además es significativa en su obra la presencia de la Biblia, aunque en ella el tratamiento de la temática religiosa no se encuentre vinculado a una concreta afiliación confesional, y sus referencias a la Escritura asuman más bien una función ilustrativa o retórica que autoritativa. Su figura, ampliamente reconocida desde un punto de vista humano entre las más nobles y ricas, aunque conserva hasta el final rasgos de su primera formación en Ginebra en la escuela del sensualismo y de la Ilustración francesa, sin embrago atraviesa y supera grandemente el “Siglo de las Luces”. Por otra parte, las especulaciones que maduraron lentamente en su pensamiento ofrecieron muchas pistas para la reflexión a aquellos autores del idealismo alemán que fueron objeto de sus más ásperas críticas: Fichte y Schelling. El diálogo con este último caracterizó el último periodo de su residencia en Múnich, en donde Jacobi ocupó el cargo de presidente de la Academia bávara de las ciencias durante un cierto periodo.


En los últimos años de su vida, Jacobi se dedicó a la revisión de sus escritos y a la publicación de una edición completa de sus obras, que fue acabada por un discípulo suyo. En la recensiones que Hegel y Friedrich Schlegel —quizás los críticos más severos de Jacobi— escribieron a los volúmenes de la “Jacobis Werke” se pueden leer algunas entre las reflexiones más meditadas acerca de la obra de este filósofo de Düsseldorf. De modo muy significativo, el mismo Schelling, en la ultima fase de su pensamiento, denominada “positiva”, coloca la filosofía existencial de Jacobi más allá de la parábola trazada por la trayectoria del idealismo, reivindicando de algún modo su herencia. Particularmente en esta valorización última y tardía se puede advertir la actualidad del pensamiento de este autor.


Autor: Alberto Acerbi

Funete: http://www.philosophica.info/voces/jacobi/Jacobi.html

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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