LA MISMA HISTORIA UNA Y OTRA VEZ

El Peronismo intenta reunificarse y las consecuencias pueden retrotraernos a momentos nefastos de la historia argentina
Cris-Ser-Ran

El peronismo, desde su misma creación, ha configurado siempre un foco de conflicto hacía lo más profundo de su complicado entramaje partidario que, lamentablemente, tuvo nefastas consecuencias, inevitablemente trasladadas a toda la sociedad argentina, signando con ello un destino tortuoso y, muchas veces, violento y doloroso que aún produce coletazos que amenazan y atentan con el normal desenvolvimiento institucional de la Nación.


Nacido de la mano de un militar de carrera, con una educación castrense a la más pura y rancia usanza prusiana, Juan Domingo Perón descubrió una riquísima veta política, ignorada por muchos de manera intencional y desconocida por otros. Por la falta de un aparato partidario aceitado y en funcionamiento, que pudiera proporcionarle los recursos necesarios para la explotación del enorme caudal electoral que significaban las clases más postergadas del país, que hacia la primera mitad del siglo pasado constituían la inmensa mayoría de la población argentina, Perón se vio obligado a rodearse de un cúmulo de viejos dirigentes y de pequeños pero muy representativos partidos políticos, formados hacía mucho tiempo, provenientes de las más variadas vertientes políticas e ideológicas, a fin de poder aglutinarlos y formar una enorme masa para enfrentar las elecciones de 1946, elecciones a las que llegó casi sin chance alguna, pero con la convicción de que los tiempos imponían un cambio y un giro copernicáno en la manera de hacer política y enfrentar las grandes falencias y diferencias sociales que hasta ese momento existían en la República.


Obviamente, su preparación militar, de la que jamás pudo despegarse del todo, le aportó la visión de estratega que lo distinguió a lo largo de gran parte de sus tres presidencias. De más esta decir, porque todos conocemos cómo se desarrolló la historia de esas primeras elecciones presidenciales en las que compitió, que sus cálculos más optimistas se vieron superados por una realidad que hasta el mismo Perón no pudo prever. Se impuso, con gran margen de votos, en casi todos los distritos electorales del país. Pero esto era solo el comienzo. De ahí en más, el electo Presidente de la Nación, debía encontrar la manera de amalgamar ese enorme caudal electoral, conformado por sustancias muy bien diferenciadas, a fin de manejarlo adecuadamente y sin demasiadas fricciones.


En ese sentido también se impuso su formación como militar, y al mejor y más acabado estilo castrense, implantó una férrea disciplina verticalista para el recientemente creado espacio político, que se encargó de dirigir personalmente, lo que supuso, al menos en las primeras etapas de vida del peronismo, una conducta y una acción que siempre se encaminó detrás de su fundador, líder y alma máter.


Y no es que no haya habido disputas entre los principales dirigentes de ese peronismo novel. Las discusiones y refriegas por espacios de poder y por tener cada uno una mayor proporción en el reparto de la “torta” siempre existieron, antes y ahora. Pero con Perón de un lado, manejando los recursos del erario público, y con “Evita” del otro, poniendo siempre la cuota de disciplinamiento en los sectores más combativos del incipiente, pero no por ello menos poderoso, sindicalismo, se logró mantener a “raya” las lógicas ambiciones de sectores internos del partido con formaciones muy dispares y hasta con intereses contrapuestos. La figura de ese militar, arquetipo del hombre orgullosamente argentino, y la de su joven esposa, pura fuerza y vitalidad de una mujer hasta entonces relegada de los grandes temas políticos, y recluida en las tareas domésticas, convirtió al matrimonio en una muy exitosa sociedad ideológica que pudo campear los avatares de una masa siempre en estado de ebullición.


Ciertamente, el temprano fallecimiento de “Evita”, la “abanderada de los humildes”, le restó al General su más grande apoyo, derivando, a la larga, en su derrocamiento cuando transcurría poco menos de la mitad de su segundo mandato al frente del Poder Ejecutivo Nacional.


La asonada militar que derivó en el golpe de 1955 no sólo fue llevada a cabo por las Fuerzas Armadas, ni por el antiperonismo. En ella intervinieron, también, una buena proporción de elementos que supieron ser parte de ese peronismo de la “primera hora”, y que sucumbieron a las promesas de obtener una cuota mayor de poder y participación que con Perón no habían podido conseguir, en la medida en que creían merecerlo, hechas por quienes después se deshicieron de ellos sin la más mínima contemplación.


Así las cosas, pareció que el peronismo había pasado a la historia, que la proscripción impuesta por el gobierno de facto del General Lonardi primero y de su sucesor, el General Aramburu después, bastaba para borrar de la mente de ciudadano medio argentino ese gran cambio que Perón le había impreso a la Nación, volviendo, como quien arranca una hoja del almanaque, a la etapa previa al nacimiento del peronismo como partido. Corta visión la de estos militares, que creyeron que por decreto se puede borrar la memoria individual y colectiva de un pueblo.


Pues bien, el peronismo siguió, con su líder en el exilio, y con sus seguidores y partidarios esperando su regreso, el que recién se concretó 17 años después. En el ínterin, los conflictos entre peronistas de derecha y peronistas de izquierda, entre peronistas de la “primera hora” y peronistas recién llegados, entre viejos nostálgicos y aquellos que no encontraban cabida en ninguna de la opciones políticas legalmente aceptadas, recrudecieron y bañaron con un manto de sangre y fuego la pacífica convivencia de los argentinos. Todos se creían herederos de alguien que aún no había fallecido y, lo que es aún más importante, de quien todavía quería seguir dando, desde su muy particular óptica, su legado final al país.


Perón volvió y se convirtió nuevamente en Presidente de la Nación. Pero volvió viejo y enfermo, y no pudo seguir “domando” a ese animal político que él mismo creó. En adelante, todo lo que el peronismo produjo en la sociedad argentina fue violencia desenfrenada, dolor, caos, atraso y una larga lista de consecuencias negativas.


Desde el fallecimiento de Juan Domingo Perón, la Argentina pasó por la presidencia de una mujer con menos aptitud para el cargo que registre la historia nacional; una dictadura militar genocida; un gobierno que reintauró la democracia en el país, pero que fue atacado desde todos los flancos posibles por esos mismos nostálgicos que no podían concebir otra persona ocupando la Primera Magistratura de la Nación que no fuera un dirigente de extracción peronista. También, la Argentina pasó por las dos presidencia de Carlos Ménem, que violó cada uno de los principios básicos del peronismo, como que acordó con los sectores más antagónicos con tal de presidir la Nación, y depositó al país en una de las crisis más cruentas y dolorosas que se tenga memoria, ocasionando la caída del gobnierno de la “Alianza” y, con un interregno de casi dos años, la irrupción y llegada al poder del kirchnerismo, quizá la más acabada muestra de lo que las peleas intestinas del peronismo pudo crear: un “monstruo” que se devoró la década de crecimiento más importante de los últimos cien años.


Finalmente, llegamos a la época actual, al día de hoy, en el que las distintas vertientes del peronismo están tratando de reorganizarse para poder conformar un solo bloque político, con el siempre marcado fin de volver a ostentar el poder en el país. Esa es la meta, ni más ni menos que la “vocación de poder” que siempre ha caracterizado a los principales dirigentes peronistas, sin que se les ponga roja la cara de vergüenza, teniendo en cuenta que su vocación no es para lograr el bienestar y el progreso del país, sino solo para lograr entronarse nuevamente en el “poder”.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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