EN LA SOCIEDAD ARGENTINA DEBE OPERARSE UN PROFUNDO "CAMBIO" DE MENTALIDAD

Este debe configurarse en el mayor desafió a enfrentar por la administración de Mauricio Macri
image-2017-07-04-1024x640

Los cambios en la mentalidad de los pueblos no son procesos que se den de un día para otro. Ni siquiera operan por la simple voluntad de una persona, líder o no, que los decreta. Los cambios configuran complejos sistemas que deben ir adentrándose en el inconsciente colectivo, de manera gradual y constante, sin violentar de modo alguno la vida cotidiana de las personas.


Existen muchos ejemplos, a lo largo de la Historia Universal, de verdaderos cambios en las ideas, conductas y, en definitiva, en la mente del ser humano, que han hecho posible la evolución de nuestra especie. Quizá, uno de los más significativos haya sido cuando el hombre primitivo bajó de los árboles y comenzó a caminar erguido sobre sus extremidades inferiores. Pero, de este tipo de cambio evolutivo apenas si hoy en día tenemos algo más que algunas pruebas obtenidas de la esa necesidad que siempre tuvo el hombre por dejar plasmada en alguna roca su primitiva cultura.


Sin embargo, hay otros cambios que no tienen que ver con la evolución física del ser humano, sino con su mentalidad, de la que sí podemos tener certeza. El ejemplo que más rápidamente me viene a la mente es el del relato bíblico que da cuenta del deambular del Pueblo Judío durante cuarenta años por el desierto, para finalmente llegar a la llamada “Tierra Prometida”. Es que, el hecho de haber nacido como esclavos, en el antiguo Egipto, configuraba uno de los mayores, si se quiere el más importante problema al que tenían que enfrentarse para adaptarse a la nueva realidad que los esperaba en esa tierra dónde manaba la “miel y la leche”, tal como la describen las Sagradas Escrituras. Es decir, los integrantes del Pueblo Judío tenían que aprender a vivir como hombres libres antes de poder conformar una nueva Nación sobre la faz de la tierra. Tenía que operarse, dentro de sus mentes, un verdadero cambio de paradigma de vida, sin el cual cualquier esfuerzo, por mejor encaminado, dirigido y ejecutado hubiera caído en el más estrepitoso de los fracasos. Por eso “caminaron” durante cuarenta años por un territorio relativamente pequeño. No fue por la distancia física que los separaba de su objetivo, ni por la falta de medios de transporte adecuados o de aquellos que hoy conocemos y tenemos al alcance de nuestras manos, ni tampoco por los obstáculos que se les interpusieron en su camino provenientes de ocasionales enemigos. Todos estos son factores externos que pudieron retrasarlos, apenas, un corto lapso de tiempo. El motivo principal y, a su vez, el obstáculo más importante anidaba dentro mismo de sus cabezas, y ese fue, precisamente, el mayor de los retos a enfrentar y vencer: dejar de pensar como esclavos y comenzar a hacerlo como hombres libres.


Dentro de las sociedades modernas y, más puntualmente dentro de la sociedad argentina, pasa algo similar, ya que debemos dejar de pensar en un paradigma de país con características propias de un estatismo exacerbado, que en su momento fue el más adecuado para obrar como “fiel” de una balanza que se inclinaba siempre hacia un mismo lado, pero que en la actualidad ya no tiene el más mínimo sentido ni practicidad, debido a factores como la globalización, la inmediatez informática y otros, para comenzar a transitar el camino de una “madurez” societaria; madurez que impone otro tipo de reglas de juego y de convivencia ciudadana, en las que el Estado cumple con aquellas funciones que le son absoluta e indelegablemente impuestas por las garantías consagradas en la Constitución Nacional, y se aboca a ello con empeño, compromiso y especifidad, dejando las demás actividades a desarrollar en manos de instituciones intermedias, con lo que se descomprimiría en gran medida la inmensa cantidad de obligaciones que hoy en día tiene que enfrentar.


Los argentinos hemos transitado, recientemente, un verdadero retroceso en el sentido expuesto en el párrafo anterior. La experiencia populista del país, durante la administración kirchnerista, con la más rancia intención clientelar, hizo depender a una inmensa porción de ciudadanos, de manera directa e indirecta, de la dádiva del Estado, que no generó mayores recursos y, mucho menos, nuevas fuentes de trabajo, infectando con el virus de la subvención estatal a un sinnúmero de actividades privadas, ocasionando un descalabro económico que, merced a mantener una postura aislacionista con los principales centros financieros mundiales y contrayendo préstamos a tasas usurarias de naciones con iguales o más problemas que la nuestra, pudo trasladar sus consecuencias hacia un futuro que no es otro que el presente que transitamos en la actualidad.


Por ello, los ajustes que, obligadamente, ha tenido que realizar la actual conducción de Mauricio Macri, produce tanto rechazo, incluso dentro de una porción importante de quienes lo apoyaron para llegar a la Primera Magistratura de la Nación. Es que, como decía al comienzo, no se cambia la mentalidad de las personas ni de toda una sociedad, en un abrir y cerrar de ojos, ni por la voluntad de unos pocos.


Y justamente, lo que la sociedad argentina necesita es un profundo cambio de mentalidad, que abarque todos los aspectos de su actividad, tanto pública como privada. Este cambio de mentalidad sólo podrá ser practicada, en tanto y en cuanto la mayoría de los habitantes de la Nación estén convencidos de que como veníamos construyendo la realidad, ésta se transformaba en una verdadera “bomba de tiempo” que, inexorablemente, debía explotar cuando se consumiera la mecha.


Siempre he sostenido que el gran logro de la presidencia de Raúl Alfonsín fue la consolidación y el afianzamiento de la reinstaurada democracia en el país. Pretender que, además, solucionara todos los problemas que la Argentina acarreaba desde hacía décadas, se convirtió en uno de los motivos que adelantaron su alejamiento, debiendo hacer entrega del poder 6 meses antes de que feneciera el término de su mandato constitucional. De igual modo, hoy creo, y estoy fehacientemente convencido, que la tarea más importante en la que debe invertir todo su esfuerzo la actual administración de “Cambiemos” es aquella que tenga por finalidad la producción de ese necesario “cambio cultural” que deposite a la Argentina dentro de la coyuntura de las naciones más adelantadas del planeta.


Y así como, Raúl Afonsín es hoy recordado por todos como el “padre” de la actual democracia del país, Mauricio Macri será recordado como quien hizo las veces de un verdadero “Moises”, guiando a la Argentina hacía la inserción del país dentro del siglo 21 que hoy transitamos, pero al que todavía no hemos alcanzado a adaptarnos por adolecer de una mentalidad acorde a un tiempo que otras sociedades han superado hace ya bastante.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

Te puede interesar