PLACER Y MORALIDAD

Evaluación ética del placer. Gustos naturales y adquiridos
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El placer es bueno de suyo y natural, pero no todo acto placentero es conveniente. En términos generales, un placer es nocivo si pertenece a un acto malo, o a un acto que produce un mal. El placer de una comida sabrosa es nocivo si daña a la salud. Como lo placentero de un acto es una motivación del obrar, no siempre la motivación del “porque me gusta” es justificable, si bien lo es en muchos casos porque se presupone que el “gustar” manifiesta la apetición —deseo, querer— de un objeto amable y deleitable.

Se ha de distinguir entre bienes “naturales”—físicos, intelectuales como las ciencias o las artes, etc.—, bienes “útiles”—en algunos casos económicos, o técnicos— y “bienes morales”, si bien estos últimos no son una especie separada de los anteriores, sino que constituyen una dimensión intrínseca de cualquier bien humano —natural, cultural, técnico, etc.— en tanto que depende de la libertad de la persona y debe usarse rectamente.

Según estas divisiones, un individuo podría negarse a un placer porque le priva de un bien natural, cosa legítima, aunque a veces sea opcional, como cuando un estudiante renuncia a un paseo agradable porque prefiere estudiar, o cuando alguien se priva de dulces por motivos de salud. La salud o el estudio son, en este caso, bienes naturales para el hombre. En otros casos, una persona renuncia a un bien agradable o lo pospone por motivos de utilidad, por ejemplo si alguien escoge un trabajo más duro o menos simpático porque está mejor pagado, o si uno no va al cine porque tiene que ir al dentista.

El bien moral es mucho más importante, antropológicamente, que cualquier otro tipo de bienes naturales o técnicos, porque si no se respeta no sólo hace que la persona sufra un mal físico, técnico, económico, etc., sino que se haga mala y desagradable como persona, con la misma voluntad desordenada en su raíz. Esto ocurre, por ejemplo, cuando la persona comete una injusticia, aunque con ella alcance un bien natural o técnico, por ejemplo, al robar exitosamente. Por consiguiente, un bien deleitable puede ser moralmente malo —desordenado— cuando se opta por él lesionando el recto orden moral de la vida personal.

Como vemos, “el puro agrado o desagrado no puede ser una regla de moralidad”, como tampoco los placeres son un signo inequívoco de salud o de que las cosas vayan bien técnica o económicamente. Alguien puede divertirse mucho haciendo turismo todo el tiempo, pero quizá está dañando su situación económica o sus estudios. En general el acto placentero es bueno o malo según el orden intencional en el que se inscribe y no tomado aisladamente, y será bueno o malo “moralmente” según el acto moral objetivo al que pertenece.

La gente suele estar muy atenta a no realizar actos que dañen su salud o su posición económica, por muy gustosos que sean —y si lo hacen por intemperancia, al menos reconocen fácilmente que se comportan mal—, y aceptan de buen grado privaciones en su búsqueda de bienes útiles. Pero no siempre todos están tan atentos a conducirse del mismo modo ante el bien moral, prefiriendo sus satisfacciones personales —egoísmo, ambiciones, afán de poder, hedonismo— al respeto de los bienes que los harían realmente felices. El desprecio sistemático del bien moral, salvo que se rectifique, conduce a la larga al desastre personal y provoca incontables sufrimientos propios y ajenos.

Las inclinaciones naturales se manifiestan como deseos cuya satisfacción ordenada, en cuanto implica la obtención de un bien, conlleva casi siempre un gusto (placer, gozo). Los deseos, sin embargo, se despiertan de modo consciente y determinado sólo ante la previa presencia cognitiva de objetos concretos. Por ejemplo, aunque el hombre tiene la tendencia a la amistad, sólo cuando conoce y trata a otras personas experimenta en acto el deseo de tener amigos.

Como la naturaleza se completa con la cultura, las inclinaciones naturales se “determinan” en modalidades culturales e históricas concretas, predisponiendo así a las personas a encontrar agrado en bienes con los que se han familiarizado por su educación y cultura. Por eso, por ejemplo, aunque es natural sentir agrado al comer y al beber, las personas sienten apetito y encuentran gusto en comer alimentos a los que el arte culinario de su familia o grupo social les ha habituado, y no gustan fácilmente de alimentos extraños. De alguna manera esto significa que los placeres naturales son “educados”, y así se explica la diversidad de gustos adquiridos específicos que realizan o “encarnan” gustos naturales genéricos. Por ejemplo, el hombre gusta de estar en sociedad, pero a la vez prefiere un tipo de sociedad antes que otras. Cuando la inclinación, en cambio, no es natural, sino singular de algunas personas, genera gustos particulares que igualmente se modalizan culturalmente. Así es como a algunos les gustan especialmente las matemáticas, a otros la música, a otros la lectura, etc.

Cualquier tipo de gusto, “natural” o” adquirido”, responde a alguna inclinación natural o adquirida por educación o costumbre. El que gusta de la música “tiende” a escuchar música cuando puede. La inclinación natural podría llamarse también “necesidad”. Las necesidades fisiológicas estrictas tienen que ver con la conservación corpórea. Por eso su no-satisfacción es dolorosa —p. ej., el simple apetito se transforma en hambre— y al final, si se prolonga, acaba por enfermar o producir la muerte. Estas necesidades se sienten fisiológicamente de un modo compulsivo. Deben modularse con la razón —p. ej., poniendo orden en los modos y tiempos de comer, en los tipos de alimentos, etc., para atender así a la necesidad de nutrirse—, pero no pueden suprimirse. La misma naturaleza física impone ya un mínimo de orden y equilibrio de base, como son los ritmos de apetito y saciedad en el hambre y la sed, pero sobre ese mínimo la persona debe encontrar el modo de proveer a sus necesidades físicas básicas con el trabajo, la ciencia y las costumbres.

Cuando las inclinaciones antropológicas de la persona son contrariadas —inclinaciones sociales, al trabajo, a la libertad, a la amistad, a la verdad, al amor a Dios—, el hombre al final experimenta dolor y malestar. Como esas inclinaciones son preservadas por el orden moral natural, la violación de ese orden —desamor, mentiras, robos, peleas, etc.— a la larga (o a la corta) produce incontables sufrimientos. Al contrario, la aceptación virtuosa de privaciones físicas o de otro orden por amor a los grandes bienes morales —Dios, amor al prójimo, familia, compromisos— es fuente de gozo y de paz porque da plenitud a la existencia humana.

Si una persona no está educada en las virtudes o desarrolla hábitos viciosos, puede sucederle que encuentre disgustosas las acciones nobles y buenas y que, al contrario, disfrute haciendo el mal. Así, alguien podría experimentar desagrado en dialogar, en perdonar, en saber agradecer, en realizar actos de servicio, mientras que el virtuoso normalmente realiza esos actos con gusto, aunque a veces puedan costarle, y cabe también que alguien se divierta molestando a los demás o encuentre una satisfacción en saciar su sed de venganza. Estas situaciones son indicativas de que esa persona no ha sido bien educada para amar, apreciar y gustar lo que vale la pena, y a odiar y percibir como desagradable lo que es malo en sí mismo.

En casos extremos, la fuerte radicación en un vicio puede movilizar toda la afectividad de la persona en función de sus deseos perversos, lo que suele provocar una especial compulsión y ansia afectiva, de modo que, por ejemplo, se siente inquieta, con muchos malestares, hasta que no ve cumplido el objetivo de su pasión desordenada o de su ambición. Esto nos demuestra hasta qué punto es necesario “educar la afectividad” e incluso “educar los gustos” conforme a las exigencias de la persona humana. Los defectos indicados pueden llegar a ser patológicos en algunos casos.

Fuente: http://www.philosophica.info/voces/placer/Placer.html

Autor: Juan José Sanquineti

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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