Incontinencia presidencial en el viejo continente

OPINIÓN 27/01/2018 Por
Después de sus largas vacaciones en la patagonia el presidente Macri partió hacia su gira europea. Pareció sentirse tan cómodo que su verborragia le volvió a jugar una mala pasada.
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Mauricio Macri parece estar sacándole el jugo a su viaje por Europa. Tras su reunión con el presidente ruso Vladimir Putin -uno de los aliados más importantes del kirchnerismo cuando Argentina se acopló a la política exterior del eje bolivariano-, el mandatario continuó su gira por el Foro Económico Mundial de Davos.
Allí logró reunirse con una buena cantidad de prestigiosos líderes mundiales, con empresarios y funcionarios, todo antes de partir hacia Francia para reunirse con el presidente francés Emmanuel Macron.
Cada encuentro dejó algún dato que no pasó desapercibido. Muchos hicieron notar el recibimiento que tuvo en Rusia, donde además del contacto entre ambos jefes de estado se produjeron numerosas reuniones entre funcionarios de muy alto rango. La buena predisposición y el trato informal con Merkel, Trudeau o la reina Máxima también llamaron la atención, así como la aprobación del siempre filantrópico Gates a la afirmación de Macri de que el populismo es un freno al desarrollo.
Para la reunión con Macron se espera que se trate (y en la medida de lo posible se destrabe) el acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea. Aunque la integración regional sudamericana sigue sin arrancar -con cuotas, aranceles y trabas para el comercio entre miembros- todos entienden que existe una complementariedad innegable entre Europa y Sudamérica.
Mientras los líderes europeos más liberales deben buscar nuevas alianzas que pudan cubrir la volatilidad del liderazgo de Trump, los sudamericanos necesitan abrir sus economías y profundizar los vínculos comerciales para aumentar el desarrollo y las oportunidades de empleo que reduzcan la pobreza. Por eso la predisposición que encontró el presidente Macri en sus encuentros.
Quizás esa comodidad fue lo que ayer le jugó una mala pasada. Al hablar del acuerdo UE-Mercosur, Macri lanzó su frase: “debería ser una asociación natural, porque en Sudamérica somos todos descendientes de europeos”. Como parte del microclima de la clase alta porteña que se siente parte indivisible del viejo continente, el desliz presidencial pareció olvidar los numerosos estudios que refutan tal afirmación.
Pese a que las prácticas, ideas y tradiciones predominantes son eminentemente europeas, asociarlo al perfil biológico de la población es exagerado y extemporáneo. El duelo de las diversas izquierdas locales los hizo poner el grito en el cielo por algo de absoluta irrelevancia. Es una frase tan exagerada como asegurar que todos somos descendientes de pueblos originarios. El deseo que mueve al emisor no puede torcer la realidad, que es la mixtura de la población siguiendo criterios que pocas veces tienen que ver con el color de piel o el lugar de origen.
Lo que hizo explotar la rabia de aquellos que creen ver en la figura de Macri una reencarnación de las peores dictaduras de la historia (en un nivel que excede ampliamente la escala local) fue cuando remató la frase con “debería ser el primer acuerdo, el prioritario, antes que los demás”. Los supremos inquisidores del progresismo que pretende borrar la herencia europea leyeron allí que el presidente sólo considera posible establecer acuerdos con europeos blancos y capitalistas, despreciando al pueblo que -desde las sagradas escrituras de la corrección política- sería mestizo, cooperativo y solidario.
Resulta notable cómo una frase desafortunada e irrelevante puede opacar que las condiciones que puso Macron para el acuerdo entre ambos bloques económicos son que se respeten los mismos estándares socioeconómicos y ambientales europeos, mucho más rigurosos que los americanos.
Quizás si se emprende esa vía para sacar a la población rural de la pobreza, los defensores del relativismo extremo, adoradores de Iemanjá o Pachamama, pongan el grito en el cielo porque se pierdan prácticas ancestrales de vivir en ranchos de adobe con chagas. Porque ese odio irracional a todo lo que viene del primer mundo nunca dejará de sorprendernos.

Fuente: diarioalfil.com.a

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