♪ ♫ CEPO MI QUERIDO CEPO.. ♪ ♫

EDITORIAL 27/01/2018 Por
¿Llegará un día en que el ministro de economía de Cambiemos nos explique que vuelve el cepo (con otro nombre, claro) y se presente como una medida necesaria y virtuosa?
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Isaias Abrutzky Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N

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No mas cepo! Fin (baja progresiva en algunos casos) de las retenciones a la exportación de productos del agro y mineros. Dólar barato. Endeudamiento externo feroz. Fin de la obligación de liquidar exportaciones de granos en un plazo establecido. Fin del requerimiento de dejar las divisas en el país. Inversiones salvadoras que no llegan. ¿Hacia donde vamos?

Los funcionarios y expertos independientes afines al gobierno actual suelen verse en dificultades cuando se les pregunta por los éxitos de la economía impuesta por el oficialismo.

Ahora tienen a mano el argumento del avance de algunos rubros de la actividad, como obra pública y la construcción, que también arrastran a sus proveedores. Pero se trata de un terreno patinoso, porque las buenas cifras que resultan de comparar el 2017 con el anterior se apagan en el cotejo con el 2015, último año de la administracion kirchnerista.

Entonces recurren a expresiones -que si bien no resisten un análisis que vaya más allá del enunciado- han brindado muy buenos resultados electorales, aunque su estrella declinó ostensiblemente.

Estamos hablando del “fin del cepo” y de la “apertura al mundo”.

Muchas personas de clase media alta para abajo se sintieron aliviadas con la desaparición de las restricciones para comprar divisas y sacarlas del país. A casi ninguna de ellas el cepo le afectaba en la práctica. No había impedimento en conseguir los dólares para viajar al exterior, aunque algunos se asustaron por la posibilidad de que la AFIP se interesara por sus finanzas. Sí se veían limitadas las empresas extranjeras a las que se les dificultaba el giro de parte de los dividendos a sus casas matrices, y los grandes ahorristas que procuraban hacerse de dólares para enviarlos a su paraíso fiscal preferido.

La idea ultraliberal de que no es bueno coartar la iniciativa privada en ningún sentido, que aplica Cambiemos hasta donde puede, no está dando ningún resultado. Esto está bien a la vista en muchos terrenos, pero particularmente en el tema dólar.

El tremendo endeudamiento en divisas que contrajo el gobierno central, administraciones provinciales y hasta municipales para pagar gastos corrientes en pesos inundó el mercado con dólares, que, dada su abundancia, cotizan por debajo de valores de equilibrio. Esto fomenta el turismo hacia otras latitudes, la conveniencia de comprar artículos importados (a los que se deja entrar con aranceles mínimos o sin ninguno de ellos), y la apetencia por atesorar los billetes verdes en espera de previsibles devaluaciones de nuestra moneda.

El resultado hasta el momento es que cien mil millones de esos dólares prestados desaparecieron. Del mercado se esfumaron, pero los argentinos todos debemos pagar por ellos anualmente una cifra de aproximadamente seis mil millones y un montón de pesos de los que nos ocuparemos enseguida.

Los dólares que no desaparecieron -algo así como treinta mil millones- engrosan las arcas del Banco Central, incrementando las reservas. Las autoridades monetarias exhiben estas como un logro de la política económica, pero no se trata de plata ganada con las exportaciones sino prestada, por la que hay que pagar los correspondientes intereses, que -en números redondos- agregan otros dos mil millones de dólares por año a la carga que pesa sobre la espalda de la ciudadanía.

El drama no termina allí: los dólares que se convirtieron en pesos hicieron que aumentara el circulante en el mercado local. Dejar ese exceso hubiera significado -de acuerdo a los economistas liberales - alimento para la inflación. Entonces se hizo necesario neutralizarlos, tomándolos mediante las famosas emisiones de LEBAC, y ahora LELIQ, por las que se pagan tasas increíbles que -habiendo bajado algo-aún están por encima del 27% anual.

El deliberado dispendio de dólares por las causas mencionadas, determina que el país afronte un déficit de las cuentas externas que superan los treinta mil millones de dólares anuales. Imposible pagarlos, por lo que se irán sumando a la deuda hasta que desde los centros de poder financiero digan: ¡basta! No les prestamos más, y el país deba volver a las instancias del 2001.

Mientras tanto, las inversiones presuntamente salvadoras brillan por su ausencia, y cuando lleguen -si eso sucediera – habría que esperar una buena cantidad de años para disponer de productos exportables.

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